El Gnosticismo

Imagen relacionadaEl gnosticismo es uno de los movimientos ideológicos, religiosos y filosóficos, que a lo largo de la historia han buscado dar respuestas a las preguntas básicas que continuamente se hace el hombre sobre la propia identidad y situación, origen y destino. Los gnósticos se plantearon repetidamente las cuestiones fundamentales de la identidad humana, desde las deficiencias de su situación en este mundo y aspirando a una superación trascendente de todas esas limitaciones.

Tratando de aclarar la confusión existente en el uso de los términos, consideramos la gnosis (“conocimiento”) como tendencia reiterada del espíritu humano a un conocimiento salvífico mediante revelación. Un conocimiento de los misterios divinos reservados a una elite. Limitamos el concepto de gnosticismo a diversas combinaciones de determinadas características básicas correspondientes a un movimiento ideológico que se manifiesta de modo peculiar entre el s. I o II y el s. III d.C.

El gnosticismo podría quedar, si no caracterizado, al menos significativamente representado, por el mito de la caída de una entidad celeste en el mundo de la materia. Nuestro mundo queda así impregnado de partículas divinas. Parcelas de esa Alma del mundo que debe liberarse recogiéndose sobre sí misma, resucitando de la ignorancia, para retornar a una Unidad primordial.

No toda gnosis es gnosticismo, sino sólo la que implica la identidad divina del conocedor (el gnóstico), del conocido (la sustancia divina de su Yo trascendente) y el medio por el que se conoce (la gnosis como facultad divina implícita, que debe ser despertada y actuada).

Dentro del fenómeno gnóstico cabe señalar diversos tipos desde perspectivas distintas. Por un lado, los varios gnosticismos sectarios descritos por los antiguos heresiólogos. Simón Mago es visto por san Ireneo, a fines del s. II, como el iniciador de todas las herejías. La gnosis simoniana es todavía importante en la descripción de san Hipólito, a comienzos del s. III. La descripción de Ireneo se detiene con la mayor amplitud en la del sistema valentiniano. Valentinianos y marcionitas son los combatidos directamente por Tertuliano (s. II/III). Todavía en el s. IV, Epifanio, pese a ser un entomólogo de herejes que incrementa artificialmente el número de sectas, se preocupa de reseñar textos valentinianos. En el s. III las rápidas alusiones a los heresiarcas se concentran en la mención de Basílides, Valentín y Marción.

El hecho de que entre los textos de Nag Hammadi haya unos de marcado carácter judío (que suelen tener por personaje central a Seth) y otros claramente cristianos (exponentes, más o menos, de doctrinas valentinianas) ha dado pie para distinguir dos tipos básicos: el gnosticismo sethiano y el valentiniano (Congreso de Yale en 1978). Se sugiere que el gnosticismo primitivo apareció en dos especies radicalmente diferentes: una “inversión” de elementos del judaísmo, especialmente de carácter no cristiano, y un tropo alegórico sobre el catolicismo. Los dos, sethianismo y valentinianismo, pueden haberse encontrado en la figura histórica de Valentín, quien según una antigua fuente fue influido por el uno y fundó el otro.

Hay quienes, paralelamente a un gnosticismo de raigambre judía y al de los sectarios gnósticos cristianos, presentan un gnosticismo que podríamos calificar de “eclesiástico,” en el que encajarían textos neotestamentarios, como Ef. (Schlier) y Jn. (Bultmann), figuras como Ignacio de Antioquía (Schlier), Clemente Alejandrino (Völker), Orígenes (Campenhausen), Pacomio y Evagrio Póntico (Jonas).

Aparte quedaría una corriente de gnosticismo pagano, el del Corpus Hermeticum.

La última gran derivación del gnosticismo en la Antigüedad es el maniqueísmo. El mandeísmo, que sobrevive residualmente en Irak, es visto por algunos como una de las expresiones más tempranas del gnosticismo y por otros como una rama tardía.

Fuentes

Desde la Antigüedad se cuenta con las exposiciones de los heresiólogos. Se han perdido los correspondientes escritos de Justino, pero sirvieron de fuente para otros posteriores. Ireneo, a fines del s. II, Hipólito en el III y Epifanio en el IV (más tarde Filastrio de Brescia) son quienes nos han legado exposiciones más detalladas. Estas fuentes indirectas quedan enriquecidas por documentos originales: completos, extractados o parafraseados. Debemos algunos a Hipólito (Apophasis Megale, Predicación Naasena, Libro de Baruc) y otros dos a Epifanio (Carta a Flora, Carta doctrinal valentiniana). Más fragmentariamente, entre el s. II y III, Clemente Alejandrino (Extractos de Teodoto) y, en la primera mitad del s. III, Orígenes (Fragmentos de Heracleón). Tertuliano (s. II-III) ofrece datos muy valiosos en sus obras de polémica contra valentinianos y marcionitas.

Este gnosticismo histórico, conocido únicamente por los testimonios de los Padres y de los filósofos paganos que lo combatieron, empezó a ser conocido también, a partir del s. XVIII, por documentos directos, en versión copta, llegados en cuatro oleadas: Los manuscritos de Londres (Pistis Sophia), Oxford (Libro del gran tratado iniciático = Libros de Jeu y Topografía Celeste), Berlín (Evangelio de María, Libro de los secretos de Juan = ApocrJn – recensión corta -, Sabiduría de Jesucristo = SophiaJC y Hechos de Pedro) y El Cairo, donde se ha conseguido reunir la denominada Biblioteca copta de Nag Hammadi, descubierta en el Alto Egipto, dispersa y recuperada entre 1945 y 1977. Contiene 52 obras (varias repetidas y, entre éstas, la recensión corta y dos copias de la larga del ApocrJn) en 13 códices, algunos incompletos. El conocimiento de esta documentación, tras muchos esfuerzos ya plenamente accesible a los estudiosos, ha dado un empuje excepcional a los estudios sobre el gnosticismo.

Historia de la interpretación.

Desde los heresiólogos de la antigüedad cristiana hasta comienzos del s. XX ha predominado una visión unitaria. Los Padres de la Iglesia lo trataban como herejía cristiana, debida a influencia de la ideología y religiosidad paganas. En el s. XIX, F. C. Baur y Hilgenfeld lo veían como derivación del cristianismo antiguo por las tendencias sincretistas del helenismo tardío. A comienzos del s. XX, Harnack lo describe como el momento álgido del proceso de helenización del cristianismo.

Sin embargo, desde fin del s. XIX se va abriendo camino otra perspectiva radicalmente diferente que logra imponer la escuela histórico-religiosa. Se ve en la gnosis antigua un movimiento religioso precristiano de carácter universal, producto del sincretismo de la época. Fue determinante el influjo de W. Bousset, quien se interesó por el origen de diversos temas gnósticos: ascensión del alma, dualismo, el salvador. Subrayaba el dualismo, que veía como producto de concepciones iranias en combinación con el pensamiento griego.

Tras el Salvador de la gnosis mandea encontraba un mito indo-iranio del Hombre primordial, que, unido a la especulación griega, habría producido la gnosis mitológica. A su vez H. Reitzenstein encuentra su figura central del Salvator salvandus, concepción irania, en el Himno de la Perla de los HchTom, que considera precristiano, o a una obra gnóstica cristiana. El Mensajero de ese himno, el Hombre Primordial que desciende al mundo material para liberar al alma colectiva, sería ésta, que se salva a sí misma.

Todavía hay quienes mantienen que el mérito de la escuela de las religiones ha sido mostrar que el movimiento gnóstico fue originalmente un movimiento de pensamiento no cristiano, enriquecido sucesivamente desde esquemas cristianos. Consideran que los textos de Nag Hammadi han acreditado la tesis de que los sistemas gnósticos han nacido en los márgenes del judaísmo.

Como crítica fundamental a estos planteamientos hay que señalar que la reconstrucción que se hace del gnosticismo primitivo es pura conjetura. Se debe a la recolección de un vasto material muy disperso en tiempo y espacio y que se alega como prueba unitaria de la existencia anterior de una mentalidad gnóstica. Se construye así un bloque de pensamiento, muy digno de ser tenido en cuenta si hubiera existido como tal en una época determinada antes de la era cristiana. Lo que resulta específico del gnosticismo no es la preexistencia de sus elementos constitutivos aislados, sino una determinada combinación. Elementos constitutivos como la representación de la ascensión celeste o el dualismo pueden encontrarse en culturas muy dispares y desconexas. La combinación claramente gnóstica no queda documentada hasta el s. II.

Sobre los presupuestos histórico-religiosos de Bousset y Reitzenstein han elaborado sus interpretaciones el teólogo R. Bultmann y el filósofo H. Jonas, tomando como clave hermenéutica las categorías antropológicas de la filosofía existencialista.

Como crítica a estos planteamientos se ha podido argüir que interpretar el gnosticismo por el existencialismo, aparte de un consciente anacronismo, puede ser un caso de obscurum per obscurius. Tratan subjetivamente un objeto que han construido subjetivamente, lo mismo que sus predecesores histórico-religiosos. El Salvador gnóstico, presentado como combinación de los mitos del Hombre Primordial y del Redentor Celeste, parece no tener más consistencia que la de una construcción escolar.

Otros estudiosos han aplicado distintos métodos. El recurso a la llamada historia de los motivos puede ser un callejón sin fin. Han cobrado actualidad las investigaciones sociológicas o psicológicas. Corren el peligro de quedarse en una derivación reductora de la historia de los motivos.

En 1978 tuvieron lugar dos congresos muy significativos. En el de Yale se mantiene la fascinación por un precursor o un competidor gnóstico contemporáneo del cristianismo. Ha tratado de distinguir entre el gnosticismo “sethiano” (una inversión de elementos del judaísmo) y el gnosticismo valentiniano (un tropo alegórico sobre el catolicismo). Sin embargo, fue discutida la existencia del sethianismo. El de Quebec, aun ateniéndose a esa distinción, ha reconocido la insuficiencia de los datos de que disponemos y ha preferido adentrarse en una etapa previa de análisis y discusión sobre los textos concretos.

Si bien la mayoría de los especialistas actuales tienden a apuntarse al campo de los que han sostenido (ya desde el s. XIX) que el gnosticismo es una derivación del judaísmo, cobra de nuevo vigor la tesis de quienes, desde nuevos planteamientos, reanudan la tradición interpretativa vigente desde los Padres hasta Harnack. Es el caso de S. Pétrement, que entiende el gnosticismo como derivación extremada del antinomismo y anticosmismo de Pablo y del antijudaísmo y anticosmismo de Jn.

Características.

Los aspectos más comúnmente subrayados pueden, sin embargo, sintetizarse en tres o cuatro caracteres fundamentales: 1. Un conocimiento teosófico y antroposófico. El hombre se reconoce en su yo profundo como parte integrante de la divinidad; 2. El dualismo anticósmico, que tiene en común con otras corrientes de pensamiento, como el apocalipticismo. Sólo que la gnosis radicaliza la conciencia de escisión en sí mismo y en el cosmos, hasta el punto de proyectarla en la misma deidad. Este mundo no puede proceder directamente sino de una divinidad inferior; 3. Con todo, esta concepción dualista radical se elabora sobre un fondo monístico, pues en definitiva los gnósticos son decididos partidarios del Dios trascendente y único. Lo expresan, con la excepción de los marcionitas, mediante los recursos de la mitología, en un doble movimiento de degradación y de reintegración de la divinidad.

Elementos de mitología gnóstica.

Dada la multiplicidad de sistemas gnósticos, nos limitamos a reseñar algunos datos que corresponden a las características antes reseñadas, tomando como punto de referencia la mitología de los valentinianos.

Punto de partida del anticosmismo es un sentimiento trágico de la existencia. La realidad de este mundo es una ilusión:

Es más apropiado decir que el mundo es una ilusión (Carta a Rheginos sobre la resurrección: NHC I 4, 48,14-15).

El platonismo vulgar había afianzado la contraposición entre el mundo sensible y el ideal. Hay textos que transparentan el influjo del dualismo platónico:

¡Ay de vosotros, cautivos, que estáis atados en cavernas! ¡Reís! ¡Os regocijáis con carcajadas locas! No captáis vuestra perdición, ni reflexionáis sobre las circunstancias, ni habéis comprendido que habitáis en tinieblas y muerte (Libro de Tomas el Atleta: NHC II 7, 143,21-26).

El dualismo histórico y escatológico propio de la visión sobre el mundo de los apocalípticos, su visión pesimista de un mundo moral-mente corrupto y físicamente envejecido, quedan radicalizados por los gnósticos: Este mundo es un devorador de cadáveres (Evangelio de Felipe: NHC II 3,73,19).

Vuestra esperanza está puesta en el mundo y vuestro dios es esta vida. ¡Estáis corrompiendo vuestras almas! (TomAtl: NHC II 7, 143,10-15).

Sólo sobrepujando este ámbito de ilusión y engaño se puede llegar a atisbar y a conocer de lleno la auténtica realidad trascendente: Nadie conoce al Dios verdadero, salvo solamente el hombre que quiera renunciar a todas las cosas del mundo (Testimonio de la Verdad: NHC IX 3, 41,4-8).

El anticosmismo radical pasará a ser una de las divisorias entre los sectarios gnósticos y los cristianos eclesiásticos. La devaluación del mundo acarrea la de su Creador. Este mundo no puede ser la obra del Dios bueno y sabio. Tiene que ser el producto de un ser inferior: El mundo vino a ser por un error. Porque el que lo creó quiso crearlo imperecedero e inmortal; pero se quedó corto de alcanzar su deseo. Ya que el mundo nunca fue imperecedero. Ni lo era el que hizo el mundo (EvFel: NHC II 3, 75,2-9).

La Antigüedad tardía queda marcada por una búsqueda de la trascendencia y de la unidad divina que se expresa en corrientes como el platonismo medio, el judaísmo helenístico, el cristianismo eclesiástico y el gnosticismo. En este último, el rechazo del mundo y su creador alienta el impulso de búsqueda de un Dios trascendente desconocido, de quien se subraya la inefabilidad. Entre los gnósticos hubo grandes teólogos de una teología negativa. Acuñaron expresiones del tipo: Dios no es, por no ser nada de lo que es, o, a la inversa: Nada existe excepto El que Es. Es innominable e inefable (I Apocalipsis de Santiago: NHC V 3, 24,19-21).

No sólo es el llamado “sin comienzo” y “sin fin,” porque es ingénito e inmortal. Lo mismo que no tiene comienzo ni fin, es inasequible en su grandeza, inescrutable en su sabiduría, incomprensible en su poder, inasible en su dulzura. En sentido propio, sólo Él es el bien, el Padre ingénito y el completamente perfecto (Tratado Tripartito: NHC I 5, 52,34-53,8).

Pese a su predilección por el lenguaje apofático, los gnósticos construyen su teología con lenguaje tomado de la filosofía y de las tradiciones bíblicas y litúrgicas: Y cuando pregunté para saberlo, me dijo: La Mónada es una monarquía con nada por encima. Es el que existe como Dios y Padre de todo. El invisible, que está por encima de todo, que es imperecedero, que existe como pura luz que ningún ojo puede sostener. Es el Espíritu invisible y no es apropiado pensar en Él como un dios o algo semejante, puesto que es más que un dios. Ya que no hay nadie por encima ni nadie lo señorea (Apócrifo de Juan: NHC II 1, 2,25-3,1).

Es un Dios que se ha dado a conocer gratuitamente por revelación sobrenatural. En sí es inasequible. Por eso han fracasado en su búsqueda todos los esfuerzos humanos racionales y religiosos: Saludos. Quiero que sepáis que todos los hombres nacidos desde la fundación del mundo hasta ahora son polvo. Al investigar sobre Dios, quién es y a qué se asemeja, no lo han encontrado (Eugnostos: NHC III 3, 70,3-8).

Sin embargo, los gnósticos cristianos elaboran sus especulaciones sobre el trasfondo del misterio trinitario. El Dios trascendente es un Dios que se comunica en una serie de emanaciones (treinta según los valentinianos) que constituyen la plenitud (Pléroma) de la divinidad: El Padre, el incomprensible, el inconcebible, el perfecto, el que hizo el Todo, en tanto que el Todo está dentro de Él y el Todo necesita de Él; ya que retuvo dentro de sí las perfecciones que no dio al Todo (Evangelio de la Verdad: NHC I 3, 18,31-38).

De este Dios procede directamente el Todo divino y, en última instancia, no hay nada que no sea de alguna manera derivación de esa única realidad absoluta:

Enseñan [los valentinianos] que hay en las alturas invisibles e innominables un Eón perfecto preexistente, al que llaman Preprincipio, Prepadre y Abismo. Incomprensible e invisible, eterno e ingénito, se mantuvo en profundo reposo y tranquilidad durante una infinidad de siglos (Ireneo, Adversus Haereses I 1,1).

Valentín es quien de modo más coherente y comprensivo elaboró un mito, reelaborado por sus discípulos, para explicar cómo de la unidad divina se pudo llegar a la multiplicidad actual. Un elemento de la esfera divina, salió del pléroma y quedó en el vacío exterior. Como en un “big bang” mítico, ello dio origen a la eclosión de todo el actual conglomerado de elementos divinos, lo psíquico y lo material.

El último de los eones emanados a partir del Padre, Sophía, cometió un pecado por el que ella (o su engendro Sophia Achamot) tuvo que ser expulsada del pléroma. Envuelta en sus pasiones, tristeza, temor, angustia (prototipo del gnóstico antes de recibir el conocimiento revelado), añora el mundo de arriba con una nueva pasión, más próxima a lo espiritual, la “conversión.” Cuando entra en escena el Salvador enviado desde el pléroma, Sophía queda liberada de sus pasiones, que, al solidificarse, constituyen la sustancia material (hylica). También la conversión se consolida en una sustancia intermedia entre lo material y lo espiritual, la sustancia psíquica. Si en la materia se distinguen agua, tierra, fuego y aire, en lo psíquico hay una jerarquía de seres, encabezada por uno que, incitado secretamente por Sophía, decide organizar el caos en que se encuentra en un cosmos ordenado. Se trata del Demiurgo, el Dios creador, que no es otro que el Dios del A.T. Quien, ignorante del mundo de arriba, se cree supremo y se proclama único Dios: Por eso [según los ofítas] Jaldabaoth exultó y se pavoneó a la vista de todo lo que se encontraba bajo él y dijo: “Yo soy el Padre y Dios y no hay nadie sobre mí.” Pero la Madre, al oírle, le gritó: “No mientas, Jaldabaoth, que por encima de ti está el Padre de todo Hombre Primordial, así como el Hombre Hijo del Hombre” (Iren. AH I 30,6).

En su obra creadora ha modelado hombres de puro barro (materiales). En otros ha añadido en un soplo su mismo hálito de vida (psíquicos). Al hacerlo, sin darse cuenta, ha introducido en algunos gérmenes vitales de la misma Sophía. De aquí que haya espirituales, pneumáticos, chispas divinas insertas en su creación.

Si los hombres carnales, los hylicos, están abocados a la aniquilación final que corresponde a todo lo material, los pneumáticos están seguros de su retorno a la esfera divina de donde en última instancia proceden. El conocimiento gnóstico se lo garantiza y da ya ahora un sentido pleno a su vida presente.

A los psíquicos, como al mismo Demiurgo, no les queda posibilidad de acceso al pléroma, al que son ajenos por naturaleza, pero llegarán a obtener, por la fe y las obras, una salvación apropiada en la Ogdóada, el umbral del pléroma, por encima del séptimo cielo, donde, entre tanto, mantiene su trono el Demiurgo, el Dios del A.T.

Ésta es la suprema de las potestades cósmicas que trata en vano de frenar al gnóstico en su ascenso celeste.

Entonces subí al séptimo cielo. Vi a un hombre anciano vestido de luz y era su vestido blanco. Su trono que estaba en el séptimo cielo brillaba más que el sol, siete veces más. Habló el Anciano diciéndome: ¿A dónde vas Pablo, el bendito y puesto aparte desde el seno de su madre? Yo entonces miré al Espíritu, que movía su cabeza diciéndome: Conversa con él. Y respondí diciendo al Anciano: Estoy yendo al lugar del que salí. Y me respondió el Anciano: ¿De dónde eres? Respondí yo mismo diciendo: He descendido al mundo de los muertos a fin de hacer cautiva la cautividad: esa que fue hecha cautiva en la cautividad de Babilonia. Respondió el Anciano diciendo: ¿De qué modo podrás alejarte de mí? Mira y ve a los principados y las potestades. Habló el Espíritu diciéndome: Dale la señal que tienes y te abrirá. Y entonces le di la señal. Volvió su rostro abajo hacia su creación y los que son sus propias potestades. Y entonces se abrió el séptimo cielo y subí a la Ogdóada (Apocalipsis de Pablo: NHC V 2, 22,23-24,1).

La descripción del Anciano en el séptimo cielo se arraiga en la tradición apocalíptica. Es el Dios del A.T., devaluado al nivel de un Demiurgo ignorante de las realidades divinas superiores. Intenta retener a Pablo y ponerlo a su servicio. Le plantea cuestiones cuya respuesta no acaba de entender. Sólo el espiritual, el perfecto gnóstico, conoce las verdaderas respuestas a las cuestiones fundamentales. El darlas, es la manera de obtener paso libre de los poderes que tratan de frenar el ascenso.

Ramon Trevijano

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