La Biblia y el hombre moderno Parte II

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Cuando estudiamos la Biblia con todas las técnicas de crítica que el conocimiento moderno nos ofrece, sentimos cada vez más que su verdad está ratificada por toda trama humana, y que no es el libro de los hombres acerca de Dios, sino el Libro de Dios acerca de los hombres.

No hay posibilidad de comparar la Biblia y la Ciencia, porque ambas traen mensajes distintos respecto a diferentes facetas de la realidad. La Ciencia investiga y describe hechos y regularidades de hechos. La Biblia procura un significado, un destino, un “para qué” y da la respuesta: para hacer algo por el mejoramiento del mundo.

Vivimos en una época muy complicada y confusa, que nos da muchas preocupaciones. La primera es aquella que podemos lla­mar el aumento de la incredulidad en el mundo moderno. Si se propone descubrir este mundo moderno, bajo este nombre gené­rico, cuántas son las corrientes de pensamientos, valores y contra­valores, aspiraciones latentes o semillas de destrucción, convicciones antiguas que desaparecen, y cuántas las conviccio­nes nuevas que se imponen, a veces sin tener largo futuro.

Desde el punto de vista espiritual, este mundo moderno parece debatirse en lo que un autor contemporáneo ha llamado “el drama del humanismo”.

Por una parte, hay que hacer constar que en el mismo corazón de este mundo contemporáneo existe un fenómeno que impone su marca más característica: el secularismo. No hablamos de la secu­larización en el sentido de un esfuerzo en sí mismo justo y legítimo; incompatible con la fe y la religión, por querer descubrir en la creación, en cada cosa o en cada acontecimiento del universo, las leyes que los rigen, por una cierta autonomía, con la convicción interior de que el Creador ha puesto en ellos Sus leyes. Hablamos aquí del secularismo común: una concepción nueva del mundo según la cual éste se explica por sí mismo; por lo tanto, mencionar a Dios resultaría superfluo y hasta quizás un obstáculo. Dicho secularismo quiere resaltar el poder del hombre, quien acaba por sobrepasar a Dios a fin de ocupar su lugar en el Universo.

Nuevas formas del ateísmo, un ateísmo antropocéntrico, ya no abstracto y metafísico, sino pragmático y militante, parece despren­derse del concepto anterior. Esta unión entre el secularismo y el ateísmo nos propone todos los días, bajo las formas más distintas, una civilización de consumo, un hedonismo adorado, un deseo de poder y de dominio, y de prejuicios y discriminaciones de todo género; todo eso y mucho más constituyen otras tantas inclinacio­nes inhumanas para este nuevo “humanismo secular”.

Hay secularismo ateo entre los adultos y entre los jóvenes, en la élite y en la masa. No podemos ignorarlo y tenemos que buscar constantemente los medios y el lenguaje adecuados para intentar cambiarlo; en eso puede ayudarnos mucho la Biblia, si la usamos con serenidad y aceptamos la idea de que mucho depende de la relación personal del hombre moderno con la Biblia.

La influencia de la Biblia en la vida, en el pensamiento y en el carácter de los individuos ha sido muy profunda en todas las épocas y aún más fuerte es su efecto en la sociedad actual y en su historia. Se consideraba clásica, porque había inaugurado nuevas formas del pensamiento en las diferentes épocas del desarrollo de la humanidad. Y si ahora preguntamos ¿cuál es el secreto de la vitalidad de la Biblia, tan constante a través de épocas tan variadas: cómo ha ejercido un poder tan dinámico en tantas épocas y en tantos pueblos, incluso en regímenes y épocas de persecuciones? Tiene sentido también otra pregunta: ¿tiene la Biblia todavía algo importante que transmitir a los hombres y mujeres del siglo XX y XXI?

A las primeras dos preguntas contestamos con facilidad. La Biblia, al enseñar la existencia de un Dios invisible, amílico, universal y justiciero, proclamó la dignidad y la libertad del hombre común. Afirmó la unidad de la humanidad y el derecho de todos los hombres a un trato justo y compasivo, Vislumbró un mundo redimido de la tiranía y de la guerra, donde los hombres vivirían en armonía y hermandad bajo la Ley proclamada, siempre y cuando la aceptaran.

En respuesta a la última pregunta, consideramos que la Biblia tiene mucha validez también hoy día, e influye continuamente en nuestra cultura. Da inspiración a la literatura, a las artes, a la música, ayuda en el desarrollo de los conceptos democráticos y humanistas. Enseña el desafío a la tiranía y llama a luchar por la democracia, por la justicia y por la libertad para todos y en todo sentido.

Sobre este último tema tenemos que hablar más ampliamente, porque este concepto ha sido divulgado y es muy discutido en nuestro ambiente latinoamericano.

La divulgación de la Biblia no sería meritoria si no tomara en cuenta la interrelación recíproca que se estableció entre la Biblia y la vida, tanto personal como social, del hombre en el curso de los tiempos. Precisamente por esta razón, la divulgación de la Biblia lleva consigo un mensaje explícito, adaptado a las diversas situa­ciones y constantemente actualizado acerca de los derechos y deberes de toda persona humana; sobre la vida familiar, sin la cual apenas sería posible el progreso personal; sobre las formas de convivencia y la conducta en la sociedad; sobre la vida internacio­nal, sobre la justicia, sobre el desarrollo y sobre la paz; y además, contiene un mensaje especialmente vigente en nuestros días sobre la liberación.

Muchos pueblos están empeñados con toda su energía en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al margen de la vida: hambre, enfermedades crónicas, analfabetismo, ignorancia, empobrecimiento, injusticia en las rela­ciones internacionales y especialmente en el intercambio comercial, situaciones de neocolonialismo económico y cultural, a veces tan cruel como el político.

Entre la divulgación de la Biblia y la promoción humana – libe­ración y desarrollo— existen lazos muy fuertes. Son vínculos de orden antropológico, porque el hombre no es un ser abstracto, sino que está sujeto a los problemas sociales y económicos. Son lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la Creación del plan de la Redención, que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia que hay que combatir, y de justicia que hay que restaurar. Son vínculos de orden bíblico, como es el de la caridad constructiva. En efecto, ¿cómo proclamar el Noveno Man­damiento sin promover el auténtico crecimiento del hombre median­te la justicia y la paz? Es imposible separar los problemas extremadamente graves de nuestros días, que atañen a la libera­ción, al desarrollo, a la justicia social y a la paz en el mundo, del conocimiento y aprecio de las leyes bíblicas.

Quisiéramos subrayar que la liberación de la que hablamos mucho y nos esforzamos en ponerla en práctica, no puede redu­cirse a la simple y estrecha dimensión política, económica, social o cultural, sino debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimen­siones.

Debemos estar convencidos de que toda liberación temporal, toda liberación política o económica, lleva en sí el germen de su propia contradicción y niega el ideal que ella misma se propone, desde el momento en que sus motivaciones profundas no sean las de la hermandad y la justicia, y si la fuerza interior que la mueve no entraña una dimensión verdaderamente espiritual y humanista, siendo su objetivo final otra que no sea la felicidad de todos los seres humanos.

Consideramos ciertamente importante y urgente la construc­ción de estructuras más humanas, más justas, más respetuosas de los derechos de la persona en la sociedad. Tienen que ser convin­centes y sin opresión, basadas en la igualdad; pero consideramos también que aun las mejores estructuras, los sistemas más ideali­zados, pueden convertirse pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no se corrigen, si no hay educación que lleve a una conversión del corazón y de la mente por parte de quienes rigen estas estructuras o viven en ellas.

Nosotros, que respetamos la Biblia y creemos en su poder transformador, no podemos aceptar la violencia, sobre todo la fuerza de las armas que se torna incontrolable cuando se desata. Tampoco se puede aceptar la muerte de quienquiera como camino hacia la liberación, porque sabemos que la violencia engendra inexorablemente nuevas formas de opresión y de injusticia, a veces más graves que aquellas de que pretenden liberar. La violencia es contraria a todos los mensajes de la Biblia y puede retardar, en vez de favorecer, el desarrollo social. Los cambios bruscos o violentos de las estructuras sociales son engañosos, ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo. Por inter­medio del conocimiento del verdadero mensaje de la Biblia, debe­mos luchar para que haya cada vez más personas que se dediquen a su propia liberación y a la liberación de los demás. La Biblia les da una inspiración de esperanza, una motivación de amor fraternal, una doctrina social a la que no sólo debemos prestar atención sino, agregando nuestra prudencia y nuestra experiencia, traducirla con­cretamente en categorías de acción, de participación y de compro­miso.

Este libro pone de relieve la variedad de los conceptos de la literatura bíblica. Sabemos bien que los escritos bíblicos no ofrecen un relato continuo y bien organizado, ni una filosofía sistemática. Los acontecimientos a los cuales se refieren los escritores bíblicos ocurrieron hace mucho tiempo y las circunstancias pueden ser muy diferentes de las de nuestra época. Sin embargo, toda su intensa preocupación por la suerte del hombre otorga a estos antiguos documentos una vitalidad y validez continuas y nos hace sentir que su mensaje está dirigido también a nuestra generación.

Así llegamos a la pregunta: ¿cuál es la importancia de la Biblia para el hombre moderno? Ya hemos mencionado y podemos encontrar todavía más respuestas significativas, que tampoco consti­tuyen totalmente la respuesta. Algunas de las respuestas pueden ser las siguientes: la Biblia es sumamente interesante; es una colección de obras maestras literarias; es indispensable para la comprensión de la cultura occidental; proporciona al hombre los medios para comprenderse mejor a la luz de su propio medio ambiente. Pero, por sobre todo, la Biblia es “el Libro del día”, el libro que habla a cada generación y a todas las generaciones. Es un libro que exige respuesta de su lector, es un libro que reclama compro­miso vital.

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