El Dios que tiene cumpleaños

Por: Juan Stam

Nuestra palabra “Navidad” comenzó como una pronunciación popular del latín Nativitas Dei, el nacimiento de Dios. Antiguamente también, en ciertas épocas de la Edad Media, una de las maneras de señalar las fechas era “en el año tal después del nacimiento de Dios”. Con esa terminología clásica, en estos días estaríamos terminando “el año 2005 después del nacimiento de Dios”.

Por eso, es muy significativa la palabra “Navidad”. Cuando la pronunciamos, en efecto estamos reconociendo que el que nació en Belén es Dios. Por eso también, aunque hoy nos pueda extrañar, la iglesia antigua insistía en que María era “Madre de Dios”, porque el niño que nació de su vientre era divino, era Dios el Hijo. Por supuesto, eso no significaba que María era madre de Dios Padre o de la trinidad como tal. Creer eso sería el colmo de la herejía.

Pero en todo eso, y en la Navidad misma, hay un problema muy difícil de explicar: si Dios es eterno e inmutable, y por eso no puede cambiar, ¿cómo pudo Dios nacer? ¿No significa eso necesariamente un cambio en Dios mismo? Ahí está el escándalo de la Navidad, al decir que Dios nació y tiene cumpleaños.

La filosofía en general, y también la mayor parte de la tradición teológica cristiana, han dado una importancia central a la inmutabilidad de Dios como esencial a su ser divino. Dios es Dios por los atributos divinos que tiene: es eterno, infinito, omnipotente, omnisciente, omnipresente e inmutable. Entonces, un Dios que cambiara no sería Dios. Sin embargo, bíblicamente la cosa no es tan sencilla. Cuando las escrituras dicen que Dios no cambia, no se refiere a un concepto abstracto y estático de un Dios que ni puede actuar ni sentir, sino a la fidelidad y constancia de Dios.

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La cara de la culpabilidad

Había una vez un niño de 8 años que instintivamente contestó el teléfono de su casa y susurró, “Hola”. La voz del otro lado dijo, “Sí bueno, ¿Se encuentra tu mamá en casa?” el niño contestó: “Sí, pero está ocupada,” “¿Está tu papá en casa?” “Sí pero también está ocupado…” “Bueno, ¿Hay algún otro adulto en tu casa con el que pueda hablar?” “Sí, hay un policía y un bombero” “¿Podría hablar con uno de los dos?” “No, ellos también están ocupados” “¿Bueno, y qué están haciendo todos que están tan ocupados?” Hubo una pausa muy larga y después el niño contestó, “Me están buscando”.

Cuando somos culpables, instintivamente corremos a escondernos; creo que esa respuesta está tejida en nuestros genes. Esconderse fue exactamente lo que hizo Adán y Eva cuando Dios salió a buscarlos después de que ellos habían comido del fruto prohibido. Sin embargo, esconderse no es la mejor opción para tratar con nuestra culpabilidad ya que la culpabilidad no se soluciona cuando la escondemos, la negamos, o la cubrimos. Si confesamos nuestros pecados El es fiel y justo para perdonarnos…

¿Qué más puedes aportar a esta pequeña reflexión sobre la culpabilidad?