Laodicea y su mensaje

Por: Juan Stam

Consejos Pastorales desde Laodicea

A Dios le gusta la gente que se define

La carta a Laodicea nos plantea dos preguntas que hacen pensar: 1) ¿Por qué es peor ser tibio que ser frío?  Más adelante, Dios les exhorta a ser fervientes (3.19) pero nunca desea que seamos fríos ni tibios.  ¿No debía ser mejor «tibio» que «frío»?  2) ¿De qué manera, o en qué forma, eran tibios los laodicenses?  ¿En qué consistía su tibieza?  El versículo17, que parece cambiar el tema o estar hablando de otra congregación, les describe como ricos (o creyéndose ricos) y muy contentos y complacidos.  ¿Es malo eso?  ¿Qué tiene que ver con la tibieza de ellos?

Ya hemos señalado que el contraste «caliente/frío/tibio» no tiene que ver con «temperaturas espirituales comparadas» ni grados de entusiasmo religioso.  Basándose en una comparación con el agua desagradable de Laodicea, Cristo quiere decir que la postura «tibia» de ellos a él le da asco.  Cristo preferiría caliente o frío a tibio (3.15b), porque aquellos a lo menos se definen, mientras los tibios «no son ni chicha ni limonada» (en lenguaje latinoamericano).  Los laodicenses, precisamente por su acomodo tranquilo a la sociedad imperial, podían prosperar y vivir cómodos.  Esa actitud indefinida Cristo la encontraba repugnante.[1]

Hoy día también muchos cristianos pretenden refugiarse en la neutralidad.  Su actitud es la del político que dijo, «Yo no estoy a favor ni en contra, sino todo lo contrario».  Cuando Dietrich Bonhoeffer comenzaba a preocuparse por el rumbo del gobierno de Adolfo Hitler, muchos amigos le aconsejaban que «es mejor no saber».  Pero Bonhoeffer sentía que como cristiano tenía que saber, para poder optar responsablemente, lo cual al fin le costó la vida.

Quien se encuentra con Cristo se halla frente a una opción radical que no permite neutralidad.  Igual que Josué o Elías, Cristo nos exige en términos ineludibles, «¡escoge hoy!».  Los blandos e inocuos no entran al reino de Dios, sino «los violentos lo arrebatan con fuerza» (Mt 11.12).  Cristo, igual que Elías, nos pregunta, «¿Hasta cuándo van a continuar ustedes con este doble juego?  Si el Señor es el verdadero Dios, síganlo a él, y si Baal lo es, a él deberán seguirlo» (1R 18.20 DHH).

Aristóteles enseñó al pensamiento occidental a buscar el «medio dorado», lo que suele fomentar una alergia contra «los extremos».  «Centrado» se entiende como un adjetivo favorable, «extremista» desfavorable.  Pero no toda la verdad está en el centro, y mucho menos las opciones históricas.  No puede haber «término medio» entre la fidelidad y la infidelidad, la obediencia y la desobediencia.

Qué cómodo que está todo en el centro — pero ahí también está el diablo.  Tener una postura del «medio dorado» ante el nazismo, el racismo, o guerras de agresión no es ser «centrado» sino ser cobarde.  Y el Apocalipsis nos advierte que los cobardes no entrarán al reino de Dios (21.8).

¡Los verdaderos cristianos no pueden quedarse neutrales!

¡Lo peor es sentirse satisfecho consigo mismo, siendo tibiamente indeciso e irresponsable!

Ser cristiano es (entre otras cosas)

una vocación política

Es muy significativo que la carta a Tiatira (2.26-28) y la de Laodicea (3.21) terminan en forma muy parecida.  A los vencedores de Tiatira Cristo les promete autoridad sobre las naciones; a los de Laodicea, subir al trono con él.  Es más significativo porque este septenario, como es típico de Juan, se subdivide en cuatro y tres (cf los sellos, cap 6).  Así la promesa al vencedor de Tiatira concluye el primer bloque, y la de Laodicea concluye el septenario completo.  Y ambos concluyen con una promesa de carácter claramente político.

Este lenguaje no debe espiritualizarse ni despolitizarse.  Muy al contrario del divorcio que se suele hacer entre lo espiritual y lo político, el Apocalipsis los relaciona en todo momento.[2]  Nadie puede ser más cristiano o cristiana de lo que es en la vida política de su comunidad civil.  De todo el libro del Apocalipsis queda evidente que Juan de Patmos entiende nuestra condición de «reyes y sacerdotes» como vocación a una radical responsabilidad cívica, socioeconómica y política en este mundo y como promesa de reinar con Cristo en el futuro.[3]

Un tema central del mensaje de salvación, a través de las escrituras, es el reino de Dios.  A Abraham y Sara Dios les prometió una nación, una tierra, y reyes (Gn 17.6,16; cf 35.11; Sal 47.8-10).  A David le prometió un reino universal y eterno (2Sm 7.13-16).  Jesús vino proclamando el reino de Dios (Mt 4.17,23).  A los vencedores Jesús promete autoridad para gobernar a las naciones (2.26s) y un lugar junto con él en su trono (3.21).  En seguida, los capítulos 4-5 van a revelar con detalles cómo es ese trono e implícitamente enseñar toda una teología de la política.  Desde Génesis hasta el Apocalipsis la salvación es, en una de sus importantes dimensiones, un proyecto histórico, el plan divino para lograr un nuevo sistema de relaciones entre las personas y las naciones, un nuevo orden de justicia y paz.

Ambos ciclos de mensajes a las iglesias terminan con el mismo tema: la vocación política de los cristianos.  Esta vocación y esta esperanza deben motivarnos a la responsabilidad histórica dentro de nuestro contexto.  Si al final reinaremos con Cristo, ahora mismo debemos vivir y actuar conforme a ese destino prometido, y a la vez ir ganando experiencia en el terreno.  Por otra parte, esa esperanza escatológica y trascendental debe relativizar sanamente toda opción penúltima dentro de la historia, para nunca caer en idolatrías o absolutismos de un sistema u otro.[4]

En efecto, una escatología política no permite ni la neutralidad ni el conformismo pasivo con cualquier sistema.  La escatología desacraliza los ideales y los sistemas, contra toda idolatría ideológica.  En palabras de González Ruiz (1987:191), la espera de una nueva ciudad nos vacuna contra toda tentación de triunfalismo intrahistórico, sea civil o eclesiástica.  Eso da a la ética política evangélica su carácter profético e iconoclasta.

La escatología hace de la comunidad creyente una contracultura en medio de su mundo.  Toda «contextualización» que no fuera más que un acomodo a la cultura es anti-evangélica.[5]  Toda presencia cristiana que no es profética es anti-profética; su mismo silencio da un aval al sistema.

Hace algunos años, en los preparativos para un magno desfile protestante en un país centroamericano, se instruyó a todos los participantes que «los mensajes [de las mantas y pancartas] no deben ser condenatorios sino bíblicos».  Con eso los organizadores desautorizaron la presencia de Amós, Miqueas, Juan el Bautista — ¡y Jesús de Nazareth!  Se recomendó como ejemplo la consigna: «Oramos por nuestros gobernantes».  Eso es bueno, pero no basta orar.  Si Juan el Bautista hubiera seguido esta estrategia, hubiera enviado un mensaje muy distinto: «Estimado señor Herodes, estoy orando por usted. Atte, Juan el Bautista».  Sospechamos que más de un desayuno presidencial, o entrevista con sanguinarios dictadores para presentarles respetuosamente un ejemplar de las sagradas escrituras, ha sido en efecto una traición a nuestro deber profético ante los poderes civiles.

Cristo Rey practica el poder compartido

Esta última promesa a los vencedores concluye apropiadamente todo el mensaje de las siete cartas: el Crucificado ha vencido y reina por los siglos de los siglos (Salguero 1965:365).  Y comparte su poder plenamente con aquellos que, como él, habrán vencido mediante su fidelidad hasta lo último.  Su poder es absoluto, irrestricto (2.26s), pero lo comparte con todo su pueblo fiel (2.26; 3.21).  Su gobierno es plenamente participativo.

Aunque el poder de Cristo es absoluto, Cristo no es un gobernante absolutista.  Algunos han malentendido las expresiones «gobernar con puño de hierro» y «hacer [a las naciones] pedazos como a vasijas de barro» (2.27) para interpretar el reino de Cristo como una dictadura.  Ambas expresiones, citadas de Sal 2.9, describen la totalidad de su victoria, no el estilo de su gobierno.  Sobre todo en el reino venidero, tales descripciones no tendrían ningún sentido (Caird 1966:46).  Son metáforas hebreas traídas al NT en la cita de un clásico texto mesiánico.

Lo que realmente sorprende es el esquema de poder compartido que enseña el NT, y especialmente el Apocalipsis.  Cristo nos empodera a todos, convirtiéndonos en reyes (poder político) y sacerdotes (poder religioso).  Lejos de permitir que su trono lo aleje de su pueblo, él trae el pueblo al trono para reinar juntamente con él.  Será la realización perfecta de un sistema social participativo.

Aparentemente el reino mesiánico no va a dividirse en gobernados y gobernadores; todos habrán de gobernar en conjunto.  Será todo lo contrario de un autoritarismo o una dictadura mesiánica.  Aunque no podemos visualizar muy claramente tal ordenamiento social, la enseñanza novotestamentaria es inconfundible (2 Tm 2.12; Lc 22.29s; Mt 19.28 y muchos pasajes del Apoc; cf Rm 5.17).

Cristo sigue tocando a nuestra puerta

Dondequiera que haya un corazón cerrado, ahí está el Cristo que toca y pide entrada.  En un sermón navideño en Barcelona (1928), Dietrich Bonhoeffer señaló que Cristo nos llega en cada prójimo; ese Otro «es la llamada que nos dirige Dios… He aquí la máxima seriedad y la máxima bienaventuranza del mensaje de Adviento: Cristo está ante la puerta, vive entre nosotros en forma humana».  A nosotros nos toca abrirle o cerrarle la puerta.[6]

En las palabras del gran poeta Lope de Vega:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta cubierta de rocío,

pasas la noche del invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí!  ¡Qué extraño desvarío

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

Cuántas veces el ángel me decía:

«¡Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuántas, hermosura soberana:

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

Por Juan Stam

Revisado mayo 2018

[1]) Es probable que esta actitud indefinida de Laodicea seguía en la línea del Nicolaítismo acomodaticio de Pérgamo y Tiatira (y muy posiblemente de Sardis).  González Ruiz (1987:106) afirma que la tibieza de Laodicea consistía en un «compromiso histórico» con la idolatría circuncidante.

[2]) Aquí conviene recordar el aforismo de Leonardo Boff: «todo es político, pero la política no es todo».

[3]) En el Apoc Juan muestra un impresionante conocimiento del mundo político, social y especialmente económico de su época y un muy valiente compromiso con la justicia. Cf Stam (1978/1979)

[4]) Este doble efecto de motivación y relativización está elocuentemente articulado por Karl Rahner, «Novísimos» (SacrM 4:917-922; cf 5:493-508)

[5]) P.ej, los defensores del apartheid en África del Sur, durante el apogeo de ese sistema racista, apelaban con gran entusiasmo al principio de «comunidad homogénea» de la escuela de Iglecrecimiento.

[6]) E. Bethge, Dietrich Bonhoeffer (Bilbao: Desclée 1970) p.168.

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