Qué es un dogma en la fe cristiana, su origen, significado teológico, tipos de dogmas y su importancia para la doctrina, la fe y la vida de la Iglesia.
El problema no es el dogma, es la caricatura del dogma
En el lenguaje cotidiano, la palabra dogma suele tener una carga negativa. Se asocia con rigidez, imposición o falta de diálogo. Sin embargo, este uso popular dista mucho de su sentido histórico y teológico. En su origen, dogma no era una palabra religiosa. Proviene del griego dokein, que significa “opinar” o “considerar verdadero”, y fue utilizada por filósofos clásicos para describir las convicciones centrales de una escuela de pensamiento.
Más tarde, el cristianismo asumió el término para referirse a aquellas verdades que no nacen de la especulación humana, sino de la revelación divina. Así, el dogma dejó de ser una simple opinión para convertirse en una confesión compartida: aquello que la Iglesia cree porque Dios lo ha dado a conocer.
¿Qué entendemos hoy por dogma?
En teología cristiana, un dogma es una verdad revelada por Dios, transmitida por los apóstoles y propuesta por la Iglesia como norma definitiva de fe. No se trata de ideas religiosas construidas por consenso, sino de contenidos que pertenecen al corazón mismo del mensaje cristiano.
Es importante subrayarlo: los dogmas no se inventan, se reconocen. Cuando surgen controversias doctrinales o interpretaciones distorsionadas, la Iglesia reflexiona sobre la Escritura y la tradición apostólica, y entonces define con mayor precisión lo que siempre ha creído. El dogma no añade nueva revelación; protege la ya recibida.
Por eso, lejos de limitar la fe, el dogma cumple una función pastoral: guarda el evangelio de deformaciones y ofrece un marco estable desde el cual la comunidad puede confesar, enseñar y vivir su fe.
¿Todas las religiones tienen dogmas?
En sentido amplio, sí. Toda tradición religiosa posee convicciones fundamentales que definen su identidad. En distintos movimientos cristianos, ciertas doctrinas funcionan como verdades centrales: la observancia del sábado, el don de lenguas, la expectativa milenial, entre otras. Cada una de estas creencias delimita pertenencia y orientación espiritual.
Sin embargo, en el cristianismo histórico, el dogma no se define por costumbres particulares ni por énfasis carismáticos, sino por su relación directa con la revelación apostólica y con el núcleo del evangelio: quién es Dios, quién es Cristo, cómo opera la salvación y cuál es la esperanza última del creyente.
Tipos de dogmas: distinciones que ayudan a comprender
A lo largo de la historia teológica se han propuesto clasificaciones que no buscan complicar la fe, sino ordenar su comprensión.
Dogmas generales y especiales.
Los generales pertenecen a la revelación pública transmitida por los apóstoles y destinada a toda la Iglesia. Los llamados “especiales” aluden a revelaciones privadas, que en sentido estricto no constituyen dogma, ya que no forman parte del depósito apostólico ni obligan universalmente a los creyentes.
Dogmas materiales y formales.
Los materiales son verdades reveladas en sí mismas, independientemente de que hayan sido oficialmente definidas. Los formales, en cambio, son aquellas verdades reveladas que además han sido reconocidas y definidas explícitamente por la Iglesia.
Dogmas puros y mixtos.
Los dogmas puros solo pueden conocerse por revelación, como la Trinidad o la encarnación del Hijo de Dios. Los mixtos pueden ser conocidos tanto por la razón como por la revelación, como la existencia de Dios o algunos de sus atributos, pero siguen siendo considerados dogmas cuando son afirmados como parte de la fe revelada.
Dogmas simbólicos y no simbólicos.
Los contenidos en los credos históricos (como el Credo de los Apóstoles o el Niceno-Constantinopolitano) se llaman simbólicos. Otros dogmas, igualmente válidos, no aparecen formulados en estos símbolos, aunque pertenecen al mismo cuerpo doctrinal de la fe.
Dogma, fe y salvación
No todos los dogmas tienen el mismo grado de centralidad. Algunas verdades deben ser conocidas y creídas explícitamente porque pertenecen al núcleo del evangelio; otras pueden ser aceptadas implícitamente dentro de una adhesión confiada al conjunto de la revelación.
Esto no significa que existan dogmas secundarios en importancia absoluta, sino que la fe cristiana reconoce un orden interno: hay verdades que estructuran todo lo demás, y otras que las explican, protegen o desarrollan. Esta jerarquía no relativiza la doctrina; la organiza.
Conclusión
El dogma no es el enemigo de la fe viva, sino su guardián. No sofoca la experiencia espiritual, sino que la enraíza en la verdad revelada. No sustituye la Escritura, sino que la confiesa. No impide pensar, sino que orienta el pensamiento hacia el centro del evangelio.
En tiempos de confusión doctrinal y relativismo teológico, recuperar una comprensión sana del dogma no empobrece la fe cristiana: la fortalece, la estabiliza y la vincula con la confesión histórica de la Iglesia. El dogma no encierra la fe; la protege para que pueda seguir siendo anunciada con claridad, fidelidad y esperanza.
#actualizado #versionrevisada
Descubre más desde TeoNexus
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.