El Poder de Estar con Jesús: Una lección de Hechos 4:13

¿Qué hizo diferentes a Pedro y Juan ante las autoridades? Hechos 4:13 revela cómo estar con Jesús transforma la vida y da una autoridad que ningún título puede otorgar.

Este ensayo nace de un sermón que prediqué hace unos meses y que me dejó la inquietud de poder desarrollar y compartir por escrito algunas ideas. A veces el poder parece tenerlo todo a su favor: títulos, reconocimiento y la capacidad de decidir qué voces deben ser escuchadas y cuáles deben ser ignoradas. Pareciera que solo una autoridad de igual peso puede oponerse al mismo poder.

Sin embargo, una de las escenas más sorprendentes que encontramos en el libro de los Hechos ocurre precisamente cuando dos hombres que no pertenecían a las estructuras de prestigio de su tiempo, se encuentran frente al poder religioso de esa época. Pedro y Juan no tenían los títulos ni la posición de aquellos líderes religiosos que tenían el poder. Pero tenían algo que terminaría desconcertando a sus adversarios: habían estado con Jesús.

Pedro y Juan están frente al Sanedrín. No estaban frente a un grupo cualquiera, sino ante hombres que ocupaban una posición de autoridad dentro de la sociedad judía. Eran dirigentes familiarizados con la Ley, la tradición y las cuestiones religiosas que determinaban buena parte de la vida del pueblo. Pedro y Juan, en cambio, eran galileos y no pertenecían al círculo de especialistas religiosos que tenían delante. Sin embargo, allí están, hablando de Jesús en público con una convicción que inquietaba a sus oyentes.

Lucas describe esta escena con una frase extraordinariamente poderosa: «Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús» (Hch. 4:13).

Este cuadro tiene algo casi paradójico. Los hombres que tienen la autoridad institucional están desconcertados por aquellos que, según sus propios criterios, carecen de la formación necesaria para hablar con semejante seguridad. No es difícil imaginar la tensión del momento: quienes normalmente hacían las preguntas ahora tienen delante a dos hombres que no parecen encajar en el perfil de quienes deberían tener respuestas. Y, sin embargo, Pedro habla; Juan está a su lado. El hombre que había sido sanado permanece allí parado, como testimonio visible de lo ocurrido. Y detrás de todo aquello aparece un nombre que los dirigentes preferirían que desapareciera de la conversación: Jesús.

Dos hombres fuera de los círculos de prestigio

Para comprender mejor esta escena, es necesario detenernos un momento en las palabras que utiliza Lucas. Cuando dice que Pedro y Juan eran «sin letras» y «del vulgo», no está necesariamente afirmando que fueran analfabetos o absolutamente ignorantes. El término griego utilizado aquí, señala a personas sin instrucción formal o especializada. El contraste es claro: los apóstoles estaban frente a hombres instruidos que los interrogaban.

Ahora bien, no cometamos el error de leer este texto como un elogio a la ignorancia. Las Escrituras están llenas de hombres preparados: Moisés, Daniel y Pablo son prueba de que el conocimiento no es enemigo de la fe. Pero Lucas no está escribiendo un manual de pedagogía; está describiendo el desconcierto del poder institucional ante la evidencia viva de la gracia. El punto de Hechos 4 no es que estudiar sea malo, sino que el Espíritu Santo no pasa por la aduana de los títulos académicos. Y eso, para el Sanedrín, resultaba insoportable.

La razón aparece al final del versículo: habían estado con Jesús.

Ahí está el verdadero centro de la escena. Lucas no está celebrando la falta de preparación de Pedro y Juan. Está mostrando los límites de una autoridad que se acostumbra a medir a las personas únicamente por sus credenciales. El Sanedrín sabía quiénes eran aquellos hombres según las categorías sociales de su tiempo. Lo que no podían explicar era cómo habían cambiado después de estar con Jesús.

Cuando la evidencia no puede ser ignorada

La situación se vuelve todavía más incómoda para las autoridades porque Pedro y Juan no están defendiendo una teoría abstracta. Hay un hombre delante de ellos que ha sido sanado. El acontecimiento ha ocurrido públicamente y es conocido en Jerusalén. Las autoridades pueden rechazar el significado de lo sucedido, pueden intentar impedir que se siga hablando de Jesús e incluso amenazar a los apóstoles, pero no pueden borrar el milagro que toda la ciudad ha visto, la sanidad del cojo de nacimiento.

La propia reacción del Sanedrín lo reconoce: «Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar» (Hch. 4:16).

Esta frase merece atención porque contiene una ironía que Lucas deja prácticamente flotando en el aire. Los dirigentes no dicen: «Ahora creemos». Dicen: «No lo podemos negar». Han reconocido la realidad del acontecimiento, pero no han aceptado las consecuencias que ese acontecimiento implica. La evidencia puede obligar a una persona a reconocer que algo sucedió sin conseguir que esa persona se rinda ante la verdad que ese hecho representa. El problema de los dirigentes no era solamente intelectual. Era espiritual; reconocer que Jesús estaba detrás de lo que había sucedido significaba enfrentarse con una conclusión que no estaban dispuestos a aceptar: aquel a quien habían rechazado y habían crucificado era precisamente aquel a quien Dios glorificó mediante la resurrección.

Por eso el conflicto no desaparece cuando aparece la evidencia. En cierto sentido, comienza allí. Las autoridades ya no pueden negar fácilmente el milagro; entonces intentan controlar el mensaje. El poder, cuando no puede refutar una realidad, muchas veces intenta controlar quién tiene permitido hablar de ella.

La autoridad que no proviene de un cargo

Desde una perspectiva social, la escena resulta igualmente significativa. Pedro y Juan están hablando ante hombres que poseen autoridad institucional, pero ellos mismos no poseen esa clase de autoridad. No están allí porque una institución los haya autorizado a representar al pueblo. Están allí porque han sido testigos de Jesucristo.

La Iglesia debería recordar esto constantemente. Existe una tentación permanente de confundir autoridad espiritual con reconocimiento institucional. Podemos terminar creyendo que una persona tiene autoridad porque posee un cargo, una plataforma, un título o una determinada cantidad de seguidores. Hechos 4 nos obliga a mirar con mayor profundidad. La pregunta no es únicamente quién habla. La pregunta es de dónde procede aquello que está diciendo y qué clase de vida respaldan sus palabras.

«Habían estado con Jesús»

Y aquí aparece la frase que constituye una de las observaciones más penetrantes de todo el episodio: «Les reconocían que habían estado con Jesús». Las autoridades habían visto muchas cosas en aquellos hombres, pero finalmente identificaron una sola explicación que daba sentido a su comportamiento. No se trataba solamente de que hubieran escuchado sus enseñanzas. Habían caminado con él, habían visto sus obras, habían presenciado su muerte y habían sido confrontados por la realidad de su resurrección. Ahora, después de Pentecostés, hablaban llenos del Espíritu Santo.

Pedro, no era el hombre que uno habría escogido para ilustrar la seguridad personal. Poco tiempo antes había negado conocer a Jesús. Ahora estaba delante de las autoridades religiosas hablando con denuedo. La diferencia entre aquel Pedro y este Pedro no puede explicarse simplemente como una mejora de sus habilidades comunicativas. Algo había sucedido en él. Pedro no salió de su relación con Jesús convertido en un hombre más importante. Salió convertido en un hombre diferente. Porque es posible aprender mucho sobre Jesús sin parecernos a Él. Podemos acumular conocimientos bíblicos y, aun así, permanecer intactos en las áreas más profundas de nuestro carácter. El conocimiento acerca de Cristo no debe confundirse con la transformación producida por Cristo.

El milagro tampoco pertenece a Pedro

Existe otro elemento que impide interpretar Hechos 4 como una historia de hombres extraordinarios que finalmente descubrieron su propio potencial. Pedro mismo rechaza esa lectura. Cuando la multitud se sorprende por la sanidad del hombre, él pregunta: «¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?» (Hch. 3:12). Pedro no utiliza el milagro para construir una imagen de sí mismo. No convierte el acontecimiento en una plataforma personal; el poder pertenece a Cristo. Por eso, cuando el Sanedrín pregunta con qué autoridad o en qué nombre han hecho aquello, Pedro no responde hablando de su experiencia, de su piedad o de su capacidad ministerial. Habla de Jesús de Nazaret. Dios utiliza a Pedro y a Juan, pero ellos no son el centro del relato. Son testigos. Cuando el mensajero consigue que todos admiren al mensajero y olviden al Señor, algo esencial se ha perdido.

Estudiar, prepararse y permanecer con Jesús

Un cristiano debería estudiar, pensar y desarrollar sus capacidades profesionales. La cuestión no es cuánto sabemos, sino qué lugar ocupa lo que sabemos delante de Dios. Un título puede abrir una puerta, pero no puede producir carácter. Una biblioteca puede contener miles de libros, pero ninguno de ellos puede sustituir la obra del Espíritu Santo. Del mismo modo, carecer de un título no convierte automáticamente a nadie en una persona espiritual. No se trata de preparación académica contra espiritualidad, sino de preparación académica sometida al Señorío de Cristo. La educación es una herramienta, no un ídolo. La excelencia es deseable, pero la excelencia cristiana comienza cuando nuestros dones dejan de servir a nuestra propia gloria y pasan a estar al servicio de Dios.

Una pregunta incómoda para la estructura de la Iglesia

Sin embargo, si nos detenemos únicamente en la transformación personal, corremos el riesgo de domesticar el texto. Porque Hechos 4:13 no solo nos habla de cómo vivimos, sino de cómo organizamos la comunidad de fe. La pregunta incómoda que este pasaje lanza sobre las estructuras eclesiales es la siguiente: ¿Seguimos exigiendo el currículo del Sanedrín para dar voz a los Pedro y Juan de nuestras congregaciones?

En muchas de nuestras iglesias, hemos construido sistemas de selección de líderes que se miden por sus títulos, antigüedad y habilidad retórica, pero que rara vez tienen un mecanismo para detectar si alguien ha estado con Jesús. Pedimos certificados, pero no pedimos evidencias de transformación en el trato al pobre o en el manejo del poder. Decimos creer en el sacerdocio de todos los creyentes, pero seguimos otorgando autoridad solo a quienes han pasado por nuestros filtros institucionales.

Si el Espíritu sopla donde quiere, entonces nuestra obsesión por los pergaminos y las plataformas digitales quizá no esté frenando al Espíritu, sino tapando nuestros oídos para no oírlo. La Iglesia no necesita menos académicos; necesita académicos que sepan, como Pedro, cuándo es momento de callar su propia erudición para dejar que hable la evidencia de haber visto a Cristo. Pero también necesita pastores y diáconos que se atrevan a reconocer la autoridad de los «sin letras» y del «vulgo» en las juntas directivas, en la predicación y en la toma de decisiones.

La credencial que no aparece en un currículo

Vivimos en una época en la que casi todo puede convertirse en una credencial. Los títulos, los cargos, los seguidores y las plataformas digitales construyen una imagen pública de quiénes somos. En muchos ambientes, antes de escuchar lo que una persona tiene que decir, queremos saber qué credenciales posee. No hay nada malo en valorar la preparación. El problema aparece cuando trasladamos esa lógica al Reino de Dios.

Dios puede utilizar al académico y al campesino, al profesor y al obrero. Pero no utiliza a nadie porque su ignorancia sea una virtud, ni tampoco porque su sapiencia sea un mérito. Lo que hace diferente a Pedro y Juan no es su nivel de formación. Lo que los distingue es que habían sido transformados por Cristo y estaban siendo capacitados por el Espíritu Santo para dar testimonio de Él. El fundamento de nuestra autoridad no es el currículo, sino Cristo.

Haber estado con Jesús

Pedro y Juan entraron en aquella escena sin las credenciales que impresionaban al Sanedrín. Pero salieron de ella dejando una impresión que ninguna institución pudo controlar. Las autoridades podían discutir su formación, cuestionar su posición social, amenazarlos y ordenarles que dejaran de hablar. Lo que no podían hacer era borrar lo que había sucedido. Había un hombre que caminaba. Había un mensaje que no podían silenciar. Y había dos hombres cuya vida llevaba una marca evidente: habían estado con Jesús.

Quizá esa sea una de las necesidades más profundas de la Iglesia contemporánea: no necesitamos menos conocimiento, sino conocimiento rendido a Cristo; no necesitamos menos preparación, sino preparación que no se convierta en orgullo; no necesitamos abandonar la excelencia, sino recordar para quién debe existir nuestra excelencia. Pero también necesitamos desmantelar los ídolos estructurales que nos impiden ver la autoridad de Cristo en quienes no tienen nuestros mismos títulos. Porque el problema del Sanedrín no fue su escepticismo; fue su soberbia institucional, incapaz de arrodillarse ante la evidencia de dos pescadores que, sin permiso de nadie, anunciaban la resurrección.

El cristiano está llamado a estudiar, a prepararse y a desarrollar sus capacidades. Pero todo eso debe permanecer en su lugar. Porque un título puede decir dónde estudiamos. Un currículo puede decir qué hemos hecho. Una profesión puede decir qué sabemos hacer. Pero solamente una vida transformada puede revelar con quién hemos estado.

Pedro y Juan no tenían la credencial que el Sanedrín esperaba encontrar. Tenían otra. Y aquella era imposible de falsificar. Habían estado con Jesús. Esa sigue siendo, después de dos mil años, la credencial que más importa. ¿Y si, además de preguntarnos si nosotros la tenemos, nos preguntamos si estamos dispuestos a reconocerla en aquellos que, como Pedro y Juan, el sistema eclesial ha decidido marginar?


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