La Idolatría del Tiempo: Cuando Planificar es Rebelión

La planificación del año, ¿es sabiduría o idolatría? Un breve ensayo que desmonta la ilusión del control humano. Diciembre nos confronta con la verdad. La madurez no es cumplir el plan, es perder la arrogancia de creerlo.

Antes del reloj o calendario, el tiempo es creación. No lo inventamos: fuimos puestos dentro de él. Y esa condición —vivir en el tiempo— define nuestra fragilidad humana. Nombrar los meses no fue un acto inocente de organización, sino una forma de resistencia: un intento de domesticar aquello que nos recuerda sin descanso, que no somos dioses.

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En Génesis leemos la siguiente declaración: “Y fue la tarde y la mañana, un día” (Génesis 1:5). Esta no es una frase decorativa. Es la primera piedra teológica sobre la que se edifica toda reflexión sobre el tiempo. Dios no “descubre” el tiempo; lo instituye. Y lo hace con un orden que desbarata nuestra lógica. El día bíblico no comienza con la mañana de la actividad, sino con la tarde del límite. El ritmo original no es de acumulación (“un día más”), sino de compleción1 (“un día” terminado). Antes de que el hombre planee, Dios ya ha establecido el ritmo. La primera lección sobre el tiempo es una lección de dependencia absoluta.

El Tiempo: Condición Creada, No Herramienta Neutra

El tiempo, por tanto, no es un accidente. No es un marco pasivo. Es una categoría teológica fundamental. Antes de ser reloj o calendario, es creación. Un decreto que nos antecede y nos contiene. Fuimos puestos en el tiempo. Y esta condición —ser criaturas temporales— define nuestra más profunda fragilidad ontológica2.

El hombre, en su amnesia existencial, cree dominar lo que solo puede habitar. Los doce meses del calendario, es un invento que nos hace creer que podemos gestionar el tiempo, cuando en realidad solo estamos escondiendo su verdadero poder sobre nosotros. Planificamos no por sabiduría, sino por miedo. Convertimos el año en un proyecto y la existencia en una hoja de ruta, confundiendo el orden con la soberanía, llamando “responsabilidad” a lo que, a menudo es maquillaje existencial de la finitud. Es un intento patético de querer reescribir Génesis 1:5, de hacer que el día comience con nuestra mañana productiva, ignorando el límite de la tarde que Dios puso en el principio.

La Escritura desmonta esta arrogancia sin contemplaciones: “El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos” (Prov. 16:9). No es una crítica a la planificación, es una corrección a nuestra existencia. El ser humano no es el autor del sentido; es un agente secundario en un drama que lo precede y lo supera. Pensar el camino no es poseerlo. El error está en divinizar el plan, en creer que constituye el destino. Es la idolatría moderna: sustituir la Providencia por la previsión.

La Paradoja: Eternidad en el Corazón, Finitud en la Carne

Aquí radica la tensión, la herida en la humanidad. Eclesiastés lo diagnostica con crudeza implacable: Dios “ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que alcance el hombre a entender la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin” (Eclesiastés 3:11).

No se trata de un consuelo. Es una condena a la lucidez.

La eternidad colocada en nuestro corazón no es un recuerdo edénico. Es un anhelo, una nostalgia de totalidad y permanencia que nuestra condición finita no puede satisfacer. Y esta herida solo se comprende a la luz del primer día. El hombre fue creado en el sexto día, insertado en un ritmo ya establecido de “tardes y mañanas”, pero hecho a imagen del Creador que trasciende ese ritmo. Llevamos la marca del Eterno en un cuerpo sujeto al ocaso. Somos paradoja caminante.

El hombre no sufre por ser temporal, sino por ser un ser temporal con apetito de eternidad. Esta es la fuente de la “vanidad” o “vapor” que impregna Eclesiastés. La vida, compuesta de momentos finitos y desconectados de un sentido global que no podemos abarcar, se siente como un aliento que se escapa. La belleza del orden cósmico de Dios (“Todo lo hizo hermoso en su tiempo”) se nos presenta opaca, inescrutable.

Santiago lleva el diagnóstico al extremo existencial: “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina” (Santiago 4:14). No es poesía. Es veredicto. La neblina no tiene consistencia propia; existe en una dependencia absoluta. Tratar la vida como un proyecto autosustentable no es optimismo; es soberbia. Es la repetición del pecado original: querer ser como Dios, no en santidad, sino en autonomía absoluta sobre el tiempo.

Las Interrupciones Reveladoras

Lo esencial, nunca coincide con nuestros planes, no respeta nuestras agendas. La enfermedad, la pérdida, el fracaso, etc. no es un erro de cálculo. Son interrupciones reveladoras. No violan el orden del tiempo; lo desnudan. Nos recuerdan que no habitamos una narrativa cerrada cuyo guion nosotros escribimos, sino una historia abierta cuya coherencia última escapa a nuestro control.

Eclesiastés 3: 1-8, no ofrece un consuelo barato, sino la fría verdad y una liberadora humillación: “Todo tiene su tiempo”. El posesivo es teológicamente crucial y hunde su raíz en Génesis 1. Su tiempo. No el nuestro. El tiempo tiene dueño antes de tener habitantes.

Aceptar esto no es fatalismo, es humildad. Somos criaturas situadas, no centros del cosmos. El salmista, desde esta humildad, no pide dominio, sino discernimiento: “Enséñanos a contar nuestros días” (Sal. 90:12). Contar aquí no es gestionar o maximizar. Es reconocer el peso sagrado y el límite irrevocable de cada instante, de cada “día” que, como el primero, fue “tarde y mañana”. La sabiduría bíblica no consiste en hacer más con el tiempo, sino en recibir cada día como un don frágil que se debe vivir “delante de Dios”.

Diciembre Como Juicio Silencioso y la Esperanza Redimida

El cierre del año es un ejercicio narcisista: balances, métricas, propósitos, etc. Diciembre se convierte en un juicio silencioso. Siempre se pregunta “¿qué lograste?”, cuando la pregunta debería ser “¿en qué mentira sobre ti mismo seguiste creyendo?”. El balance anual no es sabiduría; es nuestra versión torcida y ansiosa del: “y fue la tarde y la mañana” de Génesis.

Junto al ejercicio de la evaluación del pasado, nuestra mirada salta hacia el vacío del futuro. Los “propósitos de Año Nuevo”. Antes de que se asiente el polvo del camino que no supimos recorrer, ya estamos trazando una nueva ruta.

El verdadero paso no es escribir una nueva lista, sino quemar el pergamino de nuestra autoría y arrodillarse ante el Único que tiene derecho a escribir sobre el tiempo y nuestro futuro. El año nuevo, visto desde la tarde del límite, no pide resoluciones. Revela la única resolución que importa: la de Aquel que, desde la eternidad, ya ha decretado el ritmo de las estaciones que vendrán. Porque lo que vamos a vivir ya está, de una manera misteriosa y cierta, siendo sostenida. El futuro no es una página en blanco para nosotros. Es una página llena de la tinta de Su gracia y Su gobierno.

Diciembre no cierra ciclos; revela ficciones.

Ahora bien, la fe cristiana introduce un giro que no anula la finitud, pero le da un horizonte. En Cristo, la eternidad no anula el tiempo; entra en él. El Verbo se hizo carne y habitó en el tiempo, sometiéndose al ritmo de “tardes y mañanas”. La Cruz y la Resurrección son eventos temporales cargados de significado eterno. Por ello, para el cristiano, el tiempo no es solo desgaste o mera sucesión. Es espera activa. Es el escenario de la redención. Avanza, no hacia el vacío, sino hacia la consumación de todas las cosas.

El problema final, entonces, no es que no controlemos el tiempo. Es que olvidamos para qué existe. Dios no nos educa dándonos el control, sino quitándonoslo, para que encontremos nuestra verdadera dignidad, no en la soberanía ficticia, sino en la dependencia real.

Conclusión: Habitantes del Ritmo, Testigos de la Tarde

Al final de los doce meses, la madurez no se mide por las metas cumplidas. Se mide por la arrogancia perdida. Es la aceptación de que somos habitantes, no dueños, del ritmo sagrado.

Y es en esa renuncia donde emerge una dignidad inesperada y profunda: solo cuando dejamos de pretender ser autores del primer día, podemos convertirnos en testigos del instante. La fe auténtica se ejerce en la “tarde”, en aceptar el ocaso, el límite, la parte del ciclo que no controlamos.

El tiempo no es nuestro.
Solo nos es dado habitarlo… con los ojos fijos en la Eternidad que, en Cristo, entró en nuestra tarde más oscura para inaugurar, desde dentro de nuestro tiempo limitado, una mañana eterna que ningún ocaso podrá apagar.

Vivimos entre la tarde del límite y la mañana de la gracia. Nuestra única soberanía es la de arrodillarnos ante el Ritmo y levantarnos como testigos de que hasta lo efímero puede ser sacramento.

  1. Condición de completo ↩︎
  2. condición inherente de que el ser humano es vulnerable, precario y expuesto a la pérdida. ↩︎

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