Israel en la profecía bíblica

Por: Juan Stam

Uno de los pasajes proféticos más importantes, y muy citado en el NT, es el “pequeño libro de consolación” de Jer.30-31.  Como casi todo el libro de Jeremías, estos capítulos son una compilación de trozos de diversos discursos del profeta; parece componerse de más de diez oráculos distintos.  Están agrupados alrededor del tema común de la esperanza, para inspirar ánimo y consuelo en el pueblo.  En un libro cuya tónica constante es el juicio, dándole a Jeremías su epíteto de “profeta llorón”, los mensajes de esperanza se han concentrado en esta parte central (capp.30-33).

En este ejercicio demostrativo no intentaremos una exégesis completa de los dos capítulos.  Nos concentraremos en los pasajes que tienen aspecto predictivo, especialmente 31.15-17 y 31.31-40.  Seguiremos básicamente las pautas señaladas en la conferencia misma, según se aplican a este pasaje.

Contexto y propósito del pasaje:

Los diferentes oráculos (o mini-oráculos) que componen estos capítulos son de origen diverso.  Algunos son de principios del ministerio de Jeremías (628-586 aC) y se refieren específicamente al retorno de los exiliados del reino del norte (Israel) que cayó ante Asiria en 722 aC.  Este parece ser el caso en los oráculos que se refieren a “Efraín” (apodo para Israel) o que mencionan a Samaria.  Otros parecen haber sido escritos en vísperas de la caída de Jerusalén en 587 aC y tienen que ver con los exiliados de Judá.

Si algunos pasajes claves fueron escritos bajo Sedequías en 587 aC, o la compilación principal se hizo en ese momento histórico, una situación sumamente dramática iluminaría estos capítulos. El profeta mismo estaba en la cárcel, los babilonios rodeaban a Jerusalén, hambre y pestilencia azotaban a la ciudad.  Aun peor, Jeremías reconocía que la crisis de su pueblo infiel era el justo castigo de Dios sobre ellos.  Sim embargo, más allá de la ruina total pudo ver una reconstrucción gloriosa bajo el poder de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Llama la atención que junto con los pasajes de esperanza van alternando, a veces abruptamente, otros que vuelven a insistir en el juicio de Dios sobre su pueblo (30.5-7; 12-15; 31.10b,15,18s,22a,28a; juicio sobre naciones enemigas 30.11,16,23s).  El pasaje se estructura sobre la dialéctica de juicio y misericordia, castigo y restauración.  Aun cuando el profeta triste aquí proclama esperanza, no es un optimismo fácil ni una esperanza barata.  Dios no puede bendecir a su pueblo hasta que no haya terminado de castigarlos (30.11b), pero en su juicio sobre ellos no los destruirá.  La esperanza que Jeremías ofrece se basa en el encuentro del amor eterno de Dios con su firme justicia.

Obviamente el profeta dio estos mensajes de esperanza para animar la fe del pueblo de Dios, sin reducir un ápice de gravedad del juicio divino.  Durante las décadas del ministerio profético de Jeremías, los judíos del Sur (Judá) estaban tentados a un falso optimismo, especialmente después de las reformas de Josías: hemos obedecido a Dios, hemos restaurado el culto en el templo, ahora Dios no nos puede castigar.  Las constantes prédicas de juicio por boca de Jeremías combatían siempre esa confianza errada.  Pero en vísperas de 587, cuando ya era evidente que de hecho Dios iba a permitir que Jerusalén cayera, el pueblo estaba frente al otro peligro, de desesperarse totalmente.  Por eso Jeremías ahora anuncia esperanza y la promesa de un feliz retorno a la tierra, después del exilio que iba a castigar sus pecados e injusticias.

Historia de salvación y pacto.

De acuerdo con el concepto hebreo de la profecía, el profeta aquí no está simplemente anunciando cosas futuras por anunciarlas.  Más bien, Jeremías interpreta la situación del pueblo en términos de la historia de la salvación y enfoca el pasado, presente y futuro del pueblo de Dios en términos del pacto.  Las consecuencias de la desobediencia que anunciaba el pacto ya vienen sobre el pueblo con toda su gravedad.  Pero Dios será fiel a su pacto, y después de haber castigado a su pueblo infiel Dios hará con ellos un pacto nuevo que inscribirá la ley en sus corazones para que obedezcan espontáneamente su ley.  Entonces llegarán a experimentar las bendiciones y la alegría que promete el pacto, porque obedecerán al Señor con todo su corazón.  El marco de referencia para todo el pasaje es el pacto y la historia de la salvación.

El lenguaje y contenidos del oráculo

Estos dos capítulos son casi totalmente poesía y deben interpretarse como tal.  Como “la poesía de la esperanza”, utilizan muchas de las figuras propias de dicho género, que deben entenderse básicamente según los cánones de la literatura poética.  Uno de los errores hermenéuticos más serios es interpretar poesía como si fuera prosa.  Más que anunciar predicciones específicas y literales de “eventos del porvenir”, el profeta inspirado intenta aquí evocar visiones poéticas de una nueva realidad después de la inminente crisis.

El primer oráculo comienza con una simpática ironía poética: describe el “tiempo de angustia para Jacob” con la figura chocante de varones que agarran la panza y gritan con dolores de parto (30.5-7).  Por supuesto, nadie estaría tentado a tomar eso como una profecía literal.  Hay ironía también en los argumentos a fortiori de 31.36 (si un día fallaran las leyes del cielo) y 31.38 (si un día se llegara a medir el cielo o explorar los cimientos de la tierra) — dos cosas ridículamente impensables.

Al autor le gustan los juegos de palabras: “los que te devoran serán devorados, los que te saquean serán saqueados, los que te roban serán robados” (30.16).  “Fui novillo sin domar, pero me has domado” (31.18).  En 30.3 el profeta juega con dos sentidos del verbo shub: cambiar la suerte de Israel, y devolverlos a la tierra.  En 30.17 se contrastan dos palabras muy parecidas, Tziyon (Sión) y Tziyah (desierto).  La misma técnica literaria ocurre en 20.7: “Me sedujiste (o engañaste), Señor, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste”.

En todo el pasaje abundan las metáforas y símiles dramáticos: angustias de exilio como varón con dolores de parto (30.6); liberación como quebrar el yugo y romper la soga (30.8); pecado como enfermedad terminal (30.12s) y perdón como sanación (30.17); aliados como “amantes” (30.14); juicio como tormenta y huracán (30.23); Dios como padre (31.9) y pastor (31.10); Israel como “huerta bien regada” (31.12) y muchos más.

Las descripciones más líricas del pasaje se emplean para expresar la alegría del retorno después del exilio.  El regreso se describe como una masiva procesión encabezada por los ciegos, cojos, mujeres encintas y lactantes (31.8).  Habrá cantos de gratitud y risas de alegría (30.19 DHH) y alegres danzas con panderetas (31.4).  Gritarán de júbilo (31.7,12). Jóvenes y viejos danzarán juntos (31.13).

A un pueblo en crisis, cuyas perspectivas eran totalmente oscuras, con esta “poesía de lo imposible” Jeremías les llama a esperar lo nuevo.  Cuando todo parecía ser un “acabóse” sin salida alguna, el profeta ayuda al pueblo a soñar lo nuevo que no parecía existir ni como posibilidad ni como esperanza.  Es la posibilidad que sólo nace cuando Dios habla para crearla de la nada, como en Gén 1.  Por eso la palabra “nuevo” es tan importante en la literatura profética.

Aspectos de tiempo

Casi todos los verbos en estos capítulos están en tiempo futuro, para anunciar sobre todo el retorno de los exiliados.  El profeta usa varias fórmulas para el tiempo futuro: “vienen días” (30.3; 31.27, 31, 38), “en aquel día” (30.7,8; “aquellos días” 31.29; “después de aquellos días” 31.33); “en aquel tiempo” (31.1), y “en el fin de los días” (30.24 deV). Este último, que por su lenguaje pareciera señalar un tiempo escatológico, en su contexto significa que se entenderá cuando llegue el día de su cumplimiento (cf 23.20) en un futuro próximo.

El enfoque predictivo de estos capítulos se concentra claramente en el futuro próximo, específicamente el retorno de exilio que el mismo Jeremías había asignado una duración de 70 años (25.11; 29.10).  Aunque de hecho algunas de las promesas formuladas por Jeremías no se cumplieron literalmente en el retorno, nada en el mismo texto indica que Jeremías estuviera pensando en un futuro remoto más allá del retorno del exilio.  Precisamente el nuevo pacto lograría evitar una repetición de la desobediencia que fue causa del exilio, salvando al pueblo transformado de algún otro exilio futuro.

Uso en el NT de Jeremías 30

Sólo dos pasajes de estos capítulos se citan en el NT: Jer 31.15 en Mat 2.18, y Jer 31.31-34 en Heb 8.8-12 y 10.16s.  Paradójicamente, el primero, que identifica la cita explícitamente como un cumplimiento (Mat 2.18), es de hecho un tipo de alegorización que realmente no tiene nada de ‘profecía” ni de “cumplimiento” en nuestro sentido moderno.  La segunda, en Hebreos, que no usa fórmulas de cumplimiento, plantea en realidad un cumplimiento de lo profetizado, pero en una forma que Jeremías jamás hubiera anticipado.

 Jer 31.15 es un texto sumamente metafórico, una especie de hipérbole alegórica.  Ramá, donde según la tradición estaba sepultada Raquel, estaba unos 9 km de Jerusalén y era un conocido punto de encuentro como estación en el camino hacia el norte (Jue 19.13).  En tiempos de Jeremías, Nabucodonosor reunió a los exiliados en Rama para llevarlos a  Babilonia (Jer 40.1).

Raquel era la esposa favorita de Jacob y la madre de José y Benjamín, en cuyo nacimiento murió ella (Gén 35.16-20).  Los dos hijos de José, Efraín y Manasés (nietos de Raquel), representaban dos tribus fuertes del reino del norte, que había sido llevadas al cautiverio por los asirios.  El profeta imagina entonces que Raquel, desde la tumba donde tenía siglos de yacer, se pone a llogar, como si fuera plañidera de oficio, por sus descendientes tanto del norte (Israel) como del sur (Judá) que son llevados tristemente hacia el destierro.

Siglos después, cuando Mateo describe la masacre de los infantes por Herodes, trae a colación esta cita de Jeremías.  De nuevo Raquel, ya muerta por más de un milenio, vuelve a llorar, ahora no por los que van hacia el exilio sino por todos los niños muertos en el infanticidio.  En realidad hay varios aspectos en que la cita de Jer 31.15 no viene muy al caso para el tema de Mat 2.18; un paralelo tipológico más pertinente hubiera sido el infanticidio de Faraón en tiempos de Moisés.  El único punto de correlación con Raquel es el dolor de una madre, aunque en el primer caso es Raquel quien muere en el parto y en Mateo son los niños que mueren.  Otro factor parece haber sido una tradición distinta que situaba el sepulcro de Raquel cerca de Belén (Gén 35.19), centro del masacre de los niños.

Tanto en Jer 31.15 como en Mat 2.18 vemos cuán lejos están los conceptos bíblicos de “profecía” y “cumplimiento” de lo que solemos entender hoy.  En los relatos de la vida y muerte de Raquel no hay absolutamente nada que se hubiera podido entender como una predicción del exilio; la palabra profética, con “dice Jehová” tres veces en tres versículos, es puramente alegórica.  Tampoco hay nada en Jer 31.15 que se hubiera podido entender como una predicción de la masacre de los niños bajo Herodes, pero Mateo introduce la cita con “entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías” (2.17).

El segundo pasaje, Jer 31.31-34, es mucho más importante teológicamente e inspiró varias citas y alusiones en el NT.  Se cita entero en Heb 8.8-12, siendo la cita más larga en todo el NT.  El autor de Hebreos lo vuelve a citar, en forma resumida, en la conclusión de su argumento sobre la superioridad de Cristo y su sacrificio (10.15-22).  Otros pasajes también hacen referencias muy importantes al “nuevo pacto” prometido por Jeremías.  Junto con el “nuevo corazón” y “espíritu nuevo” que promete Ezequiel (11.19s; 18.31; 36.26-29; cf Jer 32.39) y la “nueva creación” (Isa 65.17-25; 66.22), configuran el perfil definitivo de la esperanza profética.

Jeremías reconoce que las mismas condiciones del pacto han traído castigo sobre el pueblo rebelde, y que por su infidelidad el pueblo ha invalidado el pacto (31.31s).  Puesto que Jeremías, igual que Ezequiel, insiste en la responsabilidad personal (31.29s; Ezq 18.2), afirma que el nuevo pacto traerá una transformación genuina dentro de cada persona, por la que deseará genuinamente cumplir la voluntad de Dios.  Del corazón nacerá obediencia a Dios, sin que nadie nos tenga que enseñarlo.  Es importante observar que Jeremías no plantea una nueva ley; el nuevo pacto consiste en una nueva dinámica de obediencia a la misma ley de Dios.

Un cambio que Jeremías obviamente no anticipaba era que el pacto dejara de ser judío, en sentido nacional.  En su profecía lo “nuevo” que anuncia no incluye algún nuevo destinatario, que no fuera la misma nación judía.  Aunque ellos han invalidado el viejo pacto, Dios promete hacer el nuevo pacto “con la casa de Israel y con la casa de Judá” (31.31,33).  Y como para corregir de antemano cualquiera idea de que no siguiera siendo estrictamente judío el nuevo pacto, el pasaje sigue con dos párrafos que afirman en los términos más enfáticos imaginables que Israel nunca dejará de ser una “nación delante de mí eternamente” (31.35s) y que Dios no desechará toda la descendencia de Israel (31.37).  Ambas garantías se fundamentan en la fidelidad invariable de la misma creación de Dios (31.35-37).  El pasaje termina con una detallada descripción de la reconstrucción de Jerusalén (31.38-30).  Es obvio que el profeta sigue pensando en un pacto de carácter judío.

Al pasar al NT, esto cambia radicalmente.  Cuando Jesús en su última cena dice “esta copa es el nuevo pacto en mi sangre” (Lc 22.20; Mt 26.28; Mr 14.24; 1 Cor 11.25), le da al nuevo pacto un sentido jamás imaginado por Jeremías: el nuevo pacto se basa en la muerte y resurrección del Mesías (Heb 9.15,18).  La promesa de Jeremías se cumplió, real y plenamente, pero en una forma radicalmente diferente a lo que el profeta hubiera podido anticipar.

El libro de Hebreos, con su argumento central de la superioridad de Jesús sobre el sacerdocio judío, da importancia especial a esta cita de Jeremías.  En Heb 8.8-12 el autor no sólo señala el incumplimiento del pueblo (como hace Jeremías también) sino atribuye el fracaso del primer pacto a deficiencias del pacto mismo.  El segundo pacto es necesario, porque el primer pacto era imperfecto (8.7).  Al hablar de un nuevo pacto, Dios ha declarado viejo el primero “y a lo que está viejo y anticuado, poco le falta para desaparecer” (8.13 DHH).  El repetido contraste entre el “viejo pacto” (término no usado por Jeremías) y el “nuevo pacto” deja muy claro que el pacto de Sinaí es ya obsoleto (9.1,15,18; 10.9) y superado por las “mejores promesas” del evangelio (8.6).

La segunda cita del mismo pasaje (Heb 10.11-18) contrasta los sacrificios judíos, repetidos diariamente, con el de Jesucristo, realizado de una vez para siempre y eficaz sin tener que repetirse (10.11s,14,18).  El nuevo pacto no se basa en sacrificios animales sino en la vida y muerte de Jesús (10.8); Dios quita los viejos sacrificios y pone a Cristo en su lugar (10.10s).  En esto consiste el nuevo pacto (10.16s).  Aquí también el nuevo pacto ha desplazado al viejo pacto, ya obsoleto.

El viraje que estos pasajes dan a la cita de Jeremías contradice radicalmente el énfasis judeo-nacionalista que dan 31.35-40 a la misma promesa.  Llama la atención que el NT no cita nunca esos textos (31.35-40; 33.20,25) sobre la permanencia de Israel ante Dios para siempre.  Después de la venida de Jesús y el nacimiento de la iglesia, todo eso adquirió aspectos totalmente nuevos que Jeremías no hubiera podido anticipar.  Para nosotros como cristianos, entonces, las citas e interpretaciones del NT tienen que ser nuestra orientación definitiva para entender las profecías predictivas del AT.

Algunos otros pasajes hacen alusiones menos directas a Jer 31.31-34.  Cuando 1 Jn 2.27 dice que “ustedes tienen el Espíritu Santo y no necesitan que nadie les enseñe”, parece ser una alusión a la promesa de inscribir su ley en nuestros corazones y darnos su espíritu (cf Jn 6.45).  En 2 Cor 3 y Gál 4.24-31 Pablo elabora extensamente el contraste entre la vieja alianza y la nueva en Cristo Jesús.  Estos y otros pasajes, igual que los de Heb, siempre refieren la promesa de Jer 31.31-34 a la iglesia y la salvación en Cristo y no a la nación judía como en Jeremías.

Conclusión: el contraste entre los dos pasajes de Jer 30-31 retomados por los autores del NT es revelador del concepto de “profecía” y “cumplimiento” en los autores bíblicos.  (1) Un texto (31.15: Raquel llora por los exiliados) que en su contexto original no muestra nada de “predicción”, en Mat 2.18 se trata explícitamente como “profecía” cumplida en Cristo, con todo y fórmula de cumplimiento.  Lo mismo pasa con muchos otros pasajes que en el AT no muestran las características de predicción pero en el NT aparecen como cumplidos (Os 11.1/Mat 2.15; Isa 11.1/Mat 2.23; Jon 1.17/Mat 12.40) o cuyo “cumplimiento” no corresponde al sentido de la profecía original (Am 9.11s/Hch 15.6-18, debido a un texto radicalmente distinto con sentido opuesto al texto hebreo).

Por otra parte, (2) otros pasajes proféticos que en el AT muestran todas las características de una predicción que anuncia futuras realidades, en el NT o se cumplen en una forma muy distinta y casi contraria al sentido del original (Jer 31.31-34) o se dejan fuera de consideración por haber sido superados por la nueva realidad en Cristo (Jer 31.35-40).

En el oráculo original Jer 31.29-40 parece ser un bloque textual con un argumento lógico consecutivo: después de afirmar la responsabilidad personal de cada uno (31.29s), el profeta anuncia un nuevo pacto que capacitará a todos a cumplir el pacto desde un nuevo corazón (31-34) de modo que en adelante Israel estará firme ante Dios (35-37) y Jerusalén nunca será arrancada (38-40)>  Es imposible separar 31.31-34 de 31.35-40 para pretender decir que 31.31-34 se ha cumplido ya (en la forma distinta que anuncia el NT) pero que 31.35-40 quedan sin ser afectados por los cambios en el cumplimiento del pasaje anterior y que serán cumplidos en el futuro en sentido literal nacionalista.  A la luz de la casi total transformación del sentido de la primera parte del pasaje (31.31-34), la segunda parte (31.35-40, nunca citada en el NT) tiene que ser reinterpretada en el mismo sentido que la primera parte.

¿Qué dicen Jer 30-31 para nosotros hoy? En el contexto amplio de la historia de la salvación y del pacto, estos dos capítulos nos traen una enseñanza muy valiosa. En primer lugar, nuestro Dios es fiel a sus promesas y tenaz en cumplirlas, a pesar de toda la infidelidad nuestra.  En segundo lugar, al cumplir sus promesas lo hace siempre conforme a su justicia divina.  Cumple su promesa transformándonos a nosotros para que cumplamos su voluntad.  Tercero, Dios puede cumplir sus promesas en formas totalmente sorprendentes, que no se nos hubieran ocurrido antes, igual que cumplió la promesa del nuevo pacto en una manera prácticamente contradictoria en algunos puntos a lo que Jeremías obviamente esperaba.  Nuestro Dios, siempre fiel a sus promesas, es Dios de sorpresas.

¿ Cómo debemos obedecer Jer 30-31 hoy?  Ningún pasaje profético es teórico y especulativo, pretendiendo meramente anticipar sucesos futuros (como en este caso el establecimiento del estado israelí, reconstrucción del templo en el futuro, etc).  Su intención central es llamar al pueblo de Dios a la obediencia, el arrepentimiento y la esperanza.  Cualquier interpretación abstracta que deja fuera esa exigencia ética del pasaje, será una interpretación errada.

La forma de nuestra obediencia a este pasaje parece sencilla y clara.  Hemos de examinar nuestras vidas y arrepentirnos ante Dios de nuestros pecados e injusticias, personales y comunitarios (iglesia, nación).  Pero más allá del justo juicio de Dios, hemos de confiar en sus promesas y seguir esperando que “hay una esperanza para tu futuro” (31.17).  Como Jeremías debemos recordar que “vienen días, dice Dios, en qué cambiaré la suerte de mi pueblo” (30.3).  Debemos saber fijar también nuestra mirada “en aquel día” tanto de un mejor futuro próximo como del futuro definitivo que nos anuncia Dios.

En Centroamérica hoy, después de la dolorosa “década perdida” de los 80s, y las pocas esperanzas que ofrece la actual década (“cementerio de los sueños”‘ y “fin de las utopías”), Jeremías nos llama a una esperanza inclaudicable, pero no una esperanza barata ni escapista.  Nos llama a confesar nuestros pecados, enmendar nuestros caminos, y con firme fe en Dios y sus promesas, seguir adelante en el camino de su voluntad hasta que el Señor venga.

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Un comentario en “Israel en la profecía bíblica

  1. Estos versículos correspondiente al Profeta Jeremías, hay que tomarlos como enseñanza profética del Autor y la referencias al Nuevo Pacto se refiere indudablemente al Pacto de Sangre que estableció Jesús en la Ultima cena con sus Discípulo;y la alegoría cuando el Profeta se refiere a Raquel que llora, es representativo del Amor de una madre por sus hijos en este caso al pueblo de Israel.

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