¿Qué puede decirnos la Biblia?

¿Qué puede decirnos la Biblia? Muchas cosas, de acuerdo con nuestras necesidades, nuestra situación, nuestra voluntad de acep­tar y de absorber su mensaje.

Tiene poco para ofrecer a aquellos quienes no miran la vida con seriedad y sólo se preocupan por conservar una superficie bien pulida, a fin de ocultar la vaciedad o debilidad de su interior. Pero aquellos que consideran la vida como una invitación y una gran oportunidad para el progreso espiritual y moral, encuentran la Biblia como una lámpara a sus pies y una luz en su sendero. Como la Biblia no es un libro de dogmas estáticos o de contemplaciones eternas, señala un camino que conduce hacia adelante y hacia arriba. Es el impulso para asumir y cumplir una tarea. Para los escritores de la Biblia, la Edad de Oro no se situaba en el pasado, en el Jardín del Edén perdido, sino en un futuro aún por realizarse. El drama de la historia que había comenzado con la creación del hombre, alcanza su culminación sólo en la era mesiánica por venir. Cómo habrá de lograrse esta realización, es un misterio, igual que la vida misma.

 Los escritores bíblicos no se sienten tan orgullosos de su bondad como para buscar y esperar la gracia divina. Aprecian la promesa de que “Dios nos quitará el corazón de piedra y nos dará un corazón de carne”, con el cual podremos promover nuestra perfección, lo que nos hará más merecedores de Su perdón y de Su amor compasivo.

 Es evidente para ellos, que el hombre no puede aceptar com­placientemente sus propias faltas y esperar, a brazos cruzados, el perdón de Dios. La lucha moral del hombre, su propio esfuerzo por alcanzar la justicia personal y edificar una sociedad justiciera es, en cierto modo, inherente e indispensable para la consumación final, para la venida de la época mesiánica aquí en la Tierra.

 La Biblia es el “Libro de la Vida” para el hombre en este mundo y en su centro de atención, está la preocupación por la justicia en todo sentido. La prosperidad y la estabilidad nacionales dependen del mantenimiento y de la observación de los valores morales y espirituales. Este es el firme mensaje de los profetas, efectivamente documentado por los historiadores desde Tucídides hasta Toynbee.

 La Biblia sostiene con frecuencia la tesis de que muchos de los seres humanos viven con el lema “sé bueno a fin de ser feliz”. Pero las expresiones más elevadas de las Escrituras Sagradas ofrecen una moral todavía más alta: “Santos seréis que santo soy Yo, el Eterno vuestro Dios”. La vida es todo lo que tenemos. Y todo en ella es o puede ser santificado. Y esta santidad, que es buscar la rectitud y practicarla con amor, no requiere y no acepta el retiro del contacto con un mundo pecador. La evasión del pecado por medio de la separación de las realidades del trabajo cotidiano y del contacto social no entraba siquiera en consideración para los escritores de la Biblia. La vida, en el enfoque bíblico, no requiere ascetismo.

 Según los autores de la Biblia, el pecado es un hecho ineludible y no se forjan ilusiones sobre la bondad humana; tampoco juzgan las malas acciones del hombre como simples pecadillos o desvia­ciones sicológicas. El pecado es la transgresión. No es un mal contra Dios, sino contra los hombres. Es un error, desviación, distorsión, traición. No hay pecado como una mácula imborrable. Siempre existe la oportunidad y la capacidad del hombre para retornar al camino correcto, que es el camino de la moral, y esta insistencia en el retorno es la raíz del optimismo bíblico.

 La relativa simplicidad de la civilización bíblica nos permite comprender más fácilmente sus valores fundamentales. En nuestro mundo complejo e interdependiente, la determinación del bien y del mal en una situación concreta, puede entrañar la consideración de muchos factores en pugna y la correcta interpretación de datos altamente técnicos. En consecuencia, es tanto más necesario que mantengamos la conciencia de las distinciones básicas entre el bien y el mal, entre lo humano y lo inhumano, que nos proporciona la Biblia.

 En la Biblia, el carácter personal y la justicia social se compe­netran y se combinan para formar una sola exigencia ética. Nuestro mundo moderno ha perdido mucho por la distinción demasiado aguda entre estos elementos. El enfoque que trató de despertar la conciencia del individuo y elevar su carácter personal, fue ineficaz en lo relativo a las injusticias económicas y políticas sociales, que ninguna especie de nobleza personal podría rectificar. Un cierto número de individuos buenos no constituye necesariamente una buena sociedad. La Biblia, sin un análisis detallado, exige tanto la justicia personal como la del grupo. Debe existir una sociedad que ponga en práctica el régimen de vida recomendado por ella.

 Reconoce la diferencia inherente entre el hombre y las otras criaturas. No lo disminuye cínicamente, ni lo idealiza sentimental­mente. Sus escritores despliegan una penetración casi total de las motivaciones y comportamiento humanos, y dan una instrucción respecto a la manera de hablar y actuar en sociedad.

 El futuro nunca está cancelado, ni en los más oscuros momen­tos, y por doquier resplandece con esplendor mesiánico la seguri­dad en algo mejor por venir, que tiene una dimensión histórica, la del mesianismo celestial, aunque la principal preocupación de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento, se dirige hacia este mundo.

 La Biblia anuncia la Redención, que significa la liberación de todo aquello que oprima al hombre. Pero se refiere sobre todo a la liberación del pecado y de lo maligno, que está en el hombre.

 La salvación debe ser conquistada por la fuerza del hombre, con fatiga y sufrimiento, con un espíritu de esfuerzo por la humani­dad. Pero, ante todo, cada uno la consigue mediante un total cambio interior, con una transformación profunda de la mente y del corazón.

 Es necesario que el hombre moderno deje de ser egoísta y se sienta como parte de la sociedad. En eso lo ayuda la Biblia. Es un alimento espiritual, que le enseña a no sumergirse en el poder, la altivez, la tiranía o la autoridad; no vivir con fe ciega, sino con inteligencia; buscar y realizar la unidad del pensamiento y de los hechos; buscar y encontrar la unidad entre el hombre y el mundo que lo rodea con Dios; vencer el temor al futuro y tener coraje para enfrentar los problemas y, ante todo, le enseña a apreciar al indivi­duo en todo sentido.

 Utilizar la Biblia significa llevarla a todos los ambientes y mo­mentos de la vida humana y, con su influencia, transformar desde dentro al individuo y a la humanidad. La verdad es que no habrá humanidad nueva si no hay, en primer lugar, hombres nuevos, con conciencia personal y colectiva, comprometidos al servicio del otro durante su vida, en sus actividades y en el ambiente en que vive y actúa.

 No es suficiente leer y conocer la Biblia, hay que alcanzar y transformar con su ayuda los criterios de juicio, los valores determi­nantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida del individuo y de la sociedad.

 Conocer y hacer conocer la Biblia, no de una manera decora­tiva, sino de manera vital, en profundidad y hasta las mismas raíces de la cultura en un sentido rico y amplio, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con la sociedad que las rodea.

 La Biblia no se identifica con ninguna cultura y es inde­pendiente, aunque se haya nutrido de muchas culturas. Aunque el hombre para quien habla está vinculado con una cultura, puede mantener su independencia, pues no es incompatible con la cultura de ninguna época, excepto si ésta fuera inhumana; y es capaz de impregnarla sin someterse a ninguna.

La ruptura entre la Biblia y las culturas es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo, como fue también ya en otras épocas. De ahí, con todos los esfuerzos hay que imponerla en la cultura de nuestra época.

Cuando le preguntaron a Benjamín Franklin: “¿Dónde está la felicidad prometida?”, él contestó así: “Ustedes tienen que encon­trarla; nosotros prometimos la posibilidad de buscarla”.

La Biblia no salva al hombre de los sufrimientos, pero enseña a enfrentarlos y a encontrar la felicidad entre los pequeños aconte­cimientos de la vida. Y eso es mucho.

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3 comentarios sobre “¿Qué puede decirnos la Biblia?

  1. excelente

    El mar., 2 jul. 2019 a las 1:09, Teología e Historia () escribió:

    Carlos Salazar posted: “¿Qué puede decirnos la Biblia? Muchas cosas, de > acuerdo con nuestras necesidades, nuestra situación, nuestra voluntad de > acep­tar y de absorber su mensaje. Tiene poco para ofrecer a aquellos > quienes no miran la vida con seriedad y sólo se preocupan por c” >

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