El Misterio del Mal y la Distorsión de la Iniquidad: Ensayo Teológico-Reflexivo

¿Qué es el Mal? Explora el origen del Mal y la distorsión de la iniquidad desde una perspectiva bíblica. Un ensayo teológico-reflexivo que desmantela ideas místicas y reafirma la centralidad de Cristo en la redención del hombre.

Hay preguntas que atraviesan siglos, y generaciones que vuelven a preguntárselo. El problema del mal ha sido uno de estos temas, de los cuales se han debatido a lo largo de la historia de la teología cristiana.

¿De dónde surge la iniquidad? ¿Es una fuerza espiritual, una sustancia, o una inclinación moral del corazón humano? ¿Por qué somos capaces de lo más sublime y, a la vez, de lo más ruin? Hace algunos años cayó en mis manos un libro que aseguraba con absoluta seriedad que la iniquidad es una especie de sustancia espiritual. El texto estaba lleno de discursos —aparentemente teológicos— en donde aseguran que la iniquidad es una “sustancia espiritual” que nació cuando Luzbel concibió un pensamiento torcido en su corazón.

Aquella explicación, envuelta en un lenguaje seductor y místico a la vez, pretendía trazar genealogías invisibles de maldad, como si la iniquidad fuera una energía hereditaria que viaja de generación en generación, contaminando linajes y determinando destinos.

Pero la Escritura —si se le estudia con rigor y honestidad exegética— dice otra cosa.

Trataré de examinar el tema con seriedad bíblica, abordando cinco puntos esenciales:

  1. La definición bíblica y exegética de la iniquidad.
  2. El verdadero origen del mal según la Escritura.
  3. La diferencia entre pecado e iniquidad.
  4. El error doctrinal de la “herencia de iniquidad como sustancia espiritual”.
  5. Una comprensión Cristocéntrica de la condición humana.

¿Qué es realmente la iniquidad? Una mirada exegética

La palabra hebrea avón (עָוֹן), traducida como “iniquidad”, significa literalmente “torcer”, “desviar”, “pervertir lo recto”. No se refiere a una sustancia, sino a un estado moral del corazón humano. El Salmista David lo sabía cuando clamaba: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). Es una confesión que no apunta a una transmisión mística, sino a la profunda condición caída de todo ser humano desde Adán (véase Romanos 5:12).

En el griego del Nuevo Testamento, el término anomía (ἀνομία) —“sin ley”— describe esta disposición interna de rebelión. Juan la define como “transgresión de la ley” (1 Juan 3:4), y Jesús advierte que en los últimos tiempos “la anomía se multiplicará” (Mateo 24:12). Es decir, que el aumento del pecado, la rebeldía y la inversión de valores termina apagando la capacidad humana de amar bien.

La iniquidad, entonces, no se produce ni se transmite como un flujo espiritual; se comete. Es el estado del corazón que se inclina hacia la perversión de lo recto.

¿Nació la iniquidad en Luzbel? Un mito que la Biblia no respalda

La idea de que la iniquidad nació en el corazón de Luzbel proviene de una lectura altamente alegórica de Isaías 14 y Ezequiel 28. Sin embargo, un análisis textual serio revela que estos pasajes se refieren a reyes humanos (el rey de Babilonia y el rey de Tiro, respectivamente), envueltos en un lenguaje poético y profético que describe sus caídas políticas y morales.

Aunque puede existir un eco tipológico del orgullo angelical, no son textos fundacionales para una doctrina sobre el origen del mal. La Escritura insiste en algo diferente: el mal surge cuando una criatura moralmente libre —sea ángel o ser humano— decide apartarse del bien (véase Judas 6; 2 Pedro 2:4).

El mal no tiene esencia propia; es la deformación del bien, no una entidad espiritual que habita en el aire.

Pecado e iniquidad: raíz y fruto

Aquí conviene detenernos con mayor cuidado, porque la confusión doctrinal proviene en gran parte de no diferenciar estos dos conceptos.

Pecado (hamartía). Significa literalmente errar el blanco. Es el acto, la transgresión concreta, el fruto visible (1 Juan 3:4). Robar, mentir, adulterar: todos estos son pecados porque rompen la ley de Dios.

Iniquidad (avón / anomía). Es la disposición interna torcida que impulsa al acto. Es el corazón doblado hacia el mal, la raíz oculta.

En términos humanos:

  • Pecado es lo que hago.
  • Iniquidad es lo que soy (en mi naturaleza caída).

David lo expresa con claridad cuando ruega: “Lávame de mi iniquidad y límpiame de mi pecado” (Salmo 51:2). Primero la raíz; luego el fruto.

Jesús lo confirma cuando afirma: “Del corazón salen los malos pensamientos…” (Mateo 15:19). Y Santiago ofrece la secuencia completa: concupiscencia → pecado → muerte (Santiago 1:14–15).

¿Se hereda la iniquidad? Sí… pero no como algunos enseñan

La Biblia enseña que heredamos la naturaleza caída de Adán, no una línea o sustancia espiritual de iniquidad generacional. Romanos 5:12 declara: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte…”

Lo heredado es la condición adámica universal, no la “línea de iniquidad” que ciertos predicadores enseñan.

¿Y qué hay de Éxodo 20:5?

“Visitar la maldad de los padres sobre los hijos” no implica transmisión espiritual, sino consecuencias históricas, éticas y sociales. Los hijos pueden repetir los pecados de los padres porque imitan sus caminos, no porque reciban una “sustancia o herencia” de iniquidad. Es lo que Francisco Lacueva llamaría “la solidaridad moral del pecado, no su sustantividad”.

Esta diferencia es vital. Porque si el mal es un espíritu heredado, entonces Cristo no basta.
Pero si el mal es la naturaleza caída, entonces la regeneración, la salvación en Cristo, es suficiente, total y definitiva.

Una comprensión Cristocéntrica de la condición humana

La biblia no ofrece una teoría del mal como fuerza metafísica1. Ofrece un diagnóstico moral: el corazón del ser humano está torcido (Jeremías 17:9). No necesita ser “liberado de líneas generacionales”; necesita ser transformado.

Por eso la solución no es esotérica2, sino cristológica: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es.” (2 Corintios 5:17)

Cristo no rompe “maldiciones generacionales”. Cristo da un nuevo corazón. La obra de la cruz no limpia una línea espiritual; crea una nueva humanidad, una nueva persona. Si alguno está en Cristo, «nueva criatura es».

En la cruz se cumple la palabra final:“Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Isaías 53:6)

No hay deuda hereditaria que resista el peso del Cordero.

Conclusión: Ver el mal con ojos redentores

El error de convertir la iniquidad en una sustancia espiritual no es un asunto menor. Distorsiona la doctrina, oscurece el Evangelio y distrae del problema real: la condición caída del corazón humano.

La Escritura no nos invita a descifrar códigos místicos, sino a mirar al Crucificado. Allí la iniquidad —como raíz moral— y el pecado —como fruto visible— encuentran su juicio y su fin, y donde el misterio del mal, sin explicarse del todo, es finalmente vencido.

Porque el Cristo que murió cargando nuestra iniquidad es también el Cristo que resucitó para darnos un nuevo corazón, una nueva historia y una esperanza que no avergüenza.

(Por cierto, el libro es de, Ana Méndez Ferrel­-La Iniquidad)


  1. La metafísica es la rama de la filosofía que estudia los principios fundamentales de la realidad, como el ser, la existencia, el tiempo, el espacio y la causalidad, yendo más allá de lo puramente físico ↩︎
  2. “Esotérica” se refiere a lo que es oculto, reservado o comprensible solo para un grupo selecto de iniciados. ↩︎

Descubre más desde TeoNexus

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario sobre “El Misterio del Mal y la Distorsión de la Iniquidad: Ensayo Teológico-Reflexivo

¿Este contenido te fue de bendición? Déjanos saber tus opinión y compártelo con alguien que lo necesite.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *