La Biblia y el hombre moderno

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Parte I

Nuestra era científica es una etapa en que la raza humana ha llegado a la madurez intelectual. Implica la pérdida de aquellas ilusiones reconfortantes que, en la niñez, nos protegían contra las rudas realidades del mundo en el cual nacimos. Tanto para un pueblo como para el individuo, el proceso de crecer es siempre penoso. Como Eclesiastés, el devastador pensador existencialista de los tiempos del Antiguo Testamento, lo veía tan claramente: “En la mucha sabiduría hay molestia; y quien añade ciencia, añade dolor” (Cáp. 1. 18).

Las personalidades de la Biblia, y especialmente Dios, han sido comprendidas y consideradas siempre por el prisma de la mente humana limitada, y por su capacidad interpretativa de la época en que vivían.

En el pequeño mundo de la Alta Edad Media, plácido y caluro­samente envuelto en sus concéntricas esferas de cristal, el hombre no estaba lejos de aquel ámbito esplendoroso “más allá del Cielo”, donde recibiría, después de haber llegado la hora, una recompensa perenne por las penas y las preocupaciones que había sufrido durante su breve peregrinaje aquí abajo, en la Tierra. El nacimiento de la ciencia moderna, si bien alivió en gran medida la condición terrenal del ser humano, lo despojó de su sensación tan agradable, de sentirse a sus anchas en el centro del universo; en lugar de las esferas de cristal y de los cielos brillantes encima de ellas, le reveló la infinitud sobrecogedora del desierto cósmico.

Asustado y solo en un vacío enorme y silencioso, el hombre en un lento desarrollo ha sido librado a su suerte con las leyendas de la ciencia-ficción, o distraía su atención de su condición perdida, comprometiendo todas sus energías en la febril tarea de derribar graneros a fin de construir otros más grandes. El advenimiento de la cosmovisión científica trajo consigo la conciencia de la futileza final de toda la vida y de la labor del hombre, y ha convertido al “niño” confiado y esperanzado de la era de la fe, en el adulto neurótico e inadaptado de la época moderna, desilusionado, triste e inseguro.

Sin embargo, la destrucción de las ilusiones, aunque penosa, es necesaria y saludable. El desarrollo de las ciencias naturales destruyó la cosmología aristotélica, que los escolásticos medievales de la época anterior habían amalgamado con el contenido de la Biblia; pero de ninguna manera ha hecho caducar la verdad moral de la Biblia. Al contrario: azuzó las mentes religiosas dentro del nuevo movimiento científico, como el de Pascal, al adelantarse hacia una apreciación más clara de la naturaleza basada en la verdad bíblica. Era cada vez más evidente que lo que está revelado en la Biblia no es una cosmología, ni son verdades acerca de la natura­leza que las ciencias naturales pueden explorar.

Pero no se percibieron todas las derivaciones de este recono­cimiento hasta que llegó a su fin la Revolución Científica con la introducción del método científico en el siglo XIX. Todavía Newton no lo percibió, y dedicó muchas horas de estudio a la tarea de reconciliar sus observaciones astronómicas con la supuesta crono­logía universal de la Biblia.

Sin embargo, a la luz de nuestra perspectiva histórica, vemos más claramente aquello que para él no era posible ver, es decir, que la Biblia no nos da una cronología ni una cosmología divinamente revelada. Hemos de buscar en la ciencia la información acerca de la estructura o de la edad del universo material, porque tal verdad no nos está dada en la Biblia. Tenemos que buscar en la ciencia de la historiografía la información acerca de la cronología de la Biblia, porque vemos ahora que ésta no es sino una de las muchas fuentes de nuestro conocimiento acerca del pueblo hebreo y de las vicisi­tudes de su existencia entre las naciones del mundo antiguo. Pero sí es la fuente más importante para brindar una base moral y ética para toda la humanidad.

Los libros que aparecen de tiempo en tiempo, con el propósito de demostrar a base de descubrimientos arqueológicos que “la Biblia tenía razón”, han confirmado muchas narraciones bíblicas, pero no prestan un servicio muy bueno si sugieren que la Biblia fue escrita con la intención de proveernos una crónica histórica cientí­ficamente avalada. Es importante, en efecto, que la historia bíblica sea una historia real de hombres y mujeres reales y no una novela ficticia acerca de héroes y acontecimientos míticos. La Biblia no es ciencia y si no lo es, resulta inapropiado aplicarle parámetros científicos. La Biblia seguirá siendo un libro de historia real, y como tal, continuará siendo una fuente de supremo interés y valor para todos los historiadores del mundo antiguo. Pero no en su calidad de texto documental de historia antigua, como la valoran algunos; la comprobación a base de informaciones arqueológicas e históri­cas seguramente no va a influir jamás en la aceptación o no aceptación de su contenido moral.

Judíos y cristianos aprecian la Biblia como el testimonio de aquellos que estaban allí presentes cuando Dios reveló Su presen­cia y Su poder salvador en el curso real de la historia. He aquí el valor permanente de la Biblia. En virtud de este testimonio, la Biblia da esperanza y consuelo al hombre, también en la era de la ciencia, tal como lo ha hecho en todas las épocas anteriores. Es el Libro de los libros. La Biblia vive. Los clásicos reposan en la paz de las bibliotecas, polvorientos, cansados, son materia para eruditos. La Biblia es sencilla, está escrita con menos artificios retóricos, pero como tal, es viviente y vivificadora.

El surgimiento del método científico, tanto en las ciencias naturales como en la historiografía, nos ha aclarado la naturaleza de la Biblia como testimonio de la Revelación de Dios en la historia, más que nunca en épocas precientíficas.

¿Cómo sabemos que la Biblia es verídica, si su verdad no pertenece a aquellas que pueden corroborarse por investigaciones científicas? La Biblia no nos da ninguna respuesta a preguntas científicas; sus autores no tenían acceso a fuentes de información sobrenaturales acerca de los problemas científicos, tales como la edad de la Tierra o los orígenes de los semitas; en efecto, es evidente que poco les interesaban los problemas científicos y tam­poco estaban preparados para formularlos.

La Biblia no nos confiere un saber científico sino “existencial”, es decir, una auténtica conciencia de nuestra existencia en relación con Dios, con nuestros semejantes y con nuestro mundo. Nos revela nuestra condición como criaturas hechas a la imagen de Dios, pero rebeldes contra Su voluntad amorosa; somos libres de elegir la verdad, pero vivimos en falsedad; tenemos deseos de eternidad, pero estamos conscientes de que moriremos.

De la observación empírica, podemos aprender y comprender que moriremos, porque ésta es la suerte común de todos los seres humanos. De la cosmología científica moderna podemos aprender algo acerca de la aterradora nulidad y transitoriedad de nuestro ser en los vastos y vacíos espacios cósmicos del universo en expan­sión. Pero de la Revelación Bíblica aprendemos algo aún más aterrador: aprendemos no sólo que moriremos, sino que merece­mos la muerte, que la sentencia de muerte que pesa sobre nosotros es justa; aprendemos no sólo que estamos solos en un vasto universo impersonal, indiferente a nuestras aspiraciones y temores, sino que nuestra soledad y nulidad son los resultados de nuestro deliberado enajenamiento de nuestro propio y verdadero ser, a donde no dejamos entrar a Dios, quien se manifestaría en nuestra vida como nuestra conciencia, que dirige y controla nuestras acti­vidades.

Enfrentándonos de una manera desoladora con la realidad de nuestra existencia, la Biblia es aún más destructiva para las ilusiones y mitologías reconfortantes del hombre que la cosmovisión austera de la ciencia. Así, resulta que la revelación bíblica es tan pertinente, tan verídica en la era de la ciencia, como siempre lo ha sido en la larga historia del género humano, pues nos habla de nuestra situación existencial, y no de nuestro status científicamente determinable en el mundo. La Revelación Bíblica no puede entrar en conflicto con la ciencia moderna, ni ser corroborada ni refutada por ella.

Pero la Biblia no nos da tan sólo un análisis desolador de nuestra condición humana; también nos da una Buena Nueva, una seguridad de que Dios ha previsto para nosotros un medio de superar el enajenamiento de nuestro ser a través de la reconcilia­ción con nosotros mismos, con nuestra familia, con nuestros seme­jantes y con Él. ¿Pero cómo sabemos que ese Evangelio no es también una mitología, una ilusión reconfortante de seguridad en medio de nuestra desolación? ¿Cómo podemos estar seguros en ese ámbito existencial que se encuentra más allá de la posibilidad de verificarlo por métodos de la ciencia?

La respuesta se encuentra en la vivencia del encuentro salva­dor con Dios, en los eventos de la historia de Israel y de la Iglesia. Ese encuentro no es un mito, sino parte de la historia del mundo; la interpretación de los profetas de la historia vivida por ellos, es tanto parte de la historia como lo son los acontecimientos históricos, tales como la invasión de Judea por Nabucodonosor y la destrucción de Jerusalén por los romanos.

2 comentarios sobre “La Biblia y el hombre moderno

  1. Todo eso es verdad.Pero hay algo oscuro en todo esto y es: que la iglesia católica y la protestante nos vive engañando y metiendo nos miedos de una y otra manera para temerle a Dios la especie humana es el peor enemigo de Dios porque Dios no creo al hombre para tener poder dinero y odio. Es lo que vemos en este siglo.porque el hombre esconde la verdad de lo divino.gracias este medio hoy podemos enterarnos de todo lo que el hombre esconde y lo que falta por descubrir que aún todavía no lo sabemos pero tarde que temprano saldrá ala luz. Pero los que seguimos estás enseñanzas no seremos engañados sino que poco a poco seremos iluminados por la verdad.Dios nos instruira através de sus siervos. Porque
    anosotros no nos interesa el poder ni el dinero ni la fama.creser nosotros mismos como lo dijo el maestro Jesus.el hombre por donde lo miremos es mentiroso y lleno de orgullo.

  2. La Biblia y el Hombre Moderno, es un tema muy bien enfocado por Dirección de este programa, no es necesario agregar mas de lo necesario, desde mi punto de vista El Hombre Moderno tiene que enfrentar los desarrollos económicos y sociales de la Sociedad Actual y ajustarse a esos modelos para lograr existir el y su familia, sin embargo ante estos dilemas Su Fe se ha acrecentando y su mirada a las Escrituras son su confianza para seguir en este sistema del Mundo. Para el Hombre Moderno La Biblia representa su libertad y su paz y su confianza se ve mas segura .

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