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La crisis de este mundo

14 agosto, 2007
El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano La Crisis de este Mundo NO. 2338
Un sermón predicado la noche del Domingo 6 de Octubre, 1889 por Charles Haddon Spurgeon.
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres. Y leído el Domingo 10 de Diciembre de 1893.
Es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.” Juan 12: 31-33.
Nuestro Señor participó en una especie de ensayo de Su pasión antes de que esta tuviera lugar. Cuando vio a esos griegos que se acercaron a Felipe, y que luego Andrés y Felipe trajeron a Él, Su corazón se llenó de gozo. Este debía ser el resultado de Su muerte: que los gentiles fueran congregados a Él. Ese pensamiento le recordó su próximo deceso. Estaba muy cercano. Sólo pasarían unos cuantos días y entonces moriría en la cruz. En anticipación del Calvario, su alma estaba muy turbada. No fue así porque temiera a la muerte, pero Su muerte iba ser muy peculiar. Iba a morir el Justo por los injustos. Llevaría Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, y Su alma pura y santa rehuía todo contacto con el pecado. Le perturbaba ocupar el lugar del pecador y soportar la ira de Su Padre. Su corazón estaba muy alterado y clamó: “¿Y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora.
Padre, glorifica tu nombre.” Sin una maligna debilidad, demostró cuán verdaderamente humano era; sin ninguna queja pecaminosa ante la voluntad de Su Padre, contempló cuán terrible era esa voluntad, y se estremeció al ver todo lo que incluía. Esto fue una especie de ensayo de Getsemaní. Era dar un sorbo de esa copa de la que posteriormente bebería, hasta que Su sudor se convirtiera en grandes gotas de sangre que caían a la tierra, mientras Su alma entera elevaba la angustiada petición: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” Mientras nuestro Señor experimentaba esta gran turbación de mente, anticipando los terribles sufrimientos que pronto soportaría, Su Padre le habló. Cuando te encuentres sumido en tu más horrenda angustia, Dios te hablará. Si eres Su hijo, cuando la debilidad de tu carne esté a punto de prevalecer sobre tu espíritu, tú también, lo mismo que tu Señor, oirás una voz tranquilizadora proveniente de la gloria excelente. Él se recuperó de inmediato, y cobrando ánimos, complació Su corazón con una visión del glorioso fruto de Su muerte. Entonces expresó las bienaventuradas palabras sobre las que vamos a meditar hoy, en las que resumió las consecuencias de Su muerte en estos tres puntos: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.”
Hoy, primero, consideremos el triple resultado de la muerte de Cristo; y cuando hayamos hecho eso, reflexionemos en la muerte de Cristo según está descrita en nuestro texto.
I. Primero, CONSIDEREMOS EL TRIPLE RESULTADO DE LA MUERTE DE CRISTO.
Tenemos, primero, el juicio de este mundo: “Ahora es el juicio de este mundo.” Si prefieren, pueden leerlo como “crisis”, pues esa es la palabra griega utilizada aquí: “Ahora es la crisis de este mundo.” El mundo está enfermo, y empeora. El médico dice que su mal ha llegado a un punto crítico, que se trata de un caso de vida o muerte. Hubo una crisis en la dolencia del mundo, y esa crisis se presentó cuando Cristo murió. Su muerte fue el punto decisivo, el pivote de la historia del mundo. Ha habido muchos ejes en la historia; cada nación tiene su propio eje en su historia: la cruz de Cristo fue el eje principal de la historia del mundo, el punto que marcó su crisis. Doy gracias a Dios porque la muerte de Cristo fue la muerte futura del pecado. Cuando Él murió, el archienemigo recibió su golpe mortal. Esa muerte fue la herida en el calcañar de Cristo, pero en esa muerte, Él hirió en la cabeza a la serpiente antigua. Ahora hay esperanza para el mundo. Su crisis ha pasado. Ahora caerán los dioses de los paganos; ahora la negra ignorancia de los hombres dará paso a la Luz del mundo. Después de esta crisis, vendrán cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia; pues la primera venida de Cristo es una fianza de Su segunda venida, en la que exterminará el pecado, y hará que el desierto y la soledad florezcan como la rosa. Así podríamos traducir las palabras de nuestro Señor: “Ahora es la crisis de este mundo,” el punto decisivo, el eje principal del que pende toda su historia. A pesar de ello, yo prefiero mayormente adherirme a nuestra antigua versión, que es una traducción, mientras que lo mío es únicamente un préstamo de la palabra original “crisis.” “Ahora es el juicio de este mundo.” Esto significa que, cuando Cristo murió, el mundo entero que estaba bajo el maligno, todo el mundo impío, fue juzgado en este sentido: primero, fue convicto de ser el peor de los culpables. Me atrevo a decir que ustedes han oído que la gente usa frases bonitas acerca de la dignidad de la naturaleza humana, y así sucesivamente. Son frases mentirosas, pues la naturaleza humana no puede ser más depravada. Si necesitan la prueba de esta aseveración, ¡consideren cómo Dios mismo vino aquí entre los hombres, la virtud encarnada cubierta de amor! ¿Acaso los hombres le amaron? ¿Acaso se postraron ante Él y le rindieron homenaje? El homenaje del mundo fue “¡Crucifícale, crucifícale!” El mundo odia la virtud. No puede soportar la perfección. Puede tolerar la benevolencia, pero no soporta la pureza absoluta y la justicia, y dice: fuera con ellas. Sus instintos innatos son malvados. Los hombres no se encaminan a la luz; dan sus espaldas al sol y viajan hacia las densas tinieblas. Y además, el mundo fue convicto del monstruoso crimen de asesinar al Hijo de Dios. No lo llamaré regicidio, sino deicidio; y este es el peor crimen de todos. En verdad el mundo fue culpable de todo lo que lo acusaron los profetas, y mucho más. Cuando los hombres depravados mataron al Príncipe de la vida, al Santo y al Justo, allí se demostró que el mundo es ateo de corazón, que odia a Dios, y que mataría al mismo Dios si estuviera a su alcance. Así los hombres inmolaron al Dios Encarnado cuando se sometió a su poder. No necesitan hablar de las virtudes del mundo. Inmoló al Cristo, y eso es suficiente para condenarlo. No necesitamos ninguna otra prueba de su culpabilidad. No se puede aportar una evidencia más completa y sobrecogedora: mataron al Señor de la vida y de la gloria, y se dijeron: “Este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra.” Además, la muerte de Cristo fue el juicio de este mundo, al sentenciar al mundo; pues si Cristo, que era perfectamente inocente, debía morir cuando se puso en el lugar del pecador, ¿acaso piensan ustedes, oh hombres culpables, que no morirán también? Si el Bienamado del cielo, que sólo cargaba con una culpa imputada, con pecados que no eran Suyos, debía ser golpeado por Dios y afligido, y debía escucharse la voz: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos;” si Él debía morir en ese cruel madero, si Él debía clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” entonces, puedes estar seguro de esto, que hay ira atesorada para el día de ira, y ningún ser humano que haga lo malo será absuelto. ¿No hay un Dios que es el Juez de toda la tierra y que debe hacer lo justo? Si es justo que hiera al Inocente porque asumió el lugar del culpable, debe ser en verdad justo que el verdadero culpable sea castigado con la muerte. “El alma que pecare, esa morirá.” Así que no hubo sólo un veredicto de culpabilidad, sino también una sentencia en contra del mundo, cuando murió Jesús. Y más que eso, el juicio habrá llegado a su término cuando el mundo rechace a Cristo. Mientras estén aquí, queridos lectores, y Cristo les sea predicado, hay esperanza para ustedes; pero en aquel día cuando rechacen a Cristo finalmente, y no quieran saber nada de Él, cuando clamen: “¡Fuera, fuera! No queremos ser lavados en Su sangre, no queremos ser vestidos con Su justicia;” en aquel día sellarán su condenación, y no habrá más esperanza para ustedes. Hay una ventana en el cielo, y la luz de la vida fluye por esa ventana; pero si esa ventana se cierra, ninguna otra será abierta jamás. “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Si ustedes repudiaran a Cristo por una última vez, si terminaran por completo con Él, habrían agotado su libertad condicional, habrían concluido con su juicio, habrían apagado su última vela, estarían condenados para siempre. Cuando Cristo es rechazado de tal manera que lo eliminan efectivamente, como cuando colgó de la cruz, entonces es el juicio de este mundo.

Querría contar con el tiempo suficiente para hacer una pausa aquí y recalcar estos puntos para quienes pertenecen al mundo. Sólo hay dos partidos: el mundo y la Iglesia de Dios. Si no pertenecen a la Iglesia de Dios, entonces pertenecen al mundo, y el mundo es juzgado por la muerte de Cristo. Si no son cristianos, entonces son miembros de esa gran corporación llamada el mundo. Los hombres hablan algunas veces de un mundo cristiano y de un mundo no cristiano, un mundo religioso y un mundo irreligioso, un mundo divertido, un mundo que ríe, un mundo que roba, un mundo que comercia; pero todo lo que es realmente del mundo está fuera de los límites de la Iglesia de Dios. El que cree en Cristo ha escapado del mundo. “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo,” dijo Cristo en relación a Sus discípulos; pero a los judíos incrédulos dijo: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.” Así, pueden ver que, como primer resultado de la muerte de Cristo, el mundo es juzgado, el mundo es encontrado culpable, y el mundo es sentenciado por su rechazo de Cristo. Un mundo que rechaza a Cristo es un mundo condenado. ¡Que ninguno de ustedes pertenezca a ese mundo! El segundo resultado de la muerte de Cristo es echar fuera a Satanás: “Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera.” El que tiene poder sobre el mundo, ahora perderá su trono. El príncipe de este mundo es Satanás, el archienemigo de Dios y del hombre; pero él no siempre va a reinar como el príncipe de la potestad del aire, el líder de los gobernadores de las tinieblas de este siglo. Él será arrojado de sus presentes dominios. Por la muerte de Cristo, las acusaciones de Satanás contra los creyentes son respondidas. Una de las prácticas en las que él se deleita más, es la de acusar al pueblo de Dios; y, ¡ay!, tiene muchos motivos para sus acusaciones; pero siempre que nos acusa, nuestra única respuesta es: “Jesús murió.” Él dice: “estas personas han pecado;” nosotros respondemos: “es cierto; pero Jesús murió por esas personas.” La cruz de Cristo cierra la boca del acusador. Incluso un santo débil, cuando mira a su Salvador crucificado y resucitado, puede cantar valerosamente: “Yo me puedo enfrentar al fiero acusador, Y decirle que Tú has muerto.” Además, la cruz de Cristo despoja a Satanás de su monarquía universal. Él dominó en una época al mundo entero, y en buena medida lo domina todavía; pero hay un pueblo sobre el que no puede blandir su pérfido cetro, hay una raza que se ha liberado de él. Esa una raza de hombres libres que le desafían a que los esclavice otra vez. No les importan sus amenazas, y no son persuadidos mediante sus halagos; y aunque los aflija y los tiente, no puede destruirlos. Ya no puede jactarse de un dominio universal. Hay una simiente de la mujer que se ha rebelado en su contra, pues Jesús, por Su muerte, los ha redimido de manos del enemigo, y son libres. Oí la historia de una anciana mujer negra, que estaba atendiendo a una dama que visitaba a algunos amigos en el sur de Estados Unidos, algún tiempo después de la última gran guerra en ese país. La dama le dijo a la sirvienta negra: “es tu deber servir con gran solicitud a una persona venida del norte, pues gracias a nosotros tú eres libre.” “¿Libre, señorita, libre?”, exclamó la mujer negra; “soy una esclava, nací siendo esclava.” “¡Oh, pero tú eres libre! ¿Acaso no sabes que han aprobado una ley que los hace libres a todos ustedes?” “Sí, algo oí al respecto, y le dije a mi amo: ‘me he enterado que todos somos libres.’ Él respondió: ‘puros chismes y tonterías,’ así que me he quedado aquí trabajando para él. ¿Es verdad, señorita, que todos somos libres?” “¡Oh, sí!”, respondió ella, “todos ustedes son libres, todo esclavo es libre ahora.” “Entonces,” dijo la mujer, “no voy a servir más a mi antiguo amo; le diré: ‘adiós.'” Y lo mismo sucede cuando Cristo nos libera: no servimos más al viejo amo Satanás, le decimos “adiós.”
Cuando somos liberados del dominio del diablo, por la redención emancipadora de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el poder tiránico de Satanás es desmantelado. Él todavía ejerce una gran influencia, y hace lo más que puede para dañar al reino de Cristo por medio de la persecución, de la falsa doctrina, y por miles de otros métodos; pero Cristo le ha fracturado su brazo derecho y ya no puede trabajar como antes lo hacía; y cada vez más, como fruto de la pasión del Redentor, el poder de Satanás será restringido, hasta que al fin, será totalmente arrojado fuera, y se escuchará el grito triunfante: “¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” No imaginemos nunca que el demonio vencerá en la gran batalla entre el bien y el mal. La Palabra de Dios nos dice, muy claramente, cuál será su fin, “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” Ahora, si alguno de ustedes sufre porque Satanás lo está tentando para que ceda a la desesperación; si viene a algunos de ustedes para inducirlos a cometer un pecado que ustedes odian, y contra el cual se enfrentan con todo el poder que Dios les da; si, por una fuerza misteriosa que no pueden omprender, él pretende lograr que ustedes hagan lo contrario de lo que quieren, tengan ánimo, y luchen contra él, pues cuando Jesús murió, dijo que por Su muerte, el príncipe de las tinieblas sería echado fuera, y así es. El pecado no se enseñoreará de ustedes ni Satanás tampoco. Sólo tengan el valor de resistirle, reclamen su libertad como hijos de Dios, y luchen bajo el mando de Cristo, pues la cruz es el estandarte vencedor para todos los ue quieren derribar el poder de Satanás. “Enfrentados a todas las huestes del infierno; A todas las huestes del infierno derrotamos; Y venciéndolas con la sangre de Jesús Salimos todavía para exterminarlas.” El tercer resultado de la muerte de Cristo es la atracción central de Su cruz. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” Cristo en la cruz se ha convertido en el grandioso imán que atrae a los hombres a Sí mismo. ¿Qué fue lo que quiso decir mediante estas palabras? Quiso decir que Su esfera de influencia sería ampliada. “Mientras estoy aquí,” dijo, “atraigo a unos cuantos hombres a Mí; estos pescadores se han vuelto mis discípulos, estos griegos han venido a verme; pero cuando sea levantado sobre la cruz, a todos atraeré a Mí mismo, a todo tipo de hombres, hombres de todas la naciones, multitudes de hombres, no solamente de esta época, sino de todas las épocas, hasta que el mundo llegue a un fin. Me convertiré en el centro de un círculo más amplio, un círculo tan amplio como el mundo. A todos atraeré a Mí mismo.” Pero, ¿por qué razón Cristo atrae a los hombres a Él mismo? Respondo que es porque, al morir en la cruz, exhibió una nueva y más resplandeciente manifestación de Su amor. Los hombres venían a Cristo por causa de Su amor mientras caminaba en la tierra; especialmente venían los niños; pero después de morir esa muerte vergonzosa, ¿cómo podrían evitar venir a Él? “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” “En esto consiste el amor.” Y para todas las épocas, la obra maestra de amor, es el Cristo moribundo que ora por Sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Cristo en la cruz atrae a los pecadores a Sí mismo; Cristo crucificado atrae por medio del infinito amor a los hombres, manifestado en esa muerte. Una parte de la atracción radica en las maravillosas bendiciones que nos llegan por medio de la muerte de Cristo. Fuimos atraídos a Él porque recibimos el perdón a través de Sus heridas, venimos a Él porque encontramos vida eterna a través de Su muerte en el madero. Jesús llevó el pecado de Su pueblo. Él murió en lugar nuestro. Y al hacerlo, quitó todas nuestras iniquidades, las borró por completo, y las arrojó a las profundidades del mar. Podemos afirmar eso porque fue levantado en la cruz. Cuando fue crucificado, Él puso fin a la transgresión, acabó con el pecado, y trajo justicia eterna. Amados, esta es una grandiosa atracción para los pecadores moribundos. Es una invitación de amor que deben aceptar. Cuando Jesús nos atrae de esta manera, corremos a Él, porque se puede encontrar perdón y vida eterna por medio de Su izamiento en la cruz. Pido que algunos de mis lectores sean atraídos a Cristo en este instante por el poderoso imán de Su muerte. Recuerden cómo canta el poeta acerca de la atracción de la cruz: “Tan grande, tan vasto sacrificio, Puede muy bien mi esperanza revivir: Si el propio Hijo de Dios así sangra y muere, El pecador de cierto vivirá.” “¡Oh, que estos lazos de amor divino Me atraigan, Señor, a Ti! Tú tienes mi corazón, será Tuyo, ¡Será Tuyo para siempre!” La muerte de Cristo atrajo a Él a multitudes de hijos de los hombres, porque dilató los corazones de Su pueblo. Mientras vivía y estaba con ellos, nunca ardieron con tanto entusiasmo como después de Su muerte. Uno de los primeros efectos de Su muerte, fue el derramamiento del Espíritu de Dios sobre ellos, que infundió una nueva vida, un santo fervor y un sagrado entusiasmo que los impulsó a ir hasta los confines de la tierra, publicando entre los gentiles la plena redención por medio de Su sangre preciosa. Cuando Cristo fue levantado, hizo que Sus seguidores se diseminaran por todas las poblaciones del globo, hasta que su rastro llegó a los términos de la tierra; y, como el sol brilla sobre toda región, así el Evangelio de Jesucristo iluminó cada nación bajo el cielo. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” Cristo es el centro de la humanidad. Él es Siloh, y a Él vendrá el pueblo para congregarse. Renunciarán a las abominaciones de Roma; abandonarán la media luna de los falsos profetas; dejarán los ídolos de los lugares tenebrosos de la tierra; abandonarán la infidelidad y la filosofía; y vendrán en multitudes a postrarse a Sus pies cuando se sientan atraídos por el maravilloso magnetismo de Su muerte expiatoria. Estas tres cosas, entonces, resultaron de la muerte de Cristo: el mundo depravado fue juzgado, el poder de Satanás fue quebrantado y Cristo se convirtió en la atracción central y atrajo a los pecadores a Sí mismo; y ese poder de atracción está obrando ahora. ¡Oh, que estos tres portentos sean obrados en nuestro medio el día de hoy, de conformidad a nuestra medida!

II. Ahora, en segundo lugar,quiero que por unos cuantos minutos, sosegadamente, PIENSEN EN LA MUERTE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN ES DESCRITA EN NUESTRO TEXTO.¡Cómo desea el Espíritu Santo que leamos las Escrituras inteligentemente! Él registró estas palabras del Señor Jesús: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” Si eso hubiera sido todo, habríamos podido preguntarnos: ¿la elevación por sobre la tierra se refiere la muerte de Cristo? ¿Significa acaso Su ascensión, Su levantamiento de la tierra hasta que le recibió la nube? O, ¿se refiere, tal vez, a nuestra predicación de Cristo, cuando le levantamos delante de los hombres, como Moisés levantó la serpiente en el desierto? Así, para evitar cualquier pregunta, el Espíritu Santo agregó el versículo treinta y tres: “Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.” Si hay algo que el Espíritu quiere que nos quede especialmente claro, son todas las expresiones que tienen que ver con la muerte de nuestro Señor. Démosle gracias por ese comentario insertado aquí, para que no cometamos ningún error acerca de un tema tan vital. Ahora, mirando a las palabras, quiero que noten que Cristo fue a Su muerte con una clara visión de lo que sería. Hay muchos hombres que se han apresurado a la batalla, y han muerto sin la menor idea de lo que sería una herida de bala, o en qué consistiría ser traspasado por una lanza; pero nuestro Señor, por así decirlo, hizo un inventario de Su muerte, y la miró a la cara con mucha calma. No habla de ella como muerte simplemente, sino que la describe a su manera: “Y yo, si fuere levantado de la tierra.” En Su propia mente, había visto cuando lo iban a clavar en la cruz, y había llegado al izamiento de ese madero en el aire, y a la colocación de su base en la tierra, y en espíritu se sintió clavado ya allí, levantado de la tierra. Sólo piensen en este hecho maravilloso, como lo expresa el doctor Watts: “Esta fue una compasión divina, Que cuando el Salvador supo Que el precio del perdón era Su sangre, Su piedad nunca se retractó.” Sabiendo que Su muerte iba a ser por crucifixión, no la evitó; Su rostro fue como un pedernal para soportar todo lo que “la cruz” significaba. Él sabía perfectamente lo que implicaba; pero ustedes y yo, no. Hay profundidades en Sus sufrimientos que son desconocidas para nosotros, pero Él conocía todas esas profundidades; sin embargo, ¡con amor tan fuerte como la muerte, lo soportó todo por tu redención, oh creyente! Entonces, ámalo en recíproca correspondencia, con una resuelta y determinada consagración de todo tu ser, para ser enteramente Suyo. Alguien me dijo el otro día, que toda religión en nuestra época sufre ya sea de parálisis o de convulsiones. Yo no quiero que ustedes tengan ninguna de esas quejas, aunque preferiría las convulsiones a la parálisis. No tengamos una religión convulsa, sino tengamos principios establecidos sólidamente, sabiendo lo que tenemos que hacer, y por qué lo hacemos, y luego, como el Salvador, sigamos adelante, esperando dificultades, esperando pérdidas, esperando enfrentar el ridículo, pero enfrentándolo todo voluntaria e intencionadamente por Su amada causa, como Él, por Su parte, soportó incluso la muerte por nosotros. Observen, a continuación, que aunque nuestro Salvador conocía la amargura de Su muerte, leyó sus consecuencias bajo otra luz. “Y yo, si fuere levantado,” ¿captan el pensamiento? Él no quiere decir levantado simplemente en la cruz, Él se refiere a otra clase de izamiento, Él quiere decir exaltado. Cuando fue levantado en la cruz, los hombres lo consideraron una degradación; pero Él miró Su muerte como uno mira un ópalo, hasta que capta los arco iris y las llamas de fuego en la piedra preciosa. De la misma manera Jesús miró Su pasión hasta que vio Su gloria. En el fondo de esa copa rojiza de sangre, Él vio que realmente estaba siendo levantado cuando los hombres pensaron que estaba siendo abatido. Esa corona de espinas era una diadema más maravillosa que la que cualquier monarca haya llevado jamás. Su cruz era Su trono. Con Sus manos extendidas, Él gobernaba las naciones; y con Sus pies clavados allí, Él hollaba a los enemigos de los hombres. Oh, glorioso Cristo, al tener una visión de Tu cruz, la vi al inicio como un patíbulo común, y Tú estabas clavado allí como un criminal; pero conforme he mirado, he visto que comenzaba a levantarse, y a elevarse tan alto que ha alcanzado hasta el límite del cielo, y por medio de su poderosa fuerza has levantado a miríadas al trono de Dios. He visto que Tus brazos se extienden y expanden hasta que has abrazado a toda la tierra. He visto la base de la cruz bajar hasta donde están nuestras desvalidas aflicciones; y ¡qué visión he tenido de Tu magnificencia, oh, Tú, Crucificado! Conforme Jesús esperaba con ansias Su muerte, vio más de lo que aún ahora podemos ver nosotros, y percibía que era Su gloria ser levantado en la cruz del Calvario. Además, Él vio en ella la satisfacción de nuestra gran necesidad. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré.” Él veía que nosotros estábamos lejos, y no podíamos acercarnos por nuestro propio esfuerzo; así que dijo: “Si fuere levantado, . . a todos atraeré.” Él vio que no desearíamos venir, que tendríamos un corazón tan obstinado y una cerviz tan dura, que no querríamos venir aunque fuésemos llamados. “Pero,” dijo Él, “Yo desde la cruz los atraeré. Como un imán atrae el acero, Yo los atraeré.” ¡Oh, piensen en la cruz de Cristo bajo esa luz! Algunos han pensado que, si predicamos el Evangelio, siempre tendremos una congregación. Yo no estoy seguro de eso; pero si el Evangelio no atrae una congregación, no sé qué lo hará. Pero Cristo no dice: “Y yo, si fuere levantado, atraeré a todos los hombres a la pequeña Betel, o a Salem.” Él dice: “a todos atraeré a mí mismo,” esto es, a Él; y nosotros únicamente venimos a Cristo porque Cristo viene a nosotros. Nadie viene a Cristo jamás a menos que Cristo le atraiga, y el único imán que Cristo usa jamás es Él mismo. Yo en verdad creo que nosotros denigramos a Cristo cuando pensamos que vamos a atraer gente por algún medio diferente a predicar a Cristo crucificado. Nosotros sabemos que la mayor congregación de Londres se ha mantenido estos treinta años por el único motivo que predicamos a Cristo crucificado. ¿Dónde está nuestra música? ¿Dónde está nuestra oratoria? ¿Dónde está nuestra atractiva arquitectura, o la belleza del ritual? “Un servicio desnudo,” le llaman. Sí, pero Cristo compensa todas las deficiencias. Prediquen a Cristo, y los hombres serán atraídos a Él, pues así lo dice el texto: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” Los hombres son retenidos por Satanás, pero la cruz los atraerá. Los hombres son retenidos por la desesperación, pero la cruz los atraerá. Los hombres son retenidos por falta de deseo, pero la cruz engendrará el deseo. Los hombres son retenidos por amor al pecado, pero la cruz los inducirá a odiar al pecado que crucificó al Salvador. “A todos atraeré. A todo tipo de hombres atraeré a mí mismo,” dice el Cristo crucificado. Así suple nuestra gran necesidad. Observen, también, que Jesús sabía que viviría para ejercer esa atracción. Él dice: “Y yo, si fuere levantado de la tierra.” ¿Qué, entonces? “¿Estaré muerto? No; a todos atraeré a mí mismo.” Él vive. Aproximándose a la muerte, Él espera vivir, Él se gloría en Su vida, y comenta lo que piensa hacer después de que resucite de los muertos. ¡Oh glorioso Cristo, que miremos más allá de Tu muerte, y encontremos consuelo en Tu vida resucitada! Hermanos y hermanas míos, ¿no pueden algunas veces mirar más allá de la tumba, y encontrar consuelo en lo que harán en el cielo? Oh, ¿acaso no glorificaremos a nuestro Señor en el cielo? En anticipación a lo que haremos entonces en honor de nuestro precioso Salvador, tomemos las armas ahora contra nuestro problema presente, tomando prestadas nuestras armas de la armería del futuro, después que nuestra vida terrenal haya terminado. Jesús vio, también (y con esto debo concluir), que el día vendría cuando Él estaría rodeado de un poderosa compañía. ¿Acaso no pueden verle? Él está levantado en la cruz y comienza a atraer; y los hombres vienen a Él, unos cuantos en Jerusalén, ¿dije “unos cuantos”? No. ¡Tres mil en un solo día! El Crucificado ha traspasado sus corazones, el Crucificado ha engendrado fe en ellos, el Crucificado ha atraído a miles a Sí mismo. Él es predicado en Damasco. Él es predicado en Antioquía. Él es predicado en Corinto. Él es predicado en Roma, y en todas partes Él atrae pecadores a Sí mismo, y grandes multitudes vienen a Él. Con el tiempo, Él es predicado en la lejana Inglaterra. Algún evangelista pionero encuentra un lugar en estas islas donde puede predicar el Evangelio de Cristo a los bárbaros, y Jesús los atrae a Sí mismo. Él atrae a los hombres, hasta que, a través de todo el vasto imperio de Roma, Cristo crucificado los está atrayendo del palacio del César y de la prisión del César. Desde el esclavo en el molino hasta el senador que gobierna la ciudad, Cristo los está atrayendo. Algunos de los reyes que llevan sus coronas con el permiso del poder romano, se inclinan delante del Rey Jesús, pues Él los está atrayendo. Él está atrayendo a los pueblos de las islas del mar, y de cada costa. Y Él los sigue atrayendo todavía hoy. Desde las soleadas islas de los mares del sur, desde el norte lejano de Groenlandia, del África, de la China, de todas partes, Él los atrae más y más. Y aquí, en esta isla favorecida, Él ha atraído miríadas a Él mismo. Pero el día vendrá en que ese poder de atracción comenzará a operar más libremente todavía. Correrán a Él. Volarán a Él con alas ligeras, como vuelan las palomas a sus palomares. Vendrán a Él tan de repente, que la Iglesia clamará asombrada: “¿Quién me engendró éstos? ¿Dónde estaban éstos?” Como son vistas las gotas del rocío de la mañana, cuando ha salido el sol, que resplandecen como diamantes en cada seto, y en cada hoja de hierba, así serán los convertidos de Cristo, como la simiente prometida de Abraham: “tantos, como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar.” El pueblo de Cristo se le ofrecerá voluntariamente en el día de Su poder; y Su muerte en la cruz es la gran atracción mediante la cual serán atraídos a Él. ¡Oh, que atraiga a muchos a Sí mismo en este día! Que ésta sea nuestra oración a Él: “Amado Salvador, atrae a corazones renuentes, Que vuelen hacia Ti los pecadores, Y reciban la bendición que Tu amor imparte, Y beban, y nunca mueran.” Amén.

Usado con permiso

http://www.obrerofiel.com/– Se permite reproducir este material siempre y cuando no se venda.

Este sermón fue tomado de la página web www.spurgeon.com.mx Para más información y más sermones predicados por este famoso predicador Charles H. Spurgeon, busque en esta página.

One Comment
  1. 24 abril, 2012 4:58 pm

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