El Segundo Templo de Jerusalén, reconstruido por los judíos que regresaron del exilio en Babilonia, se erigió como un símbolo crucial en la historia del pueblo judío. Su construcción marcó un período de esperanza y renovación después del cautiverio en Babilonia. Su historia se extiende desde su construcción inicial en el 516 a.C. hasta su destrucción en el 70 d.C., y abarca un período de grandes cambios políticos, sociales y religiosos.

El retorno de los exiliados, liderados por Zorobabel; llevó a la reconstrucción del Templo sobre los cimientos del anterior. Sin embargo, la magnificencia del Segundo Templo nunca logró alcanzar las alturas impresionantes del Primer Templo construido por el rey Salomón.
La construcción del Segundo Templo fue autorizada por el emperador persa, Ciro el Grande; y completada bajo la dirección de los últimos tres profetas judíos: Hageo, Zacarías y Malaquías. De ellos hablaremos más adelante.
La figura de Ciro el Grande, rey de Persia; desempeñó un papel fundamental en la reconstrucción del Templo de Jerusalén después del exilio babilónico. Su política de tolerancia religiosa y su apoyo a las prácticas culturales y religiosas de los pueblos conquistados, permitieron que los judíos exiliados regresaran a su tierra natal y reconstruyeran su lugar de adoración.
Ciro el Grande, es recordado en la historia judía como un líder benevolente y visionario que promulgó un edicto que permitía a los exiliados regresar a sus tierras y reconstruir sus lugares de culto. Este edicto, registrado en el Libro de Esdras, considerado por muchos como un acto de la providencia divina, ya que permitió que la profecía de Jeremías, que predijo el retorno del exilio después de setenta años, se cumpliera.
El edicto de Ciro, no solo proveía el permiso de regresar, sino también proveía de los materiales y apoyo logístico para la restauración del templo.
Uno de los momentos más destacados en la historia del Segundo Templo, ocurrió durante el reinado de Herodes el Grande. Entre los años 20 y 10 a.C., Herodes emprendió una ambiciosa empresa de remodelación y expansión del Templo, con el objetivo de dotarlo de una grandeza que rivalizara con los templos más esplendorosos del mundo antiguo. La magnificencia arquitectónica y la opulencia de los materiales utilizados durante esta renovación buscaban consolidar el estatus de Jerusalén como una ciudad destacada en el panorama religioso y político de la región.
La transformación de Herodes no solo se limitó al edificio principal; también incluyó la construcción de una extensa explanada y una serie de estructuras auxiliares que realzaron el esplendor del Templo. El resultado de esta empresa fue un Segundo Templo más imponente, pero sin alcanzar la grandeza del original construido por Salomón.
Influencia de los profetas en la construcción del segundo templo:
Los profetas Hageo, Zacarías y Malaquías desempeñaron roles significativos en la construcción del Segundo Templo de Jerusalén.
Hageo: fue uno de los primeros profetas que emergieron después del retorno de los judíos del exilio en Babilonia. Su mensaje estaba centrado en instar al pueblo a priorizar la reconstrucción del Templo sobre sus intereses personales y materiales. Hageo reprendió a aquellos que habían descuidado la casa de Dios y exhortó al pueblo a considerar sus acciones y su relación con Dios. Sus profecías sirvieron como un llamado a la acción, instando a la comunidad a dejar de lado la apatía y la complacencia, y a enfocarse en la restauración espiritual y física de Jerusalén y su Templo.
Zacarías: contemporáneo de Hageo, jugó un papel crucial en el proceso de reconstrucción del Templo. Su visión profética proporcionó consuelo y esperanza a un pueblo desanimado por los desafíos y obstáculos que enfrentaban en la tarea de reconstrucción. Las visiones de Zacarías, cargadas de simbolismo y esperanza mesiánica, sirvieron para fortalecer la fe y la determinación de la comunidad judía. Además, Zacarías alentó al sumo sacerdote Josué y al gobernador Zorobabel, quienes lideraban los esfuerzos de reconstrucción, infundiéndoles valor y confianza en la obra que estaban llevando a cabo.
Malaquías: fue el último profeta del Antiguo Testamento y su ministerio tuvo lugar después de la finalización del Templo. Aunque no estuvo directamente involucrado en su construcción, Malaquías desafió a la comunidad judía a mantener la pureza y la reverencia en su adoración a Dios una vez que el Templo estuviera en pie. Criticó las prácticas religiosas descuidadas y la falta de devoción genuina entre el pueblo, llamándolos al arrepentimiento y a una renovada fidelidad a la alianza con Dios. Su mensaje de corrección y exhortación tenía como objetivo mantener viva la espiritualidad y la integridad religiosa entre el pueblo judío, incluso después de la construcción física del Templo.
A pesar de su magnificencia renovada, el Segundo Templo vivió su trágico destino durante uno de los episodios más sombríos de la historia judía. En el año 70 d.C., durante la Primera Guerra Judeo-Romana, las fuerzas romanas bajo el mando del general Tito asediaron y finalmente destruyeron el Templo.
Seis cientos años antes, el profeta Daniel había profetizado sobre este acontecimiento. “El pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario” (Daniel 9:25). Y Jesús también advirtió sobre la destrucción del templo. (Mateo 24:1-22; Lucas 21:20-24).
El recuerdo de la magnificencia del Primer Templo y la esperanza depositada en la renovación de Herodes quedaron sepultados bajo las ruinas del Segundo Templo. Este episodio histórico reverbera en la diáspora judía, marcando el inicio de un periodo de dispersión que perdura hasta nuestros días.
En conclusión, el Segundo Templo de Jerusalén representa una amalgama de esperanza, renovación y tristeza en la historia judía. Construido por aquellos que regresaron del exilio en Babilonia, remodelado por Herodes el Grande, y finalmente destruido por los romanos en el año 70 d.C.
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