Inicio > Guatemala, Historia, Investigacion, Temas generales > Guatemala: de mestizo a ladino, 1524-1964 II

Guatemala: de mestizo a ladino, 1524-1964 II

19 septiembre, 2007 Deja un comentario Go to comments
SEGUNDA PARTE
El proceso histórico-económico de la formación del grupo social ladino
Manuel Vela en el citado Informe, que redactó desde su cargo de ministro tesorero estando ya en Madrid en el año de 1824, señalaba que la población del Reino de Guatemala en el momento de la Independencia ascendía a cerca de 600,000 indios, 300,000 mulatos, negros y castas, y 45,000 blancos o españoles criollos, siendo muy corto el número de peninsulares. Agregaba que la “casta” de los mulatos o ladinos se dividía entre los que forman la “parte común del pueblo, que es la más numerosa”, y entre los que por la “mejora de fortuna componen otra media”, en la cual se encontraban bastantes eclesiásticos, profesionales, maestros, artistas, propietarios, agricultores, tratantes, etc.
Los primeros eran, según él, bastante revoltosos y pobres, y los segundos favorables al proceso de emancipación, con el deseo manifiesto de lograr una igualdad con los criollos o españoles americanos, verdaderos líderes del proceso independentista. Entre los ladinos pertenecientes a la “parte media” y los últimos, a pesar de la coincidencia de intereses contra la monarquía, había una “mutua aversión” social, también por razones de poder.
Influido por Vela, Martínez Peláez llegó a la conclusión de que los mulatos y castas -es decir, los ladinos- se clasificaban en dos “capas” -pues no podían ser clases en el sentido marxista de la palabra-, y tal separación interna no tenía nada que ver con la formula étnica de su mestizaje, sino únicamente con su situación económica.
“Es igual —apuntaba- llamarlos mestizos, mulatos, pardos, castas o ladinos; lo importante es que la mayoría de ellos son pobres y ‘forman la parte común del Pueblo’, y los otros forman un grupo que goza de mejor fortuna”.
Sin embargo, y de forma paradójica, el mismo Martínez Peláez sostenía que lo que separaba a los ladinos o mulatos de “mejor fortuna” de los criollos era tan sólo el hecho de que “no gozan de la posición de los criollos en lo económico ni en lo político”, cuando los documentos muestran que en el seno de la sociedad colonial de Guatemala la imposibilidad de gozar de una mejor posición social pasaba por el hecho de la importancia de la adscripción étnica por razones de mezcla racial o de pertenencia a una de las castas. Una adscripción que no era solamente propia, sino también impuesta por los grupos dominantes.
Por otra parte, según Martínez Peláez, los ladinos de “mejor fortuna” estaban a si mismos divididos en una “capa media rural” y una “capa media alta urbana”, mientras lo que formaban la “parte común del Pueblo”, estaban a su vez divididos en ladinos pobres o rurales, plebe y artesanos.
De los ladinos pobres o rurales, el historiador guatemalteco señala que fueron estableciendo unas cuantas villas -entre 100 y 200-, sin que por ello tuviesen la libertad para hacerlo, puesto que “hubo siempre algo que frustro o dejo en suspenso aquellos ocasionales propósitos” y, en grande medida, ese algo estaba determinado por no poder adquirir fácilmente terrenos en concesión pública, resolviendo el apremio de la tierra por medio de la usurpación, el alquiler o la compra privada. Asimismo, se fueron estableciendo como trabajadores en haciendas situadas en las regiones menos densamente pobladas por comunidades indígenas. Es decir, en el Oriente y el Sur de Guatemala.
Con ello, el constante aumento de trabajadores ladinos pobres en el campo permitió el desarrollo de las haciendas, sin que se requiriese un cambio en la condición servil de los indígenas del altiplano guatemalteco. En ellas formaron rancherías estables, fundaron pueblos y empezaron a introducirse masivamente en los pueblos de indios, sobresaliendo los casos de Jalapa. Chiquimula, Jutiapa, Esquipulas, Asunción Mita, etc. Al contrario, en comparación, en los pueblos de indios del altiplano su número fue muy reducido, a excepción de Quetzaltenango, pero no por ello dejó de producir una pugna, un forcejeo, entre los indígenas y ladinos en torno a las tierras de los primeros. Pese a todo, tanto en las villas de ladinos como en los pueblos de indios fueron proliferando los agricultores ladinos, pequeños y medianos.
En este punto, Martínez Peláez retoma el argumento del “bloqueo agrario” y los datos de Antonio García Redondo, quien en 1799 expresaba que en buena parte de las alcaldías mayores de El Salvador y Nicaragua, como en las de Chiquimula y Zacapa en Guatemala, ya predominaba el idioma castellano y que la miscigenación de los indígenas con ladinos y los españoles era ya mayor, confundiéndose “con el resto de las otras castas, y no se distinguen”, lo que no sucedía así en el altiplano guatemalteco.
Luego, ya para entender la realidad a raíz de la Independencia, Martínez Peláez afirma que se formó una capa media alta rural (ladina, desde el punto de vista étnico y social según se desprende de su análisis histórico a pesar de que no se atreve a escribirlo con letras), en el que sobresale un núcleo de nuevos agricultores, también aprisionados en las limitaciones económico-sociales del sistema colonial. Ya convertida en una clase social en el seno de la República, esta capa media daría hombres, dinero, conexiones y otros factores de fuerza al liberalismo. De hecho, afirma él, el estudio de la legislación de tierras durante el período poscolonial pone de manifiesto el peso que tuvieron a raíz de la Independencia las exigencias de todos los agricultores de la capa media rural en Guatemala, las que se concretizaron institucionalmente luego de la Revolución de 1871.
Además, estos agricultores, desligados del gobierno durante la “dictadura criolla” de los 30 años, siguieron desarrollándose económicamente y, a su vez, consolidándose como clase, pues estaban estrechamente vinculados a los miembros de la capa media alta urbana (también étnicamente ladina, según se desprende de su análisis histórico), lo que le imprimió al conjunto del bando liberal un sesgo con respecto a la población indígena no precisamente de corte ideológico liberal. La base económica de ese grupo antes de la llegada del café había sido el hecho de que la cochinilla fue un cultivo “propio de mestizos”, produciéndola fundamentalmente en propiedades medianas y pequeñas, cultivo que no había sido adoptado por los indios ni por las grandes haciendas (es decir, los criollos).
Sin embargo, Severo Martínez Peláez apunta más adelante que:
“Aunque esta capa media rural estuvo integrada principalmente por mestizos de todo tipo, conviene indicar…, que desde la esfera de los indios y desde la de los criollos también ingresó alguna gente a esta capa alta de los pueblos -poca, pero no hay motivo para omitirla-: indios ricos y criollos empobrecidos.”
En cuanto a la capa media urbana (ladina) -que calcula en unos 70,000 miembros para todas las ciudades del Reino de Guatemala-, señalaba que el bloqueo agrario, “principio rector de la política de los grupos dominantes frente al desarrollo numérico de los mestizos -y un aspecto velado pero importantísimo de la lucha de clases colonial-“, creó nuevas tensiones económico-sociales en la sociedad guatemalteca. En las ciudades, la lucha de social se daba abiertamente entre la plebe menesterosa y los sectores de artesanos -dos capas bien definidas al final de la Colonia-, así como entre la capa media urbana (ladina o mestiza) y la elite, compuesta por criollos y españoles.
Sobre los artesanos, indicaba que valía la pena resaltar el hecho de que la destrucción de la ciudad de Santiago en 1773, su consecuente traslado al Valle de la Ermita y la construcción de la Nueva Guatemala, habían facilitado el crecimiento de su sector, pues tal realidad atrajo a los jóvenes mestizos rurales hacia los diferentes oficios artesanales. Claro, la crisis económica y política provocada por el derrumbe del imperio español, la libertad de comercio y los movimientos emancipadores introdujeron un mar de incertidumbres a finales de la Colonia, afectándolo directamente. Además, resaltaba la fuerza que le dio social y económicamente el vincularse con la capa media rural a través del elemento humano -descontento y enérgico-, que le fue proporcionaban continuamente a lo largo del siglo XIX los empobrecidos pueblos del interior.
Finalmente, en las ciudades, a inicios del siglo XIX, la capa media alta urbana (ladina y mestiza) estaba a la vez:
“…nutrida por criollos venidos a menos y también por elementos pequeñoburgueses provenientes de la capa artesanal proveedora -comerciantes medios, dueños de talleres manufactureros, etc.-, y, asimismo recibió un valioso aporte humano proveniente de la capa alta de los pueblos. Se entiende, por su puesto que dicho aporte no estaba integrado única ni necesariamente por agricultores medianos y péqueños instalados en las ciudades, sino por personas dedicadas a profesiones y empleos de alta calificación -incluidos curas, escribanos, estudiantes, etc.-, que procedían de la capa [rural] alta de los pueblos”.
En conclusión, lo “único que puede decirse -y hay que decirlo-“, es que a finales de la Colonia el sector de los mestizos se fue acrecentando con tres delgados afluentes: los criollos empobrecidos, los negros liberados y los indios enriquecidos, haciendo crecer de manera continua el número de personas pertenecientes a las capas medias en el momento de la Independencia e inmediatamente después. Dos eran, pues, las únicas clases existentes, la clase india, es decir la masa de proletarios y semiproletarios agrícolas, y la clase criolla, la oligarquía.
De esa forma, si bien la Independencia permitió que los indígenas quedasen obligados a trabajar solamente para la clase criolla, las dictaduras cafetaleras fueron la realización plena y la radicalización de la patria criolla, pues el conjunto de cambios introducidos por una serie de gobiernos surgidos de la Reforma liberal terminaron por acrecentar el poder de la clase criolla, ya ampliada con la irrupción en su seno de los finqueros mestizos (ladinos). Por lo que, más que odio de clase, los liberales sentían una profunda “rivalidad de clase” frente a los criollos viejos.
“…debe de enfatizarse —concluye Martínez Pelaéz- el hecho de que nunca fue la sangre española ni el color de la piel lo que configuró y compactó a la clase criolla —según quedó ilustrado con amplitud en este libro- sino la función acaparadora de la tierra y explotadora del trabajo servil. El hecho de que al ampliarse la clase de nuevos terratenientes cafetaleros haya aparecido en ella un sector de criollos mestizos, sólo es una más de que la condición de criollidad nunca dependió en absoluto de los factores raciales”
O sea, que es:
“… un error creer que nuestra nacionalidad, obra perfeccionada hasta el nivel de sus símbolos por los gobiernos de la Reforma, es por eso obra de mestizos. Grave error derivado de una visión racista y superficial de aquellos procesos….”
Primero, porque los mestizos no han representado en la historia de Guatemala una entidad definida, sino que son un contingente humano cuyos miembros están ubicados en las distintas capas y clases, según su función económica; Segundo, Porque la Reforma no fue la toma del poder de los mestizos, sino de la clase de los terratenientes medianos y pequeños que se desarrollaron de la capa media alta rural; Tercero, porque una enorme mayoría de los mestizos, concretamente los pertenecientes a la capa media baja rural, no sólo no hicieron la Reforma liberal, sino que no recibieron ningún beneficio de ella.
A su vez, el “absurdo” desprecio del ladino pobre hacia el indígena, no fue absurdo en la época en que dicha actitud se gestó durante la Colonia, puesto que la pobreza común de uno y otro obligaba al primero a exagerar su condición de trabajador libre, pero con la llegada de la reforma liberal, ésta vino a exacerbar esa circunstancia. Las razones eran el ascenso al poder de grupos minoritarios procedentes de la capas medias altas, que arrastraron en sentido ascendente a amplios sectores de las capas medias en su conjunto, no sólo porque el auge del café había ampliado los campos ocupacionales urbanos en beneficio de los ladinos, sino porque el nuevo Estado contó con sus miembros para organizar la burocracia y la fuerza pública necesarias a la modernización.
Por tanto, para Severo Martínez Peláez no puede ponerse en duda que la clase criolla es la que ha dirigido los destinos de la Guatemala republicana durante los siglos XIX y XX. Con la contrarrevolución de 1954, ésta lo que hizo fue propicionar el entronque del imperialismo con las bases coloniales conservadas por ella. De esa forma, entre indígenas y ladinos rurales han continuado pesando subjetivamente los recelos y las actitudes coloniales, exacerbadas por los reajustes de la reforma Liberal. La única forma de resolverlos pasaría por el aceleramiento de la compactación del proletariado agrícola -una de las principales tareas de la Revolución-, con el surgimiento de una conciencia de clase común.
De esa forma, por razones de un análisis histórico muy rígido, en el que lo étnico está siempre subordinado indefectiblemente a lo clasista, Martínez Peláez expresa las siguientes contradicciones en torno a la construcción del proyecto nacional guatemalteco:
1. Bifurcación de la pertenencia étnica y cultural del mestizaje -tan propia a la sociedad de castas colonial y heredada por la República como elemento de segregación social y económica-, en dos mundos diferentes. Uno explícito, el del área rural, donde el mestizaje se expresa claramente por la pertenencia a cultural al mundo ladino y, el otro implícito, el del mundo urbano, donde lo ladino se diluye por la acción de una realidad clasista, con la existencia de las capas medias.
2. A su vez, los propietarios de tierra mestizos, cuando pasan a conformar latifundios y se vuelven terratenientes, dejan de ser ladinos y se convierten en capa media alta rural. Dicho ascenso económico y social les permite a sus miembros pasar a formar parte de la clase criolla, como criollos mestizos.
3. Si bien, entre los criollos y los criollos mestizos existirá una profunda “rivalidad de clase”, ésta no se deduce del mestizaje debido a que los criollos nunca han tomado en cuenta los factores de sangre. Es decir que, implícitamente, se deduce que el fondo de dicha rivalidad son exclusivamente los factores económicos y sociales expresados en el rechazo hacia los nuevos ricos por parte de los criollos viejos.
Finalmente, es necesario terminar con una pregunta más. Si la patria del criollo -que terminó por hacer su entronque con el imperialismo con la contrarrevolución de 1954-, es la que ha marcado la idea dominante de nacionalidad en Guatemala.
Lo nuevo en el conocimiento del desarrollo del mestizaje durante la Colonia
Los nuevos ensayos históricos y antropológicos muestran cómo durante el siglo XVIII e inicios del siglo XIX -el final de Colonia-, los mestizos, ladinos o castas fueron emergiendo social y económicamente y, por tanto, dando pasos hacia el acceso al poder local y regional en Guatemala, siendo de hecho absorbidos poco a poco por la república de españoles, como ya lo ha señalado Julio Pinto Soria.
A nivel del fenómeno propiamente cultural del mestizaje, es pertinente hacer un análisis de la evolución histórica del término ladino, el cual pudiese completar lo realizado por Severo Martínez Peláez, pero mostrando claramente la evolución de un término que ha ido calificando a diferentes fenómenos histórico-sociales ligados al mestizaje. La investigación marcó la importancia social de un elemento cultural como era el uso de la lengua castellana —la castilla- en la conformación del mismo y del ladino, en particular. Desde el siglo XVI, el castellano estuvo en América ligado al término ladino cuando fue aplicado a indios y negros castellanohablantes, considerados como indios ladinos y negros ladinos, frente a los que no lo dominaban y que eran considerados como indios y negros bozales. Tal dominio del castellano les permitiría jugar un papel de intermediarios en la sociedad colonial y, por lo tanto, escapar al trabajo forzado y el tributo, con lo cual resulto ampliado el proceso de mestizaje. Luego, el castellano se volvió un vínculo cultural entre las diferentes castas en América española, abriéndoles a sus miembros la posibilidad de verse absorbidos poco a poco en la república de españoles.
La propia investigación de Michel Frey para el Oriente de Guatemala constata cómo a inicios del siglo XIX, el castellano y muchas costumbres españolas ya eran predominantes en la región de La Montaña (Jalapa, Santa Rosa y Chiquimula), a pesar de la “supervivencia de claros rasgos raciales indígenas”. Así, aunque los criollos los veían como “indios”, éstos eran considerados como indios ladinizados.
Paralelamente, en torno al proceso propio de miscigenación y de nomenclatura de castas, mi investigación sobre el término ladino señala que los documentos coloniales dejan constancia, por una parte, ya en el siglo XVI del paso de indios aladinados hacia el grupo ladino y, por la otra, a finales del XVII, la forma en que el término ladino ya designaba en los pueblos de indios a mestizos y también a españoles, mulatos y negros. Claro, habrá que hacer más investigaciones para saber si éste designaba a todos los españoles residentes en ellos o sólo a aquellos que se encontraban empobrecidos.
Asimismo, ya en el siglo XVIII, en las villas de ladinos la palabra ladino designaba a habitantes mestizos, españoles, mulatos y negros, mientras que en los barrios de artesanos de las ciudades del reino, más propensas a marcar las diferencias de castas, además de aquéllos muchos indígenas estaban también asimilados al grupo ladino. Luego, las investigaciones de Jorge Luján Muñoz y Christopher Lutz sobre las villas de ladinos y la ciudad de Santiago de Guatemala, respectivamente, han venido a aclarar con más detalle ese abigarrado proceso de mestizaje en la Provincia de Guatemala.
En torno a la cuestión agraria y los mestizos, Julio Castellanos Cambranes ha apuntado que si bien la política del bloqueo agrario fue cierta para los siglos XVI, XVII y mitad del XVIII, en 1754 la Corona española se vio obligada a emitir una Real Cédula, por medio de la cual oficialmente se les permitió a ladinos la denuncia y adquisición de terrenos. Empero, ello no contradice la existencia de un cúmulo de tensiones sumadas en torno a la posesión de la tierra entre los indígenas, los ladinos y los criollos, que habrían de marcar no sólo la historia agraria guatemalteca de los siglos XIX y XX, sino la carga ideológica con que los gobiernos conservador y liberal -y sus sucesores- manejaron las relaciones interétnicas.

Ese acceso creciente de los ladinos a la tierra a finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX por medio de la usurpación o la titulación ha sido confirmado para el altiplano norte (El Quiché y Baja Verapaz) por las investigaciones respectivas de Michel Bertrand y Jean Piel; para el altiplano central (Chimaltenango) por la tesis de Isabel Rodas; y, en el caso del altiplano occidental, por la investigación sobre Los Cuchumatanes de George Lovell, dicho fenómeno en el contexto de las reformas borbónicas y de la necesidad de la Corona española de poner a la venta las tierras realengas debido a la crisis económica que se abatía sobre ella.
En Los Altos -el altiplano y la costa del Pacifico occidentales- fueron los ladinos, especialmente los integrantes de la elite de la ciudad de Quetzaltenango, los más interesados en la transformación del régimen de propiedad colonial, provocando una expansión de la regionalidad altense con base en un próspero comercio de trigo, maíz, azúcar, bebidas alcohólicas y manufacturas textiles hacia México y el resto del Reino de Guatemala.
En cuanto a la existencia de otros mecanismos de ascenso social y económico para los mestizos, castas o ladinos, en el caso de Los Altos, queda patente que su emergencia se dio acompañada de otros factores, como fueron el manejo de redes comerciales internas a la Provincia de Guatemala y desde hacia México y las otras provincias del reino, el control del contrabando llegado desde el golfo de México y el acceso cada vez mayor a los cargos públicos y a la educación. Asimismo, fundación de villas de ladinos y/o la presencia de los ladinos en pueblos de indios se dan fundamentalmente en torno a ejes carreteros, que unían las principales ciudades de la provincia de Guatemala al virreinato mexicano y a los puertos del Atlántico y el Pacífico. Además, a finales del siglo XVIII e inicios del XIX, se constata -especialmente desde Quetzaltenango y de San Marcos-, una emigración de familias ladinas hacia otros puntos del altiplano occidental, así como hacia la costa del Pacifico (Retalhuleu y Suchitepéquez). Finalmente, los ladinos son quienes integran las milicias provinciales en el Occidente y el Centro de Guatemala, mientras que en el Oriente y la costa atlántica éstas estaban formadas casi exclusivamente por mulatos y negros (garífunas y caribes), quienes trabajaban además como estibadores en los puertos y bodegas fluviales, lacustres y marítimos.

Los trabajos de Julio Cesar Pinto Soria, Michael Frey y Claudia Dary, que abordan la realidad de la región del Oriente de Guatemala, han demostrado por una parte cómo allí, entre otras cosas, los ladinos constituyeron en ciertos casos “comunes” para pelearle las tierras a las comunidades indígenas, aunque como lo ha señalado Carol Smith, pocas de éstos mantenían a inicios del siglo XIX la dinámica protectora de los intereses comunales tangibles e intangibles que poseían éstas en el altiplano. Cabe decir, que los ladinos -y castas en general- del Oriente también se establecieron a lo largo de vías de comunicación, especialmente en la que se desarrolló ligadas a la red comercial del añil hacia la salida marítima por el Atlántico.
Por la otra, la fuerte presencia de comunidades de componente étnico africano, las villas de mulatos y de negros (como Gualán,) y de garífunas (como Livingston y Santo Tomás), las que tuvieron pugnas con los pueblos de indios a causa de la tierra. Sin embargo, la existencia en la región de plantaciones de añil y caña de azúcar, y de haciendas de ganado, fue un elemento favorecedor de la miscigenación entre indígenas, mestizos, mulatos, negros y españoles empobrecidos.
Surge una hipótesis al respecto de que, el Oriente guatemalteco se vio inmerso en un mundo económico complementario del circuito de la producción del añil en la provincia de El Salvador, proporcionándole mano de obra, ganado y aperos. Realidad que a raíz del desfondamiento del comercio del añil a inicios del siglo XIX, sumió a esta región en una profunda depresión, lo que explica en parte el levantamiento permanente de La Montaña entre 1837 y 1850.
Lo nuevo sobre el advenimiento de la República y la emergencia ladina

En el proceso de consolidación del mundo mestizo y de castas en el grupo ladino a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, yo he apuntado a que, mientras el campesinado de las zonas rurales del Oriente guatemalteco -dividido y enfrentado tradicionalmente en indios y mestizos o mulatos- empezó a actuar de manera unificada contra la elite de la ciudad de Guatemala durante el levantamiento de La Montaña debido a la depresión económica y aunado al costo humano de las guerras federales que se desarrollaron fundamentalmente en su territorio, en la región de Los Altos se afirmó la conceptualización del término ladino como aglutinador de los no-indígenas. Esto por razones de la alianza entre los criollos y los mestizos en pro del control del poder regional y de su enfrentamiento con la elite de la ciudad de Guatemala. De esa forma, Los Altos pasaron a ser tempranamente una región dividida socialmente en forma bipolar por indios y ladinos, en tanto que el resto del país continuó estando étnicamente dividido en tres grupos étnicos: indios, ladinos y criollos.
La investigación en curso que realiza CIRMA sobre “El Estado guatemalteco y la relaciones Interétnicas” ha demostrado en su primera etapa, que en los discursos y documentos oficiales de los principales dirigentes conservadores y liberales luego de la Independencia, la realidad étnica de Guatemala fue presentada compuesto por una clara mayoría indígena, frente a un creciente y amenazador mundo mestizo y una pequeña elite criolla, más un escaso componente negro (garífuna) en la costa atlántica. Así, el componente negro de origen colonial en el seno de las castas -presente fundamentalmente en los pardos y mulatos- y el componente blanco español -representado por los peninsulares- desaparecieron de golpe del lenguaje étnico social guatemalteco a raíz de la Independencia. Luego, con las primeras emigraciones de europeos (especialmente de alemanes, ingleses, franceses y belgas), el elemento blanco volvió a estar presente, pero diferenciado del criollo y visto como extranjero.
Por su parte, los ladinos heredaron en los inicios de la República la misma connotación negativa que tenían las castas durante la Colonia. A saber, fueron considerados ignorantes, miserables, susceptibles de manipulación, individualistas, propensos a la embriaguez, el juego y las disputas y, no estaban preparados para asumir el poder nacional. En 1863, el economista conservador Enrique Palacios —perteneciente al grupo criollo- consideraba que sólo para el Estado de Guatemala, los ladinos eran en numero de 200,000 a 3000 sobre una población de 900,000 habitantes, mayoritariamente indígena, los presentaba desde el punto de vista del mestizaje, como la “raza mezclada de blanco e indio”. Afirmación que se generalizaría después por el claro peso de la miscigenación entre españoles e indígenas en el caso guatemalteco y por la invisibilización del componente negro de origen colonial a la que hemos hecho referencia.
Los historiadores sobre Guatemala han coincidido en que la Independencia en sí misma fue producto de las maniobras políticas de los criollos, interesados en tomar en sus manos las riendas del futuro Estado soberano de Centroamérica. Pero, la primera investigación en reparar en el papel y las contradicciones que la ciudadanía trajo en el seno de la sociedad guatemalteca fue la de Jean Piel, la cual demostró que, salvo el breve periodo entre 1823 y 1829, cuando ésta tuvo una concepción universal, pronto se vio reducida a una dimensión censitaria por razones económico-políticas, especialmente por motivos de tributación, de legalización de la propiedad y de existencia abrumadora del analfabetismo.

Los trabajos de Julio Cesar Pinto Soria, Michael Frey y Claudia Dary, que abordan la realidad de la región del Oriente de Guatemala, han demostrado por una parte cómo allí, entre otras cosas, los ladinos constituyeron en ciertos casos “comunes” para pelearle las tierras a las comunidades indígenas, aunque como lo ha señalado Carol Smith, pocas de éstos mantenían a inicios del siglo XIX la dinámica protectora de los intereses comunales tangibles e intangibles que poseían éstas en el altiplano. Cabe decir, que los ladinos -y castas en general- del Oriente también se establecieron a lo largo de vías de comunicación, especialmente en la que se desarrolló ligadas a la red comercial del añil hacia la salida marítima por el Atlántico.
Por la otra, la fuerte presencia de comunidades de componente étnico africano, las villas de mulatos y de negros (como Gualán,) y de garífunas (como Livingston y Santo Tomás), las que tuvieron pugnas con los pueblos de indios a causa de la tierra. Sin embargo, la existencia en la región de plantaciones de añil y caña de azúcar, y de haciendas de ganado, fue un elemento favorecedor de la miscigenación entre indígenas, mestizos, mulatos, negros y españoles empobrecidos.
Surge una hipótesis al respecto de que, el Oriente guatemalteco se vio inmerso en un mundo económico complementario del circuito de la producción del añil en la provincia de El Salvador, proporcionándole mano de obra, ganado y aperos. Realidad que a raíz del desfondamiento del comercio del añil a inicios del siglo XIX, sumió a esta región en una profunda depresión, lo que explica en parte el levantamiento permanente de La Montaña entre 1837 y 1850.
Lo nuevo sobre el advenimiento de la República y la emergencia ladina

En el proceso de consolidación del mundo mestizo y de castas en el grupo ladino a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, yo he apuntado a que, mientras el campesinado de las zonas rurales del Oriente guatemalteco -dividido y enfrentado tradicionalmente en indios y mestizos o mulatos- empezó a actuar de manera unificada contra la elite de la ciudad de Guatemala durante el levantamiento de La Montaña debido a la depresión económica y aunado al costo humano de las guerras federales que se desarrollaron fundamentalmente en su territorio, en la región de Los Altos se afirmó la conceptualización del término ladino como aglutinador de los no-indígenas. Esto por razones de la alianza entre los criollos y los mestizos en pro del control del poder regional y de su enfrentamiento con la elite de la ciudad de Guatemala. De esa forma, Los Altos pasaron a ser tempranamente una región dividida socialmente en forma bipolar por indios y ladinos, en tanto que el resto del país continuó estando étnicamente dividido en tres grupos étnicos: indios, ladinos y criollos.
La investigación en curso que realiza CIRMA sobre “El Estado guatemalteco y la relaciones Interétnicas” ha demostrado en su primera etapa, que en los discursos y documentos oficiales de los principales dirigentes conservadores y liberales luego de la Independencia, la realidad étnica de Guatemala fue presentada compuesto por una clara mayoría indígena, frente a un creciente y amenazador mundo mestizo y una pequeña elite criolla, más un escaso componente negro (garífuna) en la costa atlántica. Así, el componente negro de origen colonial en el seno de las castas -presente fundamentalmente en los pardos y mulatos- y el componente blanco español -representado por los peninsulares- desaparecieron de golpe del lenguaje étnico social guatemalteco a raíz de la Independencia. Luego, con las primeras emigraciones de europeos (especialmente de alemanes, ingleses, franceses y belgas), el elemento blanco volvió a estar presente, pero diferenciado del criollo y visto como extranjero.
Por su parte, los ladinos heredaron en los inicios de la República la misma connotación negativa que tenían las castas durante la Colonia. A saber, fueron considerados ignorantes, miserables, susceptibles de manipulación, individualistas, propensos a la embriaguez, el juego y las disputas y, no estaban preparados para asumir el poder nacional. En 1863, el economista conservador Enrique Palacios —perteneciente al grupo criollo- consideraba que sólo para el Estado de Guatemala, los ladinos eran en numero de 200,000 a 3000 sobre una población de 900,000 habitantes, mayoritariamente indígena, los presentaba desde el punto de vista del mestizaje, como la “raza mezclada de blanco e indio”. Afirmación que se generalizaría después por el claro peso de la miscigenación entre españoles e indígenas en el caso guatemalteco y por la invisibilización del componente negro de origen colonial a la que hemos hecho referencia.
Los historiadores sobre Guatemala han coincidido en que la Independencia en sí misma fue producto de las maniobras políticas de los criollos, interesados en tomar en sus manos las riendas del futuro Estado soberano de Centroamérica. Pero, la primera investigación en reparar en el papel y las contradicciones que la ciudadanía trajo en el seno de la sociedad guatemalteca fue la de Jean Piel, la cual demostró que, salvo el breve periodo entre 1823 y 1829, cuando ésta tuvo una concepción universal, pronto se vio reducida a una dimensión censitaria por razones económico-políticas, especialmente por motivos de tributación, de legalización de la propiedad y de existencia abrumadora del analfabetismo.

Seguidamente, las investigaciones de Ralph Lee Woodward Jr., Julio Cesar Pinto Soria, han demostrado cómo, durante el periodo conservador (1839-1871), la ciudadanía fue oficialmente reducida por razones fundamentalmente de orden étnico, recreándose la política segregacionista de la época colonial expresada en las Leyes de Indias. Con tal medida, el Estado de Guatemala pasó a estar dividido en una república de indios y en otra república de no-indios -compuesta por criollos y ladinos-, siendo sus miembros los que podían ostentar a la calidad de ciudadanos, mientras que los indios debían de aceptar una ciudadanía de segundo grado. Además, yo concluí que quienes abrazaron con mayor energía el tema ciudadanía fueron los ladinos, a quienes ésta les permitió lograr la legitimidad jurídica que la Colonia les negaba frente al sistema de las “dos repúblicas”, la india y la española. Así, se fue haciendo realidad su asalto al poder local, regional y, finalmente, nacional por medio del acceso a los diferentes puestos de la burocracia y al ejercicio de la política.
En ese intervalo, la creación del Estado de los Altos (1838-1840 y 1848) por los ladinos del Occidente de Guatemala fue percibida por la elite criolla de la ciudad de Guatemala y por las comunidades indígenas de Occidente, como una amenaza mayor para sus intereses particulares. En el caso del primero, por la secesión territorial y la eventualidad de su incorporación a México, así como por la perdida de poder político y económico en general, y en el de las segundas, por la realidad de una mayor tributación, el acaparamiento de tierras y el uso forzado de la mano de obra por parte de aquéllos. Tal hecho los movió hacia alianzas mutuas, facilitadas por el liderazgo campesino de Rafael Carrera -como ex líder del levantamiento de La Montaña y, luego, como comandante en jefe de las fuerzas militares del Estado de Guatemala. Esto se tradujo en acciones militares y represión hacia las fuerzas y población ladinas altenses involucradas en la experiencia separatista.
Es decir, Carrera advirtió que, los poderes regionales pretendidos por los ladinos de las regiones de Los Altos y de La Montaña era el fenómeno político con más riesgo para el poder central del nuevo Estado guatemalteco, por su capacidad de desmembrarlo. Análisis que compartían la elite criolla, la que después del triunfo militar las castigaron económicamente, sobretodo a la región altense. Para combatirlas era necesario movilizar el descontento de que las comunidades indígenas sentían frente a la nueva experiencia republicana, que al imponer la ciudadanía individual, atacaba de frente el corporativismo de éstas surgido desde la época colonial y fuente de reproducción de su etnicidad.
La experiencia mexicana en Yucatán y Chiapas le dio a la elite criolla guatemalteca la pauta de que el precio a pagar por la introducción indiscriminada de la ciudadanía sería el levantamiento de ladinos e indígenas, llegándose a la posibilidad de una guerra de castas. Para evitarlo, el proyecto de nación conservador implemento la diferenciación étnica de la ciudadanía por medio de la adaptación de las antiguas Leyes de Indias, favoreciendo con ello el corporativismo de las comunidades indígenas, aunque tal medida las marginaba de los asuntos de la conducción del Estado. Sin embargo, les garatizaba un espacio de acción propio al margen de las guerras por del poder central por más de tres décadas.
En el ámbito de la economía de exportación del nuevo Estado de Guatemala, las recientes investigaciones han demostrado el impacto que en las relaciones interétnicas tuvo el hecho que la grana pasase a sustituir al añil como principal vínculo con los mercados internacionales entre 1820 y 1860. La concentración de la producción de cochinilla en la región central, advertía Julio Castellanos Cambranes permitió la preservación de tierras y la reproducción de las antiguas instituciones culturales y religiosas de las comunidades indígenas del altiplano, siendo a la vez una fuente relativa de enriquecimiento para los pequeños productores ladinos y real para los financieros y comerciantes extranjeros (alemanes e ingleses) y criollos.
En torno a la problemática de la tierra y la emergencia mestiza o ladina, Castellanos Cambranes fue a su vez el primer investigador en dar datos concretos sobre la idea avanzada por Martínez Peláez de que el desarrollo agroexportador del café en Guatemala permitió a los ladinos colocarse en una situación privilegiada frente a los indígenas como propietarios de la tierra, llevándolos a integrar la incipiente burguesía agraria, conformada por terratenientes nacionales y extranjeros no ligados a la vieja oligarquía criolla de origen colonial. De hecho, la promoción de la caficultura en tierras baldías y de las comunidades indígenas en la Bocacosta favoreció el asentamiento de nuevos agricultores -mayoritariamente ladinos-, para desarrollar fincas privadas. El propio gobierno conservador intento democratizar la producción comercial cafetalera mediante la entrega principalmente a éstos de tierras de su propiedad.
Luego, la amplia investigación de David MacCreery completó la información sobre el proceso que legal e ilegalmente abrió de forma sistemática las tierras comunales a la producción de café para la exportación, haciendo que al poco tiempo ya existiese una dinámica de parte de ladinos, criollos y extranjeros en busca de tierras, tanto en términos políticos, económicos como poblacionales. Ello produjo pleitos por la legalización de la propiedad a nivel local y regional ya no sólo en la Bocacosta, sino también en la región de Alta y la Baja Verapaz.
Es mas, en la historia de la región de Los Altos, yo pude constatar que la lucha política económica de la elite ladina altense por su soberanía frente a la elite criolla de la ciudad de Guatemala entre 1808 y 1848, fue una experiencia que preparó la emergencia de un nuevo sector de empresarios: los cafetaleros. El café les dio la dimensión nacional, que hizo que el separatismo de sus padres (comerciantes de trigo, maíz y textiles) ya no tuviese razón de ser, lo que a su vez les permitió el salto de elite a clase social y, así, pasar a formar parte de la burguesía terrateniente de Guatemala.
La aparición del cultivo intensivo del café como elemento base de la economía de exportación guatemalteca conllevó a su vez, por un lado, que las comunidades indígenas se vieran pronto asediadas en diversos frentes por individuos e instituciones habidos de sus tierras y de los brazos de sus habitantes y que la elite ladina altense se viese catapultada hacia la condición de conductora de los destinos económicos y políticos del país con la Revolución liberal de 1871. Esta estaba conducida ideológicamente por uno de los suyos, Justo Rufino Barrios, un cafetalero, quien comandaba un ejercito compuesto fundamentalmente por campesinos y artesanos ladinos altenses e integró sus gabinetes esencialmente con empresarios, terratenientes y profesionales surgidos del Occidente del país.
Sin embargo, hay una polémica sobre el papel de los ladinos en las relaciones interétnicas y, particular, económicas y políticas en Guatemala. Recientemente, el mismo McCreery y Carol Smith, retomando una vieja idea expresada por la antropología norteamericana desde los años treinta de este siglo, apuntan que los ladinos o mestizos ocupaban (y ocupan) cargos intermediarios entre el patronazgo blanco -representado por guatemaltecos de origen extranjero (alemán, norteamericano, etc.) y criollo- y la mano de obra campesina esencialmente indígena. De esa forma, los ladinos ocupan los puestos de administradores en las fincas y la burocracia intermedia en el Estado. En resumen, los blancos ejercen el poder central, los ladinos el regional y municipal, y los indígenas las funciones de subordinación.
Varios investigadores guatemaltecos apoyan actualmente dicha visión del ladino. Por ejemplo, para Pinto Soria, la especificidad del grupo ladino o mestizo ha sido la de tener un estatus parcial intermedio entre la minoría criolla y la mayoría indígena, lo cual ha provocado resentimientos hacia el mismo en ambos grupos. A su vez, para Isabel Rodas, los criollos son la elite nacional, los ladinos las elites pueblerinas y los sectores medios de la capital, y los indígenas los trabajadores.
Tres décadas antes, justo cuando apareció La patria del criollo de Severo Martínez Peláez el año 1970, la investigación de Jean-Loup Herbert y Carlos Guzmán Böckler, planteó que a nivel de las relaciones interétnicas el ladino era un intermediario del colonialismo blanco y sus sucesivas metrópolis. Sus características consistían en se esencialmente urbano, latifundista, patrono, acumulador de capital, pues estaba inserto dentro de la producción de exportación y tenía poder, mientras que el indígena era esencialmente rural, minifundista, asalariado, carecía de capital y producía para su subsistencia. Así, las relaciones sociales que se formaban a través de la tenencia de la tierra —expresada en la estructura latifundio/minifundio-, determinaban objetivamente la identidad histórica de indígenas y ladinos. De esa forma, la ladinización era una política de agresión racista, basada en la dualidad superior-primitivo, muy cómoda para el ladino. Paradójicamente, Guzmán Böckler concluía que el ladino no existía como ser colectivo dotado de un proyecto propio, por lo que no era aun historiable.
Isabel Rodas, por su parte, considera que el término ladino se enmarca dentro de la estrategia de la elite criolla para asegurar el control de los recursos regionales (incluyendo el de las comunidades indígenas), partiendo de la creencia de que la elite rural, subordinada a sus intereses, representa a todos los no-indígenas.
La dinámica emergente del grupo ladino llevó a jugar a su elite el papel de clase dominante y, por tanto, a compartir el poder económico con la elite blanca de origen criollo o extranjero é, inmediatamente después de la Revolución de 1871, a ejercerlo en tanto que vencedora del régimen conservador criollo. No parece correcta, entonces, la óptica que ve a los ladinos cumpliendo tan sólo la función mediadora entre los dueños blancos de las plantaciones y los trabajadores indígenas, o la que los ve exclusivamente en los puestos intermedios del Estado. Los grandes caficultores guatemaltecos han sido, en gran medida, ladinos, así como la gran mayoría de los oficiales del Ejercito y miembros de los gabinetes de Gobierno desde la Revolución liberal de 1871, y los profesionales del país, condiciones que permitieron desde el manejo de los asuntos estatales diseñar un proyecto de comunidad imaginada que reprodujese su proyecto político liberal triunfante y echase a andar desde el Estado la política de la ladinización. Es decir, a través de la actoría política y económica es que se consolida y se proyecta la categoría misma.
Por su puesto, no todos los ladinos han compartido el poder económico y la dirección del Estado. Hay ladinos pobres y marginados, igualmente oprimidos por los grupos hegemónicos, pero que sin embargo en el universo de las relaciones interétnicas comparten la identidad de no ser indígenas y las manifestaciones de racismo hacia el “indio”. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Son o no los ladinos rurales o departamentales quiénes mejor expresan la ideología ladina? Una respuesta afirmativa —-como de hecho la hace implícitamente Martínez Peláez en obra- no explica el por qué el Estado guatemalteco sigue tan perneado por esa ideología, ya no sólo en el seno de su burocracia sino de los diferentes gobiernos y gabinetes que lo han venido conduciendo. Una muestra de ello es el fracaso del gobierno del PAN en la campaña por el “sí” durante la consulta popular por las reformas constitucionales del año 2000. La respuesta de está en la cuestión de cómo se creó el proyecto de nación ladino en el Estado guatemalteco.
About these ads
  1. Carjud
    14 mayo, 2013 en 9:32 pm

    El origen de la palabra ”LADINO” Viene de la lengua judeo-española. Lamentablemente en Guatemala nos han engañado por todos estos siglos. En la época de Isabel La católica a todo aquel judío que no quería convertirse al cristianismo tenía la pena de muerte algunos era encarcelados con todos los criminales. Cuando Cristóbal Colon propuso a la reina Isabel su viaje de exploración para conquistar ella le dio a los reos de las cárceles en las cuales venían criminales pero también venían judíos. No sé con qué fin, o que intereses ocultaron en Guatemala esta información, probablemente no eran simpatizantes de los judios. Pero acá les proporciono el link en donde pueden indagar acerca del origen de la palabra LADINO como de los judíos sefardíes que vinieron a las Américas para huir de las persecuciones de la corona.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Sefard%C3%AD

    http://es.wikipedia.org/wiki/Idioma_judeoespa%C3%B1ol

    Me gusta

  2. 21 junio, 2012 en 9:55 am

    no hay nada de costumbres

    Me gusta

  1. No trackbacks yet.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 4.607 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: