Descubre cómo se formó el canon bíblico: desde la Septuaginta y Jamnia hasta Trento. Historia clara y profunda de los libros sagrados de la Biblia.
La palabra “canon” proviene del griego kanōn, que originalmente designaba una caña o regla de medir. En el contexto bíblico, el canon es la lista normativa de los libros que una comunidad religiosa reconoce como inspirados por Dios. La formación de este canon no fue un evento único ni repentino, sino un proceso histórico prolongado, marcado por debates, contextos culturales cambiantes y decisiones eclesiales que se extendieron durante siglos.
El contexto: la diáspora y la dispersión del pueblo judío
Para comprender cómo se formó el canon, es necesario remontarnos al siglo VI a.C. En el año 587 a.C., el rey Nabucodonosor II de Babilonia conquistó Jerusalén y deportó a una parte significativa de la población judía a Babilonia, dando inicio al período conocido como el Cautiverio Babilónico (2 Reyes 24–25). No todos los judíos fueron deportados: un “resto” permaneció en Judá, y otro grupo huyó a Egipto (Jeremías 42–43).
Posteriormente, en el año 539 a.C., el rey Ciro de Persia conquistó Babilonia y permitió a los judíos regresar a su tierra (Esdras 1). Sin embargo, muchos optaron por quedarse en la diáspora. Un número considerable se estableció en Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno en 331 a.C., que llegó a ser el centro cultural e intelectual más importante del Mediterráneo oriental, con una biblioteca legendaria.
En tiempos de Jesús, había más judíos en Alejandría que en la propia Palestina. Esta realidad geográfica y cultural es clave para entender por qué surgieron distintos cánones.
La Septuaginta: la Biblia griega de la diáspora
En el siglo III A. C., el griego se había convertido en la lengua franca del mundo mediterráneo, mientras que el hebreo era cada vez menos comprendido, incluso entre los propios judíos. En Palestina, la lengua cotidiana era el arameo. Esta situación creó la necesidad de traducir las Escrituras hebreas al griego.
Según la tradición, Ptolomeo II Filadelfo (285–246 a. C.) encargó al bibliotecario Demetrio de Falero una copia de la Ley judía para la Biblioteca de Alejandría. Setenta y dos sabios judíos habrían realizado la traducción, dando origen al nombre Septuaginta (LXX), “la de los setenta”. Aunque la leyenda embellece los hechos, lo cierto es que la traducción se llevó a cabo en etapas entre los siglos III y II a. C.
La Septuaginta no solo tradujo los libros del canon hebreo, sino que incluyó siete libros adicionales que no formaban parte del canon palestinense: Tobit, Judit, Sabiduría, Eclesiástico (Sirácides), Baruc, 1 Macabeos y 2 Macabeos, además de algunas secciones griegas añadidas a Ester y Daniel. Estos libros, compuestos en su mayoría en griego o en hebreo/arameo con traducción griega, fueron reconocidos como sagrados por los judíos de la diáspora helenística.
La distinción entre libros protocanónicos (aceptados sin discusión desde el principio) y deuterocanónicos (aquellos sobre los que hubo dudas en algún momento) no se formuló hasta el siglo XVI, con Sixto de Siena. No implica diferencia de autoridad, sino de tiempo y unanimidad en su reconocimiento.
El canon hebreo y la cuestión de Jamnia
Tras la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d.C., el judaísmo rabínico se reorganizó en torno a la escuela de Yavne (Jamnia), fundada por el rabino Yohanan ben Zakkai. En este contexto, los rabinos discutieron el estatus de algunos libros —particularmente Cantar de los Cantares y Eclesiastés—, pero no existe evidencia de que un “concilio” formal haya fijado el canon hebreo en esa época.
La teoría del “Concilio de Jamnia”, propuesta por Heinrich Graetz en 1781, gozó de gran popularidad hasta mediados del siglo XX. Hoy está ampliamente desacreditada: los estudiosos coinciden en que el canon hebreo se estabilizó de manera gradual, sin un decreto único, y que para el siglo II d. C. ya existía un consenso amplio en torno a los 39 libros que los protestantes llaman “Antiguo Testamento”.
Es importante señalar que esta fijación del canon hebreo tuvo lugar después del surgimiento del cristianismo. Los primeros cristianos, en su mayoría de habla griega, utilizaron la Septuaginta como su Antiguo Testamento, y citaban los deuterocanónicos con naturalidad.
La Vulgata y la tradición latina
En el año 382 d. C., el papa Dámaso I encargó a San Jerónimo (c. 347–420) una revisión de las traducciones latinas existentes de la Biblia. El resultado fue la Vulgata, que se convirtió en la versión oficial de la Iglesia occidental durante más de un milenio.
Jerónimo, un hebreo erudito, tradujo directamente del hebreo la mayoría de los libros protocanónicos. Sin embargo, expresó dudas sobre la canonicidad de algunos deuterocanónicos en sus prólogos. A pesar de ello, se sometió al juicio de la Iglesia: tradujo Tobit y Judit a petición de sus mecenas, y reconoció que el Concilio de Nicea (325) los había incluido entre las Escrituras. Los demás deuterocanónicos se incorporaron a la Vulgata a partir de versiones latinas anteriores.
La Vulgata contiene, por tanto, 46 libros en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo, totalizando 73. Esta es la Biblia que Gutenberg imprimió por primera vez en 1455.
El canon en la Iglesia primitiva: Hipona y Cartago
La Iglesia primitiva no tuvo un canon del Nuevo Testamento definido desde el principio. El Fragmento Muratoriano (c. 170–200 d.C.) es la lista más antigua que se conserva, aunque incompleta. Los primeros concilios que abordaron la cuestión del canon fueron los sínodos de Hipona (393) y Cartago (397, 419), que confirmaron la lista de 27 libros del Nuevo Testamento que hoy conocemos. Estos concilios no “crearon” el canon, sino que reconocieron formalmente lo que la comunidad cristiana ya consideraba inspirado.
La Reforma y el Concilio de Trento
En el siglo XVI, Martín Lutero cuestionó no solo doctrinas de la Iglesia, sino también el estatus de algunos libros. Siguiendo la distinción de Jerónimo, relegó los deuterocanónicos a un apéndice de su traducción de la Biblia al alemán (1534), llamándolos “apócrifos” —término que en su uso protestante significa “no inspirados”. No los eliminó por completo, pero dejó claro que no los consideraba autoritativos para la doctrina.
En respuesta, la Iglesia católica definió dogmáticamente el canon en la cuarta sesión del Concilio de Trento (8 de abril de 1546). Allí se declararon canónicos los 46 libros del Antiguo Testamento (incluyendo los siete deuterocanónicos) y los 27 del Nuevo, y se anatematizó a quien no los recibiera como tales.
Conclusión: un proceso, no un evento
El canon bíblico no fue establecido por un solo concilio, ni en un solo momento, ni por una sola persona. Fue el resultado de un largo proceso de discernimiento comunitario, en el que influyeron factores teológicos, históricos, lingüísticos y culturales. La Iglesia primitiva, guiada por el Espíritu Santo según su propia fe, reconoció en estos libros la voz de Dios. Las diferencias actuales entre católicos, protestantes y ortodoxos en cuanto al Antiguo Testamento reflejan, en última instancia, distintas trayectorias históricas y decisiones teológicas sobre qué significa exactamente “inspiración” y “canonicidad”.
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