El Arrebatamiento de la iglesia

Por Edgardo Muñoz publicado originalmente en CONOZCA edición 2019.3

El Arrebatamiento de la iglesia

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Películas, novelas y libros se ocupan a menudo de un tema que se asemeja a la ciencia ficción. Imágenes de personas que se evaporan mientras pilotean un avión, conducen un autobús o actúan bajo las cámaras de TV cobraron popularidad. La cristiandad predica cada tanto, que un día los creyentes desaparecerán, mientras que los tibios, los mundanos y los incrédulos se quedarán gimiendo de pavor al compás del recuerdo de la oportunidad perdida para siempre. ¿Así será el arrebatamiento? ¿De verdad nos desvaneceremos como niebla a la vista de todo el mundo? ¿Ocurrirá algo así? ¿La iglesia tendrá que pasar por la tribulación, o se irá antes? ¿Qué es lo que la Biblia dice? ¿Cuánto hay de mito y cuánto se fundamenta en una seria teología?

Estas, y otras preguntas más, carcomen la mente de los creyentes que, desde los púlpitos, cada vez oyen menos palabras tales como rapto, traslación o arrebatamiento.

Para responder los interrogantes debemos someter a prueba, ante la Palabra de Dios, la idea del arrebatamiento.

El concepto de arrebatamiento

Pablo emplea el término “seremos arrebatados” en 1Ts. 4.17. Desde el vs. 13 comienza a tratar el tema, y se extiende hasta 5.11. El motivo de tal enseñanza se centra en la esperanza de la resurrección. Pero esta resurrección, que es para vida eterna, requiere dos tiempos: el de los que murieron en Cristo, y el de los que estemos vivos al momento del citado evento. Para estos últimos cabe la palabra “arrebatamiento” (gr. harpazo), cuyo significado es: “quitado por la fuerza, raptado, robado, sacado”.

No es la única vez que se alude al vocablo harpazo en el Nuevo Testamento, sino que, entre Pablo, Juan, Lucas, Mateo y Judas lo citan una docena de veces, lo que arroja luz sobre la idea. En Mt. 11.12; 13.19 y Jn. 10.12,28 y 29 se hace referencia a robar, eliminar o quitar causando injurias. En Hch. 23.10, Jud. 23 y Ap. 12.5 alude a sacar con violencia, pero para poner a salvo o rescatar de un posible daño. De tales aplicaciones, inferimos que harpazo puede tener una connotación, tanto positiva como negativa, pero que siempre muestra un sentido enérgico, contundente y repentino.

Por otra parte, Hch. 8.39 aplica la terminología a Felipe, a quien el eunuco dejó de ver, pero no hay alusión a alguna a otra reacción que no fuera el gozo con el que continuó el camino, con lo que nos deja la incógnita de qué tan sobrenatural habría sido ese arrebatamiento.

En boca de Pablo, harpazo se asocia efectivamente a lo sobrenatural. Además de 1 Ts. 4.17, 2 Co. 12.1-6 relata una experiencia en tercera persona, aunque deja saber que se trata del mismo apóstol, en la que “es arrebatado hasta el tercer cielo”. Lo sobresaliente de tal vivencia reposa en que, a pesar de ser un acto paranormal y repentino, de ninguna manera resultaba significativa la participación del cuerpo (“… si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé…” vs. 2).

En conclusión, 1 Ts. 4.17, revela un evento abrupto, enérgico, sobrenatural, pero que al intentar imaginarlo deja muchas incógnitas por desconocerse la forma en la que ocurrirá.

El otro texto que nos habla sobre el arrebatamiento se halla en 1 Co. 15.51-52. Aunque el mismo autor de las cartas a los tesalonicenses evita el vocablo harpazo, enlaza el tema en las dos epístolas con la resurrección. En este caso se emplea la palabra: “allasso” que se traduce como “transformados”.

Esta palabra significa: “cambiar, mudar, trocar y permutar”. Por ejemplo, en Ro. 1.23 se aplica cuando “cambiaron” la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre. He. 1.12 lo traduce como “mudados”, hablando de una ropa que se saca, enrolla y cambia por otra nueva, en alusión al Sal. 102.26.

¿Por qué razón Pablo prefiere este término por sobre la idea de arrebatamiento? Porque viene hablando de la resurrección y sus efectos. En este caso, el énfasis recae sobre el pensamiento de que, para la resurrección, Dios no necesita ni una sola molécula del cuerpo físico. Para el cuerpo material, emplea dos sinónimos: Uno de ellos es sómata psykikón (cuerpo animal o cuerpo con vida vs. 44), lo que denota vida biológica. El otro es sómata epígeia (cuerpo terrenal o que está sobre la tierra vs. 40). Ambas alusiones al cuerpo físico destacan que se trata de un cuerpo originado en la tierra, puramente biológico, y que por lo tanto quedará en esta tierra, porque “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios”.

Para el cuerpo de origen espiritual también existen dos términos: Utiliza, primeramente las palabras sómata epouránia (cuerpo celestial o que pertenece al cielo vs. 40). Luego emplea (sómatapneumatikón (espiritual vs. 44). En ambos casos evidencia que se trata de un cuerpo dado por Dios.

El apóstol realiza un paralelo fascinante al explicar que, así como Adán fue el hombre terrenal de quien se heredó tal naturaleza, incluyendo el cuerpo humano, Cristo es el hombre celestial de quien se hereda la propia naturaleza, incluyendo el cuerpo glorificado. Pero no podemos pasar por alto el punto de coincidencia con 1 Ts. 4. “No todos dormiremos, pero todos seremos transformados” (vs. 51). Los muertos resucitarán transformados primero y luego nosotros seremos transformados.

No se puede negar la doctrina del arrebatamiento, rapto o traslación, porque 1 Ts. 4.13-18 y 1 Co. 15.51-52 lo aseveran. Pero debemos añadir que, el arrebatamiento es una manera de nivelar la primera resurrección.

El concepto de dos resurrecciones nace en Dn. 12.2, donde se explica como si fuese un solo evento de dos consecuencias. Juan 5.28-29 añade mayor colorido diciendo que los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida mas los que hicieron lo malo a resurrección de condenación. Ap. 20.5-6 amplía la idea de dos resurrecciones añadiendo que mil años separarán a la una de la otra, siendo la resurrección para vida eterna la primera.

Al asociar los pasajes citados, podemos construir la secuencia del arrebatamiento de la siguiente manera:

Un día, sin previo aviso llegará la primera resurrección, la de la vida eterna. Aquellos que murieron en Cristo y fueron desnudados de sus cuerpos, que volvieron al polvo de donde fueron tomados, recibirán cuerpos incorruptibles. Cabe destacarse que Pablo asocia la muerte a la desnudez del alma (2Co. 5.4), por lo que, los “desnudados” serán prioridad en la adquisición de un cuerpo inmortal de origen espiritual. De ninguna manera las sepulturas serán removidas ni se recreará la película Walking Dead. Simplemente las almas de los justos, que desde el sacrificio de Cristo se hallan con él, recibirán cuerpos incorruptibles. A pocos pasos atrás seguiremos los que aún estemos vivos, sólo que, en lugar de morir y estar con Cristo, a la espera de cuerpos inmortales, directamente dejaremos nuestros cuerpos humanos y recibiremos cuerpos espirituales.

La enseñanza de los cuerpos glorificados, tanto de los muertos en Cristo como de los que en vida seamos transformados, fue anticipada por Jesús en Jn. 14.1-3 bajo el nombre de “moradas” (casas, residencia). Pablo hizo lo propio en 2 Co. 5.1 al comparar el cuerpo terrenal con “nuestra morada terrestre, este tabernáculo que se deshace” y el cuerpo de la resurrección con “un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos” .

Aunque en el imaginario colectivo de los creyentes predomina el pensamiento que el arrebatamiento consistirá en la desaparición de los creyentes, que hasta dejarán sus ropas en el piso por el desvanecimiento de sus cuerpos, la transformación de la que habla Pablo bien podría ser un reemplazo en el que nuestros cuerpos físicos se desplomen en tierra, cual una muerte súbita, y las almas sean revestidas de cuerpos incorruptibles de una manera invisible e inadvertida para la gente.

Tomémonos la licencia de especular teológicamente y crear una historia: En estos tiempos de pandemia, se habla de una nueva normalidad. Entre otras cosas, la nueva normalidad consiste en las precauciones que las personas deben tomar en el contacto físico, al mismo tiempo que evitar los conglomerados en lugares cerrados. Por otro lado se comienza a vivir bajo la presunción de que en cualquier momento puede emerger un nuevo virus, de comportamiento impredecible y mortal. Si los cristianos experimentáramos una “muerte súbita”, seguramente los demás lo verían como un virus extraño que se está investigando, y que es difícil de aislar. También razonarían que esos tercos cristianos desoyeron las advertencias y siguieron congregándose hacinados, lo que produjo su contagio masivo y consecuente fallecimiento.

Ya sabemos que habrá una primera resurrección para vida eterna, que incluirá el arrebatamiento de los cristianos que se hallen vivos en ese tiempo. También aprendimos que el arrebatamiento puede no ser tan dramático como algunas películas lo muestran. Lo que aún no hemos establecido es el momento del arrebatamiento.

La ubicación temporal del arrebatamiento

De acuerdo a Ap. 20, transcurren, al menos, mil años entre la resurrección para vida eterna y la resurrección para condenación. Resulta obvio que la primera resurrección ocurre antes del Milenio, para que los resucitados reinen con Cristo. Por lo tanto el arrebatamiento es pre-milenial. El Milenio sucederá a la batalla de Armagedón en la que Cristo vendrá a pelear contra el anticristo y las naciones que se convoquen; los vencerá y reinará sobre toda la tierra. (Ap. 19 – 20)

A su vez, Armagedón pondrá fin al reinado del anticristo, cuya actividad se desarrollará durante el período conocido como la Tribulación. Si el arrebatamiento y la tribulación precederán al Milenio, nos resta saber qué lugar cronológico ocupará cada uno. ¿Cuál será el lugar del arrebatamiento? ¿Antes, durante o después de la tribulación? Según la respuesta que se desee dar, hallaremos las diferentes corrientes de interpretación: La pre-tribulacionista, la midi-tribulacionista (La iglesia será levantada a los tres años y medio de la tribulación), la pre-ira (ocurrirá inmediatamente antes que se derramen las copas de ira) y la pos-tribulacionista (Cristo raptará la iglesia cuando finalice la tribulación).

Pese a que los defensores de cada una de estas corrientes deben ser tomados con respeto y seriedad, debido a que fundamentan sus ideas en una aceitada interrelación de textos bíblicos, el pre-tribulacionismo posee mayor apoyatura bíblica y encaja mejor en la secuencia escatológica.

Para probar nuestra posición, comenzaremos por definir lo que es la tribulación, su propósito y sentido teológico. Acto seguido revisaremos la actividad de la iglesia a lo largo del libro de Apocalipsis, que trata desde su capítulo 4, el orden de los eventos de la tribulación. Finalmente analizaremos un texto que condiciona el arrebatamiento a la manifestación del anticristo, protagonista en la tribulación.

Qué es la tribulación

La tribulación, que consta de siete años corresponde a la semana setenta de la profecía de Daniel (cap. 9.20-27).

Luego de cumplirse los setenta años que había predicho Jeremías (29.10), Daniel eleva una ferviente y conmovedora oración al Señor, en la que pide la restauración de su pueblo y regreso a su tierra. En respuesta, Dios le explica que el trato completo con Israel no sería de solamente setenta años, sino de setenta semanas. (Dn. 9.24) Se entiende que la palabra semana (en hebreo shabua) significa conjunto de siete unidades, por lo que el cálculo del tratamiento completo para Israel llevaría un proceso de cuatrocientos noventa años. Estos se contarían desde la orden de reedificación de Jerusalén, en el año 457 a.C. bajo el contingente de Esdras. Con el Mesías príncipe se cumplirían sesenta y nueve semanas y habría un paréntesis de tiempo indeterminado antes de entrar en la semana setenta, en la que se consumaría el plan de Dios para con Israel.

Antes de detenernos en la septuagésima semana, revisemos el propósito y el sentido de este lapso.

En primer lugar, los destinatarios de las setenta semanas son los israelitas. El Señor le explica a Daniel que setenta semanas están determinadas “sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad” (Dn. 9.24). No cabe la mínima duda que los destinatarios son los israelitas, porque Daniel, a quien Dios habla lo era. En cuanto al propósito, se trata de restaurar a una nación corrompida. Dn. 9.24 dice: para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.”

En conclusión, llevará a Dios cuatrocientos noventa años, completar el proceso de restaurar a Israel, logrando que se convierta de todo corazón, con un paréntesis de tiempo inespecífico, que separará los primeros cuatrocientos ochenta y tres años de los siete finales.

Daniel avanza con la revelación de Dios indicando que en la final semana, un príncipe confirmará el pacto con muchos, pero en la mitad de esos siete años hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Allí se desencadenará la máxima impiedad por parte del “desolador” hasta que llegue a su fin. (Dn. 9.27)

Este último versículo emplea dos términos frecuentes en Daniel: “Desolación” y “Abominación”. El primer caso apela a las consecuencias de una acción destructiva, todo abandonado y en soledad, mientras que el segundo apunta a la comisión de vilezas e inmundicias. Dn. 8.13, 11.31 y 12.11 usa esta combinatoria de palabras (Dn. 8.13 reemplaza abominación por prevaricación o transgresión) para aludir a Antíoco Epífanes en primera instancia, pero finalmente a la bestia, hombre de pecado o anticristo. Cuando Jesús advirtió sobre la abominación desoladora en Mr. 13.14, obviamente Antíoco Epífanes era historia, por lo que se espera que habrá otro evento abominable, pero relacionado al anticristo.

Apocalipsis, se vincula a la semana setenta de Daniel, al mencionar cuarenta y dos meses (11.2 y 13.5), mil doscientos sesenta días (11.3 y 12.6) y un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (12.14). Todos estos valores no son otra cosa que los tres años y medio, que representan media semana. Pero la bestia de Apocalipsis también se relaciona, con las treinta menciones de Daniel, referentes al desolador, la bestia espantosa y terrible, el cuerno pequeño que apunta al sur y al oriente, y el cuerno con ojos y una boca que hablaba grandes cosas.

El paréntesis existente entre las sesenta y nueve semanas y la septuagésima, corresponde al tiempo de los gentiles en los que, “ha acontecido a Israel endurecimientoenparte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles;y luego todo Israel será salvo, como está escrito:Vendrá de Sion el Libertador, Que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, Cuando yo quite sus pecados.” (Ro. 11.25-27)

En síntesis, la tribulación corresponde a la semana setenta de Daniel, destinada a Israel, en la que el antiguo pueblo de Dios esperará como nunca a su Mesías, al mismo tiempo que reconocerá que el Mesías que esperan es el Jesús que sus antepasados habían crucificado. Se derramará del Espíritu Santo sobre ellos y mirarán a quien traspasaron y se arrepentirán.

La Iglesia no pasará por la Tribulación

¿Qué sentido tiene, entonces, que la iglesia pase por la tribulación? La gracia que vivimos está destinada a los gentiles, a los que se envió a predicar el Evangelio. Mientras tanto, una minoría de judíos se convierte a Cristo, pero no es el tiempo para Israel.

La tribulación está diseñada por Dios para tratar con los descendientes de Abraham. Paralelamente se convertirá una multitud de gentiles, pero no son los protagonistas principales de este plan.

Como pensamiento coadyuvante para aceptar la falta de coherencia teológica de las corrientes midi y pos tribulacionista, como así también la pre-ira, hallamos que Apocalipsis, desde su capítulo cuatro, en que se halla la iglesia arrebatada alrededor del trono, no vuelve a utilizar la palabra ekklesía hasta el final, cuando retoma el presente en la exhortación del capítulo 22.

La típica división de la Revelación consta de tres puntos: “Las cosas que has visto” (cap. 1), “las cosas que son” (cap. 2-3) y “las cosas que sucederán después de estas” (cap. 4-22). La última aparición de ekklesía; que significa “convocados”, “llamados afuera”, “asamblea”, “congregación”; se observa durante las “cosas que son” (3.22). Desde allí la figura de congregación o grupo, queda absorbida por la misma presencia de Dios ante la que los creyentes se hallan. Por lo tanto las figuras de reemplazo de ekklesía son: los veinticuatro ancianos, la esposa (o mujer) del Cordero, la novia o desposada, los que moran (tienen su tabernáculo) en los cielos y la Nueva Jerusalén. Todos estos son los términos del futuro, aplicables a la iglesia, que ya no es una asamblea, ya no le corresponde el nombre de congregación. Ahora es el pueblo de Dios, que habita bajo la morada (tabernáculo) de Dios.

Por otro lado, los que se conviertan durante la tribulación tampoco reciben en Apocalipsis el apodo de asamblea o iglesia. Se les llama: Nuestros consiervos, nuestros hermanos, los sellados, los siervos, la gran multitud, el resto de la descendencia de la mujer (se refiere a los que quedaron), los santos, los redimidos de entre los de la tierra, la mies de la tierra y los que habían alcanzado victoria sobre la bestia.

La prueba final de que la iglesia no queda para la tribulación, según el libro de Apocalipsis, puede verse en el capítulo 4, donde Juan recibe la invitación a subir y entrar por esa puerta abierta en los cielos (porque alguien ya había entrado antes). Alrededor del trono había veinticuatro tronos, y en ellos sentados veinticuatro ancianos. Todos ellos tenían el premio a los vencedores del mensaje a las siete iglesias.

Esa premiación incluía coronas de oro en sus cabezas (la corona de la vida, 2.10), que se sentaran en veinticuatro tronos (3.21), que tuvieran vestiduras blancas (3.5). Asimismo poseían una vida de oración y adoración (5.8). Cantaban el cántico de la redención y representaban a millones de millones (5.9-11). Adoraban al Señor, atribuyéndole todos los méritos (4.9-11) Eran ancianos (gr. Presbyteron) término exclusivo de humanos. Nótese que Daniel habla del Anciano de días, pero en la Septuaginta no dice: prebyteron ton jémeron, sino palaiou ton jémeron. Tal vez podríamos sumar, entre los galardones de los veinticuatro ancianos, la famosa promesa de Ap. 3.10: Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra”. En este caso la prueba (peirasmo) significa, tanto tentación como dificultad, tribulación o persecución, para los que es necesaria la paciencia, mencionada siete veces en la Revelación. En tal caso, la iglesia arrebatada fue guardada de la tribulación.

Estos veinticuatro ancianos son un número representativo de millones de millones, pero simbolizado por el veinticuatro, porque doce pertenecen al pueblo gentil, al que los apóstoles fueron enviados, y doce a las tribus de Israel. Tal simbolismo coincide con lo que Pablo afirma que, de ambos pueblos, Dios hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (Ef. 2.14) A su vez, la Nueva Jerusalén, que es la iglesia del Señor, contaba con doce puertas con doce ángeles y nombres inscritos que son de las doce tribus de los hijos de Israel y doce cimientos y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Volviendo al punto central, la iglesia se halla alrededor del trono, porque el Señor se encuentra en el centro, pero la multitud de ropas blancas (cap. 7) aparece delante del trono marcadamente aparte de los ancianos. Esta multitud de todas las naciones es la que salió de la gran tribulación (7.14) y Dios “extenderá su tabernáculo” sobre ella. Claramente se observa que es un grupo de aparición tardía que será incluido posteriormente al pueblo de Dios.

En la secuencia exactamente cronológica que Apocalipsis relata desde su capítulo 4 en adelante, no aparece ni el mínimo vestigio de un arrebatamiento ni resurrección, salvo por la puerta abierta que Juan observa. Recién se observa a los ya resucitados en el milenio (cap. 20), pero de ninguna manera resucitan en ese momento, porque, en tal caso, el arrebatamiento que va tomado de la mano de la primera resurrección, no tendría lugar ni necesidad de ocurrir.

Quién detiene al Anticristo

2Ts. 2 añade una interesante semblanza del anticristo. Los dos primeros versículos advierten sobre los rumores inquietantes de que el Señor ya había venido. En este caso la venida del Señor y “nuestra reunión con él” no se refiere al arrebatamiento. Muchos suelen confundir al arrebatamiento con la segunda venida. Dos veces en total el Señor vendrá a la tierra. La primera ya ocurrió, cuando lo hizo en carne. La segunda será en la batalla de Armagedón, a la que acudirá para vencer al anticristo y permanecer como Rey durante el milenio.

2Ts. 2.8 explica muy bien el evento, relacionando a la venida (parousía) de Cristo con la derrota del hombre de pecado. En el texto se utiliza la palabra matar (gr. Analosei =consumir, destruir, matar, poner fin): “a quien el Señor matará con el espíritu de su boca”. La relación de esta expresión con Ap. 19.15 concuerda a la perfección.

La otra palabra empleada es: destruir (gr. Katargeo = poner fuera de combate, apresar, atar, anular): “y destruirá con el resplandor de su venida”. Esta es otra frase comparable con Ap. 19.19-20.

El pasaje explica que el Señor vendrá para derrotar y apresar al hombre de pecado y quedarse reinando. En conclusión, no hay segunda venida sin una previa manifestación del anticristo u hombre de pecado. Hasta aquí todo se interpreta sin inconvenientes.

El problema radica en que, el anticristo no se manifestará mientras haya quien lo detiene, hasta que éste sea quitado de en medio. (vss. 6-7)

¿Qué o quien en esta tierra puede impedir la revelación del hombre de pecado? Pablo añade a los tesalonicenses que ellos saben (gr. Oidate = conocen, entienden) quién lo detiene (gr. Katejo = retiene, previene, suprime). Pablo dio trascendencia al ente que retiene la manifestación del anticristo. Los tesalonicenses sabían muy bien quién detenía al anticristo y nosotros sabemos muy bien quién lo detiene aún. Si el que lo detenía hace dos mil años, es el mismo que lo detiene ahora, no nos quedan muchas opciones. Se trata de una entidad de larga existencia.

Muchos se apresuran a postular al Espíritu Santo como el que frena al anticristo. Pero semejante suposición ofende a nuestra bíblica teología trinitaria. Si el Espíritu Santo es Dios, nunca podría ser sacado de en medio, porque el Espíritu Santo es omnipresente (Sal. 139.7). Es más. Durante la tribulación, en la que el anticristo tendrá plena libertad de acción, el Espíritu Santo hablará por boca de los dos testigos, que son los dos ungidos (Ap. 11). El Espíritu Santo actuará en la conversión de los ciento cuarenta y cuatro mil israelitas y en la multitud de ropas blancas (Ap. 7). Asimismo, la tercera persona de la Trinidad se derramará sobre el pueblo de Israel, que se encontrará proscripto en el desierto, y se arrepentirán viendo al que traspasaron. Tendrán sueños y visones, y se convertirán, porque, al fin y al cabo, la semana setenta es para que la iniquidad sea quitada para siempre del pueblo de Israel y se unja al Mesías. (Joel 2.28-32, Zac. 12.10-11).

La única alternativa que al momento impide que el anticristo desarrolle su potencial inicuo, es la iglesia. Quitar de en medio apunta a la idea de sacar a lo que obstaculiza el camino, y lo único que obstaculiza a la iniquidad secreta es la iglesia. La iglesia tiene la tarea de predicar el evangelio, la iglesia es luz, que hace huir las tinieblas, la iglesia es sal, que impide la corrupción. La presencia de un solo justo fue suficiente para que Dios no destruyese Sodoma y Gomorra, entonces quitó de en medio a Lot y su familia.

Los que desestiman el sentido de este texto, argumentan que el género de quien detiene al hombre de pecado es masculino, mientras que “iglesia” es de género femenino. También lo es “novia” y “esposa”. Pero “pueblo de Dios” es masculino.

A modo de conclusión podríamos decir que la iglesia, el pueblo de Dios ejerce una tarea y posee una misión propia de este tiempo, que es la de anunciar las virtudes de Cristo. Una vez que se alcanzó la plenitud de los gentiles, la iglesia, que obstaculiza la manifestación del anticristo será arrebatada. Entonces, se reanudará el tratamiento de Dios con su antiguo pueblo. El anticristo ejercerá su poder, precipitando a la humanidad tras la apostasía, mientras que los que se conviertan recibirán martirio. Israel continuará su proceso hasta convertirse como nación. Se llegará al final de la tribulación y el Señor vendrá a pelear contra el hombre de pecado y sus naciones aliadas. La bestia será vencida y Cristo reinará sobre la tierra desde Jerusalén. Y nosotros… los que siete años antes fuimos arrebatados, reinaremos con él.

3 comentarios sobre “El Arrebatamiento de la iglesia

  1. CON RESPECTO AL ”ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA DE JESUCRISTO” EL TEMA HA SIDO MUY INTERESANTE CON MUCHA INFORMACIÓN BIBLIOGRÁFICA Y BÍBLICA, MUY BIEN EXPLICADO Y SE HA DESARROLLADO UN BUEN TEMA. DEBO MANIFESTAR QUE ESTE TEMA TAN IMPORTANTE LO HE ANALIZADO A PARTIR DE LOS SIGUIENTES HECHOS O ACTOS ;1. EL ANTICRISTO ”EL HOMBRE DE PECADO” ”EL ESPÍRITU SANTO” 2, LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS Y EL ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA,3.LA GRAN TRIBULACION, LOS 144,000 ESCOGIDOS DEL PUEBLO DE ISRAEL , Y LA TRIBULACION DEL PUEBLO DE ISRAEL .4. LA CENA DE LAS BODAS DEL CORDERO.5.LOS MIL AÑOS. 6 JUICIO ANTE EL GRAN TRONO BLANCO.

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