Descubre por qué Galilea fue el epicentro del ministerio de Jesús. Historia, contexto bíblico y significado actual de la región que transformó el mundo desde la periferia.
Galilea no es solo un punto en el mapa bíblico; es el escenario donde la historia, la fe y la vida cotidiana se cruzaron de una manera inesperada. Situada al norte de Israel, entre colinas verdes, llanuras fértiles y el emblemático mar de Galilea, esta región fue mucho más que un territorio agrícola: fue el laboratorio espiritual donde comenzó una revolución que cambiaría el mundo.
Geográficamente, Galilea se extendía al oeste del río Jordán y estaba dividida en Alta y Baja Galilea. Era una tierra bien regada, con abundantes manantiales y suelos fértiles que producían trigo y aceite de oliva en grandes cantidades. Sus montes —como Tabor, Gilboa y Carmelo— y sus llanuras, como Esdraelón, no solo ofrecían paisajes impresionantes, sino que también fueron escenarios de batallas decisivas y momentos claves en la historia de Israel.
En el Antiguo Testamento, Galilea aparece vinculada inicialmente al territorio de Neftalí, y más tarde a Aser y Zabulón (Isaías 9:1). Allí se libraron combates memorables, como los relacionados con Débora y Barac (Jueces 4:6-10). También fue cuna de figuras importantes como el profeta Jonás y Eliseo. Es decir, Galilea ya tenía una identidad histórica fuerte mucho antes de los tiempos de Jesús.
Sin embargo, lo que hace a Galilea verdaderamente significativa es su papel en el Nuevo Testamento. Cuando Jesús comenzó su ministerio público, no eligió Jerusalén como punto de partida, sino Galilea. Según Mateo 4:12-16, su traslado a esta región fue interpretado como cumplimiento profético: “El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz”. Esa luz comenzó a brillar desde una zona que muchos consideraban periférica.
Galilea en tiempos de Jesús era culturalmente diversa. Después del exilio, su población se volvió mixta: judíos convivían con arameos, fenicios y griegos. Este cruce de culturas generó una identidad particular, pero también provocó prejuicio. Desde Judea, especialmente desde Jerusalén, se miraba a los galileos con cierto desprecio. Su acento los delataba (Mateo 26:73), y eran considerados rústicos, poco refinados, casi marginales. Sin embargo, precisamente en esa región menospreciada, Jesús encontró apertura y receptividad.
Las ciudades galileas fueron testigos directos de su ministerio. En Capernaúm estableció una especie de base ministerial. En Caná realizó su primer milagro. En Naín resucitó al hijo de una viuda (Lucas 7:11-17). En Betsaida y Corazín enseñó y obró señales. Las multitudes que lo seguían —descritas en Mateo 4:23-25— evidencian que se trataba de una región densamente poblada y espiritualmente expectante.
Las tres giras de predicación en Galilea muestran una estrategia clara: enseñar, sanar y formar discípulos. Allí sanó leprosos, liberó oprimidos, enseñó parábolas y envió a los doce a predicar (Mateo 9–11). También fue en Galilea donde comenzó a anunciar abiertamente su muerte (Mateo 17:22-23). Es interesante notar que once de los doce apóstoles eran galileos. Desde esa periferia social surgiría el núcleo del liderazgo cristiano primitivo.
Incluso después de la resurrección, Galilea volvió a ser escenario central. Jesús citó a sus discípulos allí (Mateo 28:16-18), y en ese contexto dio la Gran Comisión. El lugar que había sido considerado insignificante se convirtió en plataforma global: “Id y haced discípulos a todas las naciones”.
Mirado desde un contexto contemporáneo, Galilea representa algo profundamente actual. Simboliza cómo los movimientos transformadores muchas veces nacen lejos de los centros de poder. En un mundo que todavía clasifica a las personas por su origen, educación o estatus social, la historia de Galilea desafía esos esquemas. Jesús eligió trabajar desde la periferia, entre agricultores, pescadores y gente común. No buscó validación en las élites religiosas de Jerusalén, sino que sembró esperanza en comunidades marginadas.
Hoy, Galilea nos recuerda que la grandeza no depende del reconocimiento social, sino del propósito. Nos habla de inclusión en medio de diversidad cultural, de esperanza en contextos mixtos y de transformación que empieza en lo cotidiano. Lo que fue menospreciado por Judea se convirtió en el epicentro del mensaje que cruzaría fronteras y siglos.
Galilea, entonces, no es solo un territorio antiguo; es un mensaje vigente. Nos enseña que Dios puede comenzar algo extraordinario en los lugares que el mundo considera ordinarios. Y que, a veces, la luz más intensa no surge desde los palacios, sino desde las orillas de un lago rodeado de gente sencilla dispuesta a escuchar.
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