Therianismo: Cuando el hombre olvida que es imagen de Dios

El therianismo no es solo una tendencia juvenil. Es un síntoma de una crisis de identidad profunda. Un análisis bíblico y crítico para entender, discernir y responder desde la fe cristiana.

Escribir por necesidad, no por interés. No fue mi intención escribir sobre este tema. Durante años, mi atención ha estado dirigida a cuestiones que considero fundamentales para la integridad de la fe cristiana. No he perseguido modas culturales, porque las modas, por definición, nacen del impulso y mueren en el olvido. No constituyen, en sí mismas, un fundamento sólido para la reflexión teológica.

Pero hay fenómenos que, aunque parezcan superficiales, revelan fracturas profundas en la comprensión que el ser humano tiene de sí mismo. El fenómeno therian es uno de ellos.

La propagación de este fenómeno entre adolescentes y jóvenes, amplificada por las redes sociales que convierten lo marginal en visible y lo visible en normal, no puede ser ignorada por quienes tienen la responsabilidad de enseñar, formar y pastorear. No porque represente una amenaza biológica —el hombre no puede dejar de ser hombre—, sino porque representa una confusión antropológica. Y toda confusión antropológica es, en el fondo, una confusión espiritual.

El problema no es que un joven admire a un animal. El problema es que comience a interpretar su identidad a través de esa identificación. Aquí es donde nuestro silencio se vuelve irresponsabilidad.

Cuando la iglesia no define, la cultura redefine. Cuando la Escritura no es enseñada con claridad, la identidad es reconstruida sobre percepciones, emociones e impulsos que, aunque sinceros, carecen de fundamento ontológico.

Este ensayo no nace del deseo de polemizar, sino de la obligación de esclarecer. Busca evitar errores exegéticos, fortalecer la comprensión bíblica del ser humano y ofrecer a padres, líderes y creyentes un marco teológico que les permita entender y responder con claridad, verdad y responsabilidad.

La palabra “bestia” y el lenguaje olvidado de la Escritura

El término therian proviene del griego θηρίον (thērion), utilizado en el Nuevo Testamento para designar bestias. Pero en la Escritura, la bestia no es simplemente un animal. Es un símbolo. Es la representación de la vida desconectada de Dios. El libro de Apocalipsis presenta esta imagen con una claridad inquietante: “Y vi subir del mar una bestia, que tenía siete cabezas y diez cuernos…” (Apocalipsis 13:1)

Esta bestia no es zoológica. Es teológica. Representa poder sin redención, existencia sin orientación divina, vida sin conciencia de su origen. La bestia, en el lenguaje bíblico, simboliza la creación cuando opera separada de su Creador. Por eso resulta profundamente significativo que, en el siglo XXI, seres humanos adopten voluntariamente una categoría que la Escritura utiliza para describir la deshumanización espiritual.

No es una coincidencia inocente. Es un síntoma cultural. Es el reflejo de una civilización que ha comenzado a perder su vocabulario espiritual y, con él, su comprensión de la dignidad humana.

Génesis y la singularidad irreversible del ser humano

El libro de Génesis establece la verdad más fundamental de la antropología bíblica: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Génesis 1:26) Esta declaración separa al ser humano de todo el resto de la creación. El hombre no es simplemente una criatura más sofisticada. Es una criatura distinta. El texto continúa: “Y señoree… en todos los animales” (Génesis 1:26)

Este dominio no es una licencia para la explotación irresponsable, sino una afirmación ontológica: el hombre ocupa un lugar único en el orden creado. Porque solo el hombre posee:

  • Conciencia moral
  • Responsabilidad espiritual
  • Capacidad de conocer a Dios
  • Autoconciencia reflexiva
  • Vocación eterna

El animal vive dentro del orden natural. El hombre vive consciente de ese orden y responsable ante su creador. Por eso el salmista declara con asombro: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra” (Salmo 8:5). Reducir la identidad humana al nivel animal no es un acto de liberación. Es una negación de esta coronación. Es olvidar la gloria de haber sido creado a imagen de Dios.

La degradación del hombre: cuando la desconexión de Dios produce desorientación

La Escritura describe con precisión el proceso de degradación espiritual. No como una pérdida de biología, sino como una pérdida de orientación. El Salmo 49 lo expresa con claridad devastadora: “El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (Salmo 49:20). Obsérvese la causa: no la falta de capacidad, sino la falta de entendimiento.

El hombre no deja de ser imagen de Dios, pero puede dejar de vivir consciente de esa verdad. Daniel 4 presenta el caso más dramático. Nabucodonosor, el emperador más poderoso de su tiempo, es reducido a una existencia animal: “Y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo…” (Daniel 4:33)

Esto no fue una transformación biológica, sino una humillación espiritual. Solo cuando reconoció a Dios, su razón fue restaurada: “Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta” (Daniel 4:34). La humanidad plena no consiste simplemente en tener forma humana, sino en vivir orientado hacia Dios.

Romanos 1 y el intercambio fatal

El diagnóstico más preciso de la crisis humana se encuentra en Romanos 1:21: “Se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”. El resultado es un intercambio: “Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:23). Este es el movimiento descendente.

Cuando el hombre pierde a Dios, pierde el punto de referencia que define su identidad. Y entonces comienza a redefinirse en términos de aquello que es inferior a él. El therianismo, en este sentido, no es la causa de la crisis. Es una expresión de ella. Es el síntoma visible de una humanidad que ha perdido la claridad sobre sí misma.

La era digital y la fragmentación de la identidad

La era digital ha introducido una transformación radical en la forma en que el ser humano se percibe. La identidad, que antes era entendida como una realidad que debía descubrirse, ahora es tratada como una construcción que puede modificarse.

Las redes sociales han convertido el yo en un proyecto editable. El resultado es una fragmentación sin precedentes. El hombre moderno ya no recibe su identidad. La fabrica. Pero una identidad fabricada carece de estabilidad, porque depende de percepciones cambiantes. Sin un ancla trascendente, el yo se convierte en una narrativa sin fundamento.

Implicaciones pastorales: una advertencia y una responsabilidad

Este fenómeno exige una respuesta clara, especialmente de padres y líderes espirituales. No una respuesta de burla, porque la burla no restaura. No una respuesta de silencio, porque el silencio no instruye. Sino una respuesta de verdad. La Escritura establece sin ambigüedad: “Creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27).

Esta verdad no es negociable. Los jóvenes no necesitan que su confusión sea afirmada. Necesitan que su identidad sea esclarecida. Necesitan saber que su valor no depende de lo que sienten, sino de quien los creó. Necesitan saber que no son accidentes biológicos, ni identidades fluidas, ni narrativas editables. Son portadores de la imagen de Dios.

La guerra por la imagen

La Biblia presenta la historia humana como una guerra de imágenes. En Génesis, el hombre es creado a imagen de Dios. En Apocalipsis, el hombre caído adopta la imagen de la bestia: “Mandaba que a todos… se les pusiese una marca…” (Apocalipsis 13:16). Es una imagen simbólica de lealtad e identidad.

Toda cultura empuja al hombre hacia una de estas dos imágenes. No hay neutralidad.

La ilusión antigua con nombre moderno: de la teriantropía primitiva al therianismo digital

Un análisis de este fenómeno, realizado en 2014 por la Universidad de Northampton define el therianismo como derivado de la teriantropía, es decir, “la creencia de que uno puede transformarse en un animal”, y describe al therian como “una persona que es, siente o cree que es, en parte o en su totalidad, uno o más animales no humanos a un nivel integral y personal”. Esta definición es reveladora porque confirma que no estamos ante un simple juego simbólico ni una metáfora estética, sino ante una afirmación identitaria que pretende redefinir la naturaleza del yo.

Esta idea, sin embargo, no es nueva. Es antigua. Tan antigua como el miedo y el misterio que han acompañado al hombre desde que comenzó a preguntarse quién es. Pinturas rupestres de Indonesia, que datan de más de 44.000 años, muestran figuras híbridas, seres que no son completamente hombres ni completamente animales. Las mitologías del mundo antiguo están pobladas de centauros, hombres lobo y criaturas que habitan en la frontera entre lo humano y lo bestial. En muchas tradiciones chamánicas, el chamán afirmaba poder transformarse espiritualmente en animal o poseer un vínculo ontológico con una criatura que funcionaba como guía o extensión de su ser.

Estas expresiones no eran biológicas. Eran espirituales. Pero también eran reveladoras. Revelaban una intuición distorsionada: la percepción de que el hombre, al perder su conexión con Dios, pierde también la claridad de su propia identidad.

La Escritura describe este fenómeno no como evolución, sino como degradación espiritual. El profeta Isaías lo expresó con una ironía devastadora al describir al hombre que toma un árbol, usa parte para hacer fuego y con el resto fabrica un ídolo y lo adora: “No discurre para consigo… no tiene sentido ni entendimiento para decir: Parte de esto quemé en el fuego… ¿Y haré del resto una abominación?” (Isaías 44:19)

Es la tragedia de la confusión espiritual. El hombre, creado a imagen de Dios, comienza a buscar su identidad en aquello que le es inferior.

La diferencia es que lo que en la antigüedad existía en el ámbito del mito y el ritual, hoy ha entrado en el ámbito de la autoidentificación psicológica. La comunidad therian moderna, según registros históricos, comenzó formalmente el año de 1992 en un foro digital llamado alt.horror.werewolves. Lo que comenzó como discusión sobre ficción terminó convirtiéndose en un espacio donde individuos comenzaron a afirmar que no solo admiraban estas criaturas, sino que eran, en algún sentido profundo, una de ellas.

Aquí se revela el papel decisivo de la modernidad digital: no creó la confusión, pero la legitimó. La tecnología proporcionó lo que la antigüedad no tenía: comunidad para la confusión, validación para la fragmentación y lenguaje para la desorientación.

Pero la Escritura ya había anticipado este descenso antropológico: “Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:22). El hombre moderno, rodeado de avances tecnológicos sin precedentes, ha comenzado a experimentar una regresión espiritual igualmente sin precedentes.

No porque haya perdido inteligencia, sino porque ha perdido orientación. Y cuando el hombre pierde su orientación hacia Dios, comienza a perder su comprensión de sí mismo.

Conclusión: La crisis no es biológica, es espiritual.

El therianismo no representa la evolución del hombre. Representa su confusión. Es el eco de una civilización que ha olvidado su origen. Pero la verdad permanece intacta: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida” (Génesis 2:7).

El hombre no es simplemente carne. Es polvo animado por el aliento de Dios. Y mientras esa verdad permanezca, la dignidad humana no puede ser destruida. Solo puede ser olvidada. Y el primer paso hacia la restauración siempre ha sido el mismo: Recordar quién es Dios. Y, en Él, recordar quién es el hombre.


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