Regeneración o Nuevo Nacimiento

Este término, la «regeneración», es la aplica­ción de la figura del nacimiento humano a la es­fera espiritual.

Hubo un momento en que empezamos a vivir en este mundo, y, de igual forma, hubo necesaria­mente un momento en que el creyente, antes «muerto en delitos y pecados», empezó a vivir espiritualmente.

La palabra más frecuente en el Nuevo Testa­mento es «engendrar», refiriéndose a Dios como Fuente de la vida nueva, y «engendrado», en re­lación con el ser que ha recibido la vida. Es muy frecuente en los escritos del apóstol Juan, y se traduce a menudo en la versión Reina-Valera por «nacer» y «nacido» (Jua_1:12-13);  (1Jn_2:29);  (1Jn_3:9);  (1Jn_4:7);  (1Jn_5:1) (1Jn_5:4) (1Jn_4:18).

  1. La necesidad del nuevo nacimiento

Las Escrituras no enseñan que el hombre caído guardará un pequeño residuo de vida espiritual, que pudiera desarrollarse en una vida completa por sus propios esfuerzos o por los de otros seres humanos. Antes, al contrario, declaran que el hombre caído se halla en un estado de muerte es­piritual (Efe_2:1-3)). La personalidad humana per­siste, desde luego, como también la posibilidad de una nueva vida; pero ésta ha de recibirse de Dios por los medios que Él mismo determina (Tit_3:4-5)). De ahí la conocida declaración del Señor a Nicodemo: «Os es necesario nacer otra vez.» La carne solamente puede engendrar «carne», y sólo el Espíritu puede producir lo espiritual (Jua_3:6)).

III.   La fuente de la vida nueva

El apóstol Pedro declara: «Dios… nos hizo re­nacer para una esperanza viva, por la resurrec­ción de Jesucristo de los muertos» (1Pe_1:3)). La resurrección del Señor presupone Su muerte ex­piatoria. Por Su muerte, que fue la muerte de todos, el Salvador quitó el gran obstáculo que impedía la manifestación de la vida. Por Su resu­rrección, Cristo «quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio» (2Ti_1:10)). Los infinitos tesoros de la vida de resurrec­ción están ya a la disposición de todo creyente.

  1. El medio de la regeneración

Ya hemos visto que sólo Dios puede dar la vida, de la cual es fuente y origen, y que ha hecho po­sible su transmisión en la obra salvadora de Cris­to (Juan_1:12-13); (Stg_1:18)). Ahora bien, existen condiciones de parte del pecador que se señalan claramente en las Escrituras.

  1. La semilla es la Palabra de Dios: «Siendo re­nacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y per­manece para siempre» (1Pe_1:23); (Stg_1:18)). Es el mensaje divino que llega a los oídos y al corazón del pecador por el testimonio del Evangelio el que puede transmitir la vida.
  2. Solamente el Espíritu vivificador puede ha­cer germinar la semilla de la Palabra (Jua_3:5), y (Jua_3:8)).
  3. De parte del hombre las condiciones son el arrepentimiento y la fe. El significado de la pala­bra «agua» en (Jua_3:5) es muy discutido. Descar­tamos en seguida la idea de la «regeneración bautismal» por el agua del bautismo, por ser con­traria a lo más esencial de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Podría ser símbolo de la «Pa­labra», como en (Efe_5:26), o una referencia al bautismo del arrepentimiento de Juan el Bautis­ta, cuyo significado conocería perfectamente el «maestro de Israel».

El «arrepentimiento» (metanoia) es «un cambio de mente, o de actitud» de parte del hombre; vuelve las espaldas al pecado y dirige su rostro a Dios. Entonces, positivamente, se entrega con fe al Salvador presentado en el mensaje del Evangelio, y el Espíritu de Dios vivifica la «Palabra» y se crea en la personalidad del hombre una nueva vida, que es «engendrada de Dios». El modo del nuevo nacimiento se explica en lo restante del ca­pítulo 3 de Juan (Jua_3:1-18) (Jua_3:19-36).

  1. Las consecuencias del nuevo nacimiento
  1. Una nueva relación con Dios. (Véase otra vez (Jua_1:12).) Se ha conferido al creyente una nueva dignidad: la de ser hijo de Dios y pertene­cer a la familia del Altísimo. Solamente los «engendrados» tienen derecho a mirar a Dios y llamare «Padre nuestro». Juan emplea el hermoso térmi­no de tekna (los «nacidos»), pues subraya el hecho de nuestra relación con el Padre por el nacimiento. Pablo se deleita en otra palabra: huioi (hijos cons­cientes y adultos), y generalmente la relaciona con nuestra adopción, que tiene que ver con nuestros privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.
  2. Una nueva vida. La naturaleza, recibida de Dios, existe en nuestra personalidad al lado de la vieja naturaleza (la «carne» o «el viejo hombre») heredada de Adán por el nacimiento natural, pero la nueva naturaleza debe prevalecer, y el após­tol Juan saca unas consecuencias profundas del hecho de ser engendrados de Dios:

1) El engen­drado de Dios no peca y vence al mundo (1 Juan 3:9); (1 Juan_5:4) (1 Juan_4:18));

2) implica la manifestación prác­tica de la justicia y del amor fraternal (1Jn_2:29); (1Jn_4:7)). Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección (Romanos_6:1-23)). Juan la deduce del hecho fundamental de nuestra partici­pación en la naturaleza de Dios. (Compárese tam­bién con el punto de vista de Pedro, (2 Pedro_1:3)

Fuente: Bosquejos de Doctrina Fundamental, Ernesto Trenchard

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