El Altar de Bronce

En figura, el hombre que responde al llamado del Salvador entra por la puerta. Al penetrar en el atrio ¿qué ve en primer término? El altar de bron­ce. Sabe entonces que una víctima santa, inocente y sin mancha fue consumida allí para que no lo fuera él mismo.  Este altar estaba hecho con madera de sittim recubierta de bronce. La madera de sittim (acacia) es una bellísima imagen de la verdadera humani­dad del Hijo de Dios, “nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gálatas 4:4). Esta madera estaba interior y exteriormente recubierta de bronce, fi­gura de la justicia y santidad divinas frente al pecador y al pecado. El bronce resiste las ardientes llamas que todo lo consumen, vale decir que es una imagen de la manera en que nuestro Señor Jesús sufrió el ardor de la cólera de Dios, voluntariamen­te y con una entera sumisión, pero también con una determinación única y una perseverancia sin parangón. ¡Loor a Él!

El altar era hueco, simplemente formado por cuatro tablas que se apoyaban en un enrejado de bronce de obra de rejilla. En los cuatro extremos de esta rejilla habla sendos anillos de bronce para introducir por ellos las varas de acacia recubiertas de bronce. El altar, pues, era asido por la rejilla al transportarlo. Ésta se encontraba oculta en el interior del altar. La leña y la víctima eran puestas encima. El aire podía penetrar libremente por debajo. Allí se producía todo el ardor del fuego, el que permanecía oculto a los ojos del sacerdote. En sus sufrimientos, el Señor Jesús experimentó hasta la muerte todo el ardor de la cólera de Dios.

El altar era cuadrado y en sus esquinas había cuatro cuernos que salían de él. El cuerno es el símbolo del poder. Para el ojo profano del hombre puede parecer que Cristo fue crucificado en debi­lidad, pero, sin embargo, Él se dejó clavar en la cruz merced al poder de su amor.

Como sólo hemos tratado superficialmente la enseñanza del altar de bronce, retengamos esto: desde que el pecador acude a la cruz, es salvo y está santificado; mediante la obra de la redención se encuentra ligado a todos aquellos que han pasado por el mismo camino.

Las columnas del cerco —ya descritos sumaria­mente— estaban emplazadas sobre sendas basas de bronce. Estaban coronadas por capiteles de plata. Gracias a la obra de la cruz, el creyente se halla sobre un terreno en el cual el juicio ya pasó y su cabeza está cubierta, como lo hace pensar el capi­tel de plata, con el yelmo de la salvación para resistir al adversario (Efesios_6:17).

Las columnas estaban separadas entre sí por una distancia de cinco codos, pero las enlazaban las varas conexivas de plata que sostenían a las cortinas o colgaduras de lino fino torcido. Esas columnas y las hermosas cortinas blancas se veían desde el exterior. De igual modo, el mundo puede recono­cer a los testigos de Cristo a través de la vida santa y pura y la justicia práctica de ellos, fruto de la vida divina que les anima. “En todo tiempo sean blan­cos tus vestidos” (Eclesiastés 9:8). Eso es lo que se requiere de los rescatados.

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