Juan El Bautista

Entonces Jesús, llegado desde Galilea al Jordán, se presenta a Juan para ser bautizado por él.  Mateo 3:13

Con este acontecimiento se aparta Jesús por primera vez de Nazaret. Saliendo de los años de la niñez y de la juventud, de los cuales apenas poseemos dato alguno, hace su entrada en el campo de sus actividades públicas. “Jesús, al empezar, tenía unos treinta años” (Lc.3:23).

San Juan predicaba y bautizaba en las tierras bajas del Jordán al sur de Jericó, allí donde se halla situado el conocido vado para atravesar el río, es decir, dentro de los dominios de Herodes Antipas, el tetrarca que había sido designado por Roma.

De la vida de San Juan, aparte del bautismo de Jesús, lo más conocido por el mundo es su trágico fin. Fue decapitado.

¿Ha vivido en realidad ese piadoso Bautista que aparece en el momento decisivo del cambio de vida de Jesús? Existe el testimonio de su contemporáneo Flavio Josefo, quien escribe que Juan era un noble “que exhortaba a los judíos a la perfección y les recomendaba que practicaran entre sí la justicia y la devoción a Dios haciéndose bautizar. Como la gente venía a él de todas partes, Herodes empezó a temer que la influencia de semejante hombre pudiera provocar una insurrección. Ante semejante sospecha de Herodes, Juan fue cargado de cadenas, mandado a la fortaleza de Maqueronte y allí decapitado.”

“Herodes había hecho prender a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel por causa de Herodías” (Mt.14:3; Mc.6:17; Lc.3:19). Esta es la razón que dan los Evangelios sobre el encarcelamiento de Juan. Pero Josefo conoce más detalles.

“En un viaje a Roma había conocido Herodes a la mujer de su hermano, Herodías, y tanto le gustó que le ofreció su mano. Herodías le aceptó, aportando al matrimonio una hija suya llamada Salomé.”

Como el matrimonio entre cuñados estaba prohibido según la Ley de Moisés, Juan Bautista, según los Evangelios, le había hecho severas amonestaciones, cosa que, según opinión de la enfurecida Herodías, sólo podía ser expiada con la pena de muerte.

Debido a Flavio Josefo se conoce concretamente el sitio donde tuvo lugar la tragedia: el castillo de Maqueronte, una de las numerosas fortalezas que Herodes el Grande había hecho construir en Palestina.

Maqueronte, el lugar en que Juan tenía que morir, está situado en medio de un escenario salvaje y sombrío en la orilla oriental del Mar Muerto. Ningún camino une aquel apartado lugar con el resto del mundo. Desde el valle del Jordán hay que seguir estrechas sendas en dirección Sur atravesando la desolada región montañosa del antiguo Moab. En los profundos y resecos valles se establecen a veces algunas familias de beduinos con sus ganados, que pacen la escasa hierba que allí crece.

No lejos del río Arnón se eleva la mole de un picacho sobre las demás montañas. Su cumbre, azotada por el frío viento, conserva aún hoy día unas ruinas. El Mashnaka, el “Palacio colgado,” es el nombre que dan a aquel solitario lugar los beduinos. Allá se levantaba el castillo Maqueronte. Mirando hacia el Norte se divisa desde él, a simple vista, aquella parte del valle del Jordán donde Juan bautizaba al pueblo y donde fue prendido.

Hasta ahora ningún investigador ha hundido la pala en las ruinas de El Mashnaka, y pocos son, en realidad, quienes han visitado aquel lugar tan solitario. Debajo de la cumbre, el muro de la fortaleza está profundamente socavado. Desde este lugar puede irse, por corredores estrechos, a una sala abovedada que a veces sirve de refugio a los nómadas y a sus rebaños al ser sorprendidos en las montañas de Moab por repentinas tormentas. En las paredes, cuidadosamente talladas en la propia roca, se reconoce fácilmente la que en otro tiempo fue mazmorra del castillo. Esta sombría estancia es la que albergó a San Juan al ser encarcelado y aquí, seguramente, fue donde se le decapitó.

El que oye hablar de la degollación de San Juan Bautista piensa en seguida en Salomé, creyendo firmemente en la existencia de aquella hija de Herodías que, por indicación de su madre y después de su danza exigió la entrega de la cabeza de San Juan. Esta Salomé fue incorporada a la literatura universal. Osear Wilde escribió un drama, Salomé, y Ricardo Strauss tomó la historia de la princesa judía como argumento para la célebre ópera del mismo nombre, y hasta Hollywood utilizó el relato para vestir una de sus monumentales películas.

En el Nuevo Testamento no se menciona, en cambio, el nombre de esta princesa. La Biblia no la designa con nombre alguno. En el relato referente a Juan Bautista la llama simplemente “hija de Herodías” (Mar_6:22).

El verdadero nombre de la “hija de Herodías” lo sabemos por Flavio Josefo. Su aspecto ha sido legado a la posteridad gracias a una pequeña moneda en la cual aparece con su esposo Aristóbulo. La moneda lleva la siguiente inscripción: “El rey Aristóbulo y la reina Salomé.” Salomé debía de ser aún una doncella muy joven cuando San Juan Bautista fue degollado; aproximadamente tendría unos diecinueve años.

“Habiendo oído que Juan había sido entregado, se retiro a Galilea. Y dejando a Nazaret se fue a habitar a Cafarnaúm, la marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí” (Mt. 4:12-13).

En el corto período de actividad de Jesús que, según los evangelistas San Mateo, San Lucas y San Marcos, no duró más que un año y medio, hay una localidad que siempre ocupa un punto central. San Mateo la designa una vez como “su ciudad” (Mat_9:1): Cafarnaúm, junto al lago de Genesaret.

En el extremo Norte, no lejos del sitio donde las aguas del Jordán caen rápidas en el lago, hay una pequeña ensenada. Sobre el verde oscuro de un bosque de eucaliptos se destaca la blancura de unos sillares de piedra ante los cuales se elevan cuatro columnas. Matas de hierba crecen entre el pavimento que cubre el suelo: fragmentos de columnas y bloques de basalto con adornos en bajo relieve yacen esparcidos por doquier en el suelo. De una antigua puerta de entrada quedan tan sólo los amplios peldaños de una escalinata, últimos vestigios de una, en un tiempo, magnífica sinagoga.

Esto es todo lo que queda del antiguo Cafarnaúm.

Ocultos entre las rocas descubrieron en 1916 los arqueólogos alemanes H. Kohl y C. Watzinger los restos de este edificio, que estaban cubiertos de hierba y de maleza. Los franciscanos reconstruyeron con las ruinas una parte de la antigua fachada. Los muros del primitivo edificio eran de piedra caliza blanca. Por tres de sus lados estaban circundados por altas columnas. Desde su interior, que mide 15×25 metros y tiene adornos de palmeras, pámpanos, leones y centauros, la mirada, a través de un amplio ventanal, podía ver la extensa superficie del lago hacia el Sur, donde, detrás de la lejana línea azulada de las montañas, se asienta la ciudad de Jerusalén.

Los dos arqueólogos estaban convencidos de haber dado con el templo de la época de Jesús. Pero en toda Palestina no hay ya sinagoga alguna de aquel tiempo. Cuando los romanos, en dos sangrientas guerras, arrasaron la ciudad de Jerusalén, los habitantes del antiguo país se dispersaron por todo el mundo y las casas de Dios cayeron, también, víctimas de la destrucción.

Aquel edificio se construyó el año 200 después de J.C., sobre las ruinas y las paredes maestras de aquella sinagoga en que Jesús, en días de sábado, se hallaba presente y predicaba. “Llegaron a Cafarnaúm, y luego, el día de sábado, entrando en la sinagoga, enseñaba” (Mc.1:21).

La mayor parte de los habitantes de la pequeña ciudad de Cafarnaúm vivían de las riquezas naturales del lago; cabañas y casas en gran número se reclinaban en la suave pendiente o rodeaban a la sinagoga. El día en que Jesús de Nazaret llegó a Cafarnaúm dio el primer paso para la revelación de su doctrina:

“Y pasando por la ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando la red en el mar, pues eran pescadores, Y dijoles Jesús: “Venid en pos de mi y os haré pescadores de hombres”” (Mc.1:16-17). A otro par de hermanos, Santiago y Juan, los encontró remendando sus redes. Los primeros hombres que escucharon su palabra, que adoptaron su doctrina y se convirtieron en discípulos suyos, eran hombres sencillos, pescadores de Galilea.

A menudo se separa Jesús del mar y sube a las montañas de Galilea: predica en muchas ciudades y aldeas, pero siempre regresa al pequeño pueblo de pescadores; éste es el principal escenario de su actuación. Y al llegar el día en que abandona a Cafarnaúm, y, acompañado de doce discípulos, se dirige a Jerusalén, éste es su último camino.

Fuente: W. Keller

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